Sustituida en el altar CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

«Hay cosas que un hombre solo es capaz de decir ante una sala llena. Tardé mucho en decidir si aquello era valentía o solo otra manera de no mirarme.»

MARLENE KRAUS

El Justizpalast huele a cera y a papel que ya ha decidido.

Subí la escalinata sola, con el vestido gris, la barbilla en su sitio y la mano derecha en el bolsillo del abrigo. Era jueves, diecinueve. Mi jueves. Había marcado aquella fecha dos veces, y las dos acababan en un puente.

La sala era de madera oscura hasta el techo. Al frente, la mesa del juez, más alta que las demás. A la izquierda, la de los demandados.

Él ya estaba allí.

Traje oscuro, las manos sobre la mesa, una encima de la otra. Lukas a su lado, con la chaqueta arrugada, sin valor para mirarme. Me senté en la silla que quedaba libre. Treinta centímetros de madera entre mi codo y el suyo —la misma distancia que en el asiento de un coche, una noche de gala—.

No volví la cara. Solo vi la mano: el anillo amarillo, apretado, la piel blanca alrededor.

La mía estaba desnuda sobre la rodilla.

Detrás de nosotros, la sala se llenaba. Lo oía sin mirar: el paso pesado de mi padre, el sombrero de Hiebl golpeando un banco, la voz de Leopold diciendo con permiso a alguien.

Helga, de negro. Y Frieda, que se sentó en la primera fila y traspasó con la mirada a dos hombres como si fueran de cristal.

Al otro lado del pasillo, el Barón. La corbata de la iglesia. A su lado, Philipp, con las manos en el regazo. A más de diez metros de mí; alguien lo había medido. Al fondo, junto a la puerta, una rubia con un abrigo claro.

Entró el juez. Un hombre canoso, de gafas, con la voz de quien no necesita subir el volumen.

—Demanda de nulidad matrimonial. Demandante: Friedrich von Arnim. —Miró por encima de las gafas—. ¿La señora Von Hagen comparece sin abogado?

—Comparezco, señoría.

—¿Por elección?

—Por lectura.

Lukas agachó la cabeza. El juez anotó algo y no hizo ningún comentario.

***

El abogado del Barón era joven, flaco, y le gustaba el chasquido de su propia carpeta al abrirse.

Habló diez minutos. Matrimonio simulado. Contrato secuestrado. Cónyuges sin vida en común. Luego se acercó a nuestra mesa con una hoja en la mano, y supe cuál era antes de verla.

—Señor Von Hagen. ¿Reconoce usted este mensaje? Miércoles, dos de septiembre, veintiuna cuarenta y siete. Está hecho. No va a aparecer.

La sala contuvo la respiración. Lukas abrió la boca para protestar.

Konstantin se levantó.

Despacio, como lo hace todo. Un metro noventa y cuatro alzándose a mi lado, sin ninguna prisa, hasta que la sala entera se quedó pequeña.

—Lo reconozco. —Se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó una hoja doblada en tres—. He traído el original.

Recorrió los tres pasos que lo separaban de la mesa del juez y se la entregó.

El abogado se quedó con la copia en el aire. Había preparado una hora de batalla por aquel papel, y aquel hombre acababa de regalárselo.

—Señor Von Hagen —dijo el juez—, no está usted obligado a…

—Lo prefiero, señoría.

Y habló.

Con voz de informe pericial. Baja, sin una coma fuera de sitio, cada frase con fecha y hora.

La sala tuvo que callarse para oírlo, y se calló.

El miércoles. Las cuatro de la tarde. El Barón retirando a su hijo esa misma noche.

La oferta de compra para el lunes, a las nueve.

La cláusula, leída antes. La tercera fila.

—Fui a aquella iglesia a mirar. Sabía desde hacía tres días que el novio no iba a venir. Lo provoqué yo.

Alguien, al fondo, dejó caer algo. Nadie se volvió.

Yo ya conocía cada línea. Las había leído de pie, en un vestíbulo, y había vuelto a oírlas desde un peldaño. Y aun así era otra cosa escucharlo dicho ante extraños, en orden, por el hombre que se había pasado dos meses respondiendo a mis preguntas con preguntas.

