Sustituida en el altar CAPÍTULO 38
73%

CAPÍTULO 38

«Hay verdades que solo se dicen con el agua fría hasta la espinilla. En tierra firme, uno todavía negocia.»

KONSTANTIN VON HAGEN

A las seis y diez había café y una taza que yo no había visto nunca.

Blanca, lisa, sin desportillar. Del juego que Helga guarda en el armario de arriba, para la gente que no vive en la casa.

—¿Dónde está la mía?

—Guardada, señor. Con la azul. —Sirvió sin mirarme—. Usted ya no las separa.

—Es una taza, Helga.

—Es taza de visitas. —Dejó la cafetera en la mesa—. Le pega.

Bebí. El café era el mismo. La silla de al lado estaba arrimada a la mesa, y en la escalera, detrás de la puerta, un anillo pequeño seguía en el tercer peldaño, porque yo no había tenido valor para limpiarlo.

A las siete le dije a Bastian que nos íbamos a Regensburg. No preguntó si era jueves.

***

Jonas estaba en el portón de 1886, de brazos cruzados.

No abrió. Se quedó al otro lado del hierro, con el pelo color paja mojado de niebla, mirándome como me miró el primer día.

—Lo ha estropeado —dijo.

No era una pregunta. No respondí como si lo fuera.

—Lo he estropeado.

—Se lo advertí. Dentro de aquel río.

—Me lo advirtió.

No esperaba que le diera la razón. Se quedó un segundo sin saber qué hacer con las manos, y fue en ese segundo cuando Otto apareció detrás de él, con el abrigo puesto, viniendo de la casa.

—Déjalo, Jonas.

El portón chirrió. Otto pasó a mi lado sin tenderme la mano. Se detuvo dos pasos más allá, de espaldas, mirando la calle.

—Era para el viernes —dijo.

—No podía esperar al viernes.

Asintió, despacio. Luego habló sin volverse, y la palabra cayó como cae un ladrillo que alguien saca de una pared.

—Señor Von Hagen. Al río.

***

El Danubio de noviembre no tiene la temperatura de una decisión equivocada. Tiene la temperatura de la factura.

Me metí con zapatos y pantalón de traje, hasta la espinilla, frente a la boca de piedra con la fecha grabada. El agua se cerró alrededor de los tobillos como unos grilletes. Otto se quedó en la orilla, con las manos en los bolsillos, más alto que yo por primera vez.

Yo había medido aquella agua en octubre. Ahora era ella la que me medía a mí.

Lo conté.

Esta vez, sin informe pericial. El miércoles, el banco, el mensaje. La oferta que Lukas llevaría a su mesa un lunes, a las nueve, con la deuda en mi mano y el cuaderno de su mujer sobre la madera. La tercera fila. Los veinte minutos.

Otto escuchó sin cambiar de cara. Solo la mandíbula, bajo la piel, trabajaba.

—Iba usted a comprar mi casa.

—Iba.

—¿Y mi hija?

—No entraba en la cuenta.

—¿Por qué? —Su voz seguía siendo baja—. Un hombre no se pasa tres años pendiente de una familia por un terreno.

Fue entonces. La parte que ella no había querido oír, con la palma abierta en el aire, en un segundo peldaño.

—Hace seis años, un coche invadió su carril en la carretera de Salzburgo y mató a mi mujer.

La investigación habló de niebla. Delante de él no había niebla.

—El agua subía por la tela, fría, hasta la rodilla—.

El coche era de los Von Arnim. El que conducía tenía veinticinco años y había bebido.

El padre compró el informe y a los testigos.

Otto no se movió.

—Philipp —dije.

El nombre se quedó sobre el agua, entre los dos.

Tardó mucho. Miró el puente, los arcos, algún punto de la otra orilla donde no había nada. Cuando habló, la voz le había cambiado de edad.

—Ese chico nunca conducía. Siempre iba con chófer. —Una pausa—. Yo creía que era por lujo.

—No lo era.

