CAPÍTULO 37
«Volver a casa no es retroceder. Es lo que hacemos cuando necesitamos recordar cuánto medíamos antes de que alguien nos midiera.»
MARLENE KRAUS
Una hora y cuarenta.
No me dormí en el hombro de nadie.
Bastian condujo despacio y sin charla, como había ordenado Helga. El encaje ocupaba el asiento a mi lado, el sitio donde solía ir un hombre. Pasado Kelheim llegó la niebla. Fui con los ojos abiertos todo el camino, con el pulgar buscando en el dedo un anillo que se había quedado en un peldaño.
Mi padre estaba en la puerta.
Alguien había llamado por teléfono; yo sabía quién. Vio la funda de plástico antes que a su hija. Los ojos fueron del encaje a mi mano derecha, y de la mano a mi cara, y se quedaron ahí.
—No preguntes —dije.
No preguntó.
Otto Kraus lo ve todo y no hace nada, y aquella noche hizo una sola cosa: me quitó el vestido del brazo con las dos manos, como se le quita un peso a alguien, subió la escalera delante de mí y lo colgó, él mismo, detrás de la puerta de mi cuarto de niña.
Luego bajó y puso un plato en la mesa.
Comí sin notar el sabor. Él se quedó sentado frente a mí, con la jarra entre las manos grandes, mirando el mantel.
Hace diez años, fui yo quien le puso la mesa a él.
***
Frieda llegó en el último tren, con las orejas blancas.
No rojas. Blancas, como se le ponen cuando está enfadada de verdad.
—El doctor Brandt lo sabía. —Dejó caer la mochila en el suelo de la cocina—. Desde el jueves antes de tu boda.
—Lo he leído. Estaba en el papel.
—Me llamó Helga. Fui a su edificio y se lo pregunté a la cara. No me mintió. —Una risa corta, sin ninguna alegría—. Es el único defecto que no tiene ese hombre.
Bloqueó el número delante de mí, con el pulgar firme. Después se quedó mirando la pantalla un segundo más de lo que pedía el gesto. No dije nada.
Le conté el resto en voz baja, después de que papá subiera. El miércoles, las cuatro de la tarde, la oferta del lunes, los veinte minutos en la tercera fila. Escuchó con su cara de laboratorio, sin interrumpir. Cuando terminé, sacó de la mochila una hoja doblada.
—La he escrito en el tren.
La abrí. Una página, en lenguaje de instancia oficial: oposición a la licencia de captación de agua de Von Hagen Industrie, con fundamento en los derechos inscritos en 1886. Debajo, una línea en blanco con mi nombre mecanografiado.
—He copiado el modelo de la asociación de pesca. Fueron muy didácticos. —Empujó un bolígrafo por la mesa hacia mí—. Con una firma, su obra se queda parada dos años. Él mismo se lo dijo a la jueza: los derechos están en la mano correcta.
Me había dado el arma en octubre, delante de una ciudad entera. Lo que no sabía, aquel día, era que iba a querer usarla.
Quise.
No voy a adornarlo. Miré la línea en blanco y sentí que la mano se me iba sola hacia el bolígrafo, con un hambre que no conocía en mí. Dos años. Una fábrica parada. Un hombre que lo planea todo viendo cómo se le seca el plan por culpa de un río que no había leído bien.
Detuve la mano en mitad de la mesa.
—Hoy no.
Las palabras salieron antes de que reconociera de quién eran. Frieda vio cómo me cambiaba la cara.
—Marlene.
—No firmo con rabia. —Doblé la hoja en cuatro—. La rabia es fermentación caliente. Se hace deprisa y estropea la cerveza.
Bajé al despacho. Abrí el cajón de la mesa de roble, debajo de la estantería donde el cuaderno de mi madre dormía entre dos décadas de contabilidad, y guardé allí la hoja.
Sin firmar.
Sin romper.
***
No dormí.
El vestido detrás de la puerta tenía, a oscuras, la forma de una persona esperando. A las tres me levanté y bajé al sótano.
La «Marlene» estaba donde la había dejado, fría, casi a cero, con seis días de guarda. Apoyé la oreja en el acero inoxidable. Nada. Ningún ruido, ningún aviso, ninguna opinión sobre lo que había pasado en Múnich.
La cerveza a oscuras no habla. Solo trabaja.
Él me había respondido como tú, con la mano abierta sobre ese mismo tanque. Aparté la oreja.
A las cinco encendí la caldera con Sepp, que me miró el dedo y luego el fuego y no dijo ni una palabra. Jonas llegó a las seis, me vio la cara y cargó él solo los sacos que me tocaban a mí.
El martes por la mañana, un coche negro se detuvo delante del portón.
Lo vi desde la ventana de la cocina. No bajé. Bajó mi padre, con las manos en los bolsillos, y los dos desaparecieron en dirección al río.
Volvió una hora después. No me dijo nada. Estuvo mucho rato en el fregadero, lavándose las manos, de espaldas a mí, y su nuca parecía la de un hombre diez años mayor.
No pregunté. Ahora me tocaba a mí no preguntar por él.
***
Lukas llamó el miércoles, a las seis de la tarde.
Contesté en el patio, en el mismo sitio donde había contestado su primera llamada, un festivo de octubre.
—Señora Von Hagen. —La voz sonaba gastada, como la de quien lleva dos días hablando sin dormir—. Mañana sigue siendo usted la demandada. Necesito una hora para…
—Una sola pregunta, doctor Brandt.
Ya no era Lukas. Él oyó la diferencia; el silencio al otro lado de la línea se estrechó.
—Usted leyó la cláusula el día tres. Cuando firmé en el libro de la parroquia, sabía por qué no había venido el novio.
El río pasaba detrás del muro. Un camión descargaba barriles.
—Sí.
Una palabra. Sin adornos. Era el único defecto que no tenía.
—Entonces mañana usted ya no me prepara para nada.
—¿Va a ir sin abogado a una vista en el Tribunal Regional?
—Voy con lo que tengo. —Levanté la barbilla para nadie—. Usted me enseñó que no pueden obligarme a decir lo que no sé. Ahora lo sé.
Colgué.
En mi cuarto, saqué de la maleta el Dirndl de mi madre y lo colgué en el armario, junto a un vestido gris de trabajo. Mañana tocaba el gris. El azul quedaba para un día en que tuviera algo que celebrar.
Me acosté vestida, de cara a la puerta.
Iba a decir la verdad ante el juez.
Lo que aún no sabía era cuál.