Ahora sí responde. A todo el mundo, menos a mí.

El juez se quitó las gafas.

—¿Por qué, señor Von Hagen? Un hombre de su posición no desbarata una boda ajena por un terreno.

Fue la primera vez que tardó en contestar.

Vi cómo se le cerraba la mano junto al costado. Vi la mandíbula. Mi padre, detrás de mí, se removió en el banco —un ruido pequeño, el de quien ya sabe lo que viene—.

—Hace seis años, un jueves de octubre, un coche invadió su carril en la autopista de Salzburgo y mató a mi mujer.

—La voz no cambió. Fue todo lo demás lo que cambió a su alrededor—.

La investigación concluyó: niebla. El conductor desapareció del informe.

Dos testigos cambiaron su versión. Tardé tres años en descubrir de quién era el coche, y otros tres en quitarle a esa familia todo lo que tenía.

—¿Está usted formulando una acusación?

—Estoy respondiendo a la pregunta. —Una pausa—. El hombre que conducía aquel coche está en esta sala.

El silencio subió hasta el techo de madera.

—Philipp von Arnim.

La sala estalló.

No de golpe. Primero un ruido de bancos, luego voces, luego el abogado joven gritando difamación y el juez golpeando la mesa con la mano abierta.

El Barón se había puesto en pie —se había alzado, el cuerpo antes que la cabeza— y decía, con la voz suave más alta de lo que yo se la había oído nunca, que aquello le costaría al señor Von Hagen hasta el último céntimo que poseía.

Yo no oía bien. Estaba mirando las manos de Philipp.

No se habían movido del regazo. En medio de todo aquel alboroto, con su padre de pie y la sala vuelta hacia él, Philipp von Arnim se miraba las manos, abiertas sobre las rodillas, como quien mira algo que hace mucho tiempo que no usa.

Philipp no conduce. Philipp tiene chófer.

Lo había dicho en un altar, recolocándome una horquilla. Lo había leído en una revista, en un coche, y había cerrado la caja porque no había dónde ponerlo. Catorce meses. Cenas, viajes, todo un noviazgo, y nunca pregunté por qué un hombre de treinta y un años no tocaba un volante.

La caja se abrió sola.

Veinticinco años. Una carretera. Una mujer que tocaba el piano mal y fuerte.

Iba a casarme con él.

El frío llegó como llega el del río: el pie, la espinilla, el cuerpo. Y detrás, el segundo filo, más fino que el primero.

Konstantin lo sabía. En la tercera fila, con el reloj en la muñeca, sabía con quién iba a casarme. Y se quedó sentado.

Veinte minutos.

Tragué saliva. La barbilla no se movió. Detrás de mí, la mano de mi padre se posó en el respaldo de mi silla y se quedó allí.

—Orden. —La voz del juez atravesó la sala sin elevarse—. Señor Von Arnim, siéntese. Esa alegación no es objeto de este procedimiento y se remitirá a quien corresponda. Señor Von Hagen, ¿mide usted las consecuencias de lo que ha dicho?

—Lo mido todo, señoría. Es mi defecto.

—Entonces, concluya.

No me miró. No me había mirado desde que me senté. Pero la mano, la del anillo, se abrió sobre la mesa, a diez centímetros de la mía. Como en una carpa. Como en un despacho, junto a un cuaderno.

—La señora Von Hagen no sabía nada de esto hasta el lunes. Se enteró por terceros, porque yo no tuve valor para decírselo. —La voz no sonaba firme—. Si hubo fraude en este matrimonio, fue mío. Lo que hubo de verdadero en él fue de ella.

Se sentó.

Toda la sala miraba nuestra mesa. Yo miraba una mano abierta.

Por fin me había dicho quién conducía. A una sala entera, porque yo le había prohibido decírmelo a mí. Era la única forma que aquel hombre conocía de no elegir el día.

No le cogí la mano.

El juez volvió a ponerse las gafas y leyó el nombre en una hoja.

—Señora Marlene von Hagen.

Me levanté.

Había venido sin saber qué iba a decir.

Me levanté sabiendo todavía menos.