—Mi hija iba a casarse con ese hombre. —Ahora me miraba—. Y usted lo sabía.

—Lo sabía.

—Y lo iba a consentir. Hasta un miércoles.

Podría haberle dicho que aquel miércoles la sacó de esa boda. Era verdad, y era la peor mentira disponible.

—Ella era una línea en un expediente.

El rostro de Otto no se derrumbó. Se abrió —como yo lo había visto abrirse una vez, en una iglesia, desde la tercera fila—.

Esperó.

Yo conocía aquella espera. Era la de Jonas, lavándose las manos. La suya propia, en un portón, dos veces. El lugar exacto donde un hombre promete.

—No voy a decirle que lo arreglaré —dije—. Eso lo dice todo el mundo.

Algo se resquebrajó en sus ojos. No era perdón. Era sorpresa: la de oír su propia frase devuelta por alguien que, por primera vez, no intentaba salir del paso con ella.

—Usted sacó a mi hija de un altar en el que no debía estar —dijo Otto, despacio—. Por el motivo equivocado. No sé qué se hace con un hombre así.

—Yo tampoco.

—Entonces salga de mi río. Antes de que se ponga enfermo y ella tenga que cuidarlo.

Salí. Los zapatos pesaban el doble. En la orilla, saqué del bolsillo del abrigo el martillo de madera y se lo tendí por el mango.

—No es mío.

Lo cogió. Miró la cabeza, aplastada por un solo lado, y luego se lo guardó bajo el brazo, como guarda el cuaderno.

—El jueves estaré en esa sala —dijo—. Veré qué clase de hombre es usted. Por tercera vez. —Se volvió hacia el patio—. No hay cuarta.

Subió el talud sin mirar atrás.

En la ventana de arriba de la cervecería, se movió una cortina. No levanté la vista. No tenía derecho a esa ventana.

Dentro de un río es más difícil mentir. Descubrí que también es más difícil tenerse en pie.

***

El miércoles, Lukas y yo nos quedamos en una sala de la planta catorce sin nada que hacer.

No daba vueltas. Estaba sentado en la silla que nadie usa, con el móvil boca abajo sobre la rodilla. La había llamado a las seis. La conversación había durado menos de un minuto.

—Va a ir sola —dijo—. Sin abogado. Me ha llamado «doctor Brandt».

—¿Y la hermana?

—Me ha bloqueado el número. —Casi se rio—. Me preguntó a la cara si yo lo sabía. Le dije que sí. Toda una vida en los tribunales y, la única vez que debería haberme andado con rodeos, no lo hice.

No respondí. Dos hombres sin cometido, en una sala cara, con la ciudad encendida detrás del cristal.

—Mañana lo voy a contar todo —dije.

Levantó la cabeza.

—¿Todo qué?

—El miércoles. La tercera fila. Quién conducía.

—Konstantin. —Le volvió la voz de la investigación, por reflejo—. Si dices ese nombre en una sala de vistas sin una prueba admisible, el Barón te pone una querella antes de comer. El consejo se reúne el viernes. La prensa hace el resto. Y le entregas el fraude por escrito, con tu firma.

—Ya.

—Pierdes el matrimonio en el papel.

—Ya lo he perdido fuera de él. —Me miré la mano. El anillo, la piel blanca alrededor—. Dijo que no se cree nada de lo que yo diga después de me levanté. Tiene razón. Así que se dirá donde no haya vuelta atrás.

Lukas se quedó mirándome. Luego asintió, como se asiente ante un cliente que ha decidido declararse culpable.

—Me siento a tu lado.

—Siéntate.

Cuando se fue, cogí el móvil. Miércoles, 2 de septiembre, nueve y cuarenta y siete de la noche. Seis palabras.

No lo borré. Lo mandé imprimir.

La hoja salió caliente de la máquina. La doblé en tres y me la guardé en el bolsillo interior de la chaqueta, en el lado izquierdo.

El jueves, por primera vez, la prueba contra mí iba a llegar a la mesa por mi propia mano.