Sustituida en el altar CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

«Un hombre honrado fija una fecha para pagar. Yo fijé una fecha para confesar, y creí que era lo mismo.»

KONSTANTIN VON HAGEN

Otto Kraus me dio un martillo de madera el tercer jueves, y entendí que era un apellido.

Fue en el Stammtisch, a las diez, con el patio entero trabajando para una fiesta que aún quedaba a tres semanas.

Ludwig contaba bancos. Las gemelas discutían sobre banderines.

Jonas me había mandado apilar barriles vacíos junto al portón, y yo apilaba, con botas, cuando Otto apareció en la puerta e hizo el gesto con la cabeza que en él equivale a una convocatoria.

El martillo colgaba de un clavo, junto a la placa de latón. Lo había mirado muchas veces sin verlo: el mango oscurecido por las manos, la cabeza de madera clara aplastada por un solo lado.

Otto lo descolgó del clavo y lo dejó en la mesa, entre los dos.

—Mi padre abrió con esto el barril de los cien años. Yo iba a abrir el de los ciento cuarenta.

—Iba.

—La cerveza lleva el nombre de mi hija y la letra de mi mujer. —Empujó el martillo sobre la madera, igual que un día había empujado una Maß—. El día cinco, la «Marlene» la abre el marido de la casa.

No lo cogí.

Pesaba menos de un kilo; se veía a simple vista. Yo había cargado treinta sacos de malta por aquel patio, y ninguno me había parecido tan difícil de levantar.

El marido de la casa. Dicho por el hombre que me advirtió, en este mismo patio, que no le hiciera ver otro.

—Otto.

El nombre salió. En voz alta, por primera vez, dos sílabas que hasta entonces solo había conseguido escribir. Lo oyó y no dijo nada; se le arrugó el rabillo de los ojos.

—Es pronto para eso —dije.

—No estoy pidiendo.

Era la frase de su hija. Tendría que haber adivinado de dónde venía.

—¿Y si de aquí al día cinco cambia usted de idea?

Otto tardó en contestar. Me miró la mano, la del anillo, cerrada sobre la mesa, y después a mí, con esos ojos que lo ven todo.

—¿Tengo algún motivo para cambiar?

El silencio se quedó de pie entre los dos. Fuera, Sepp echaba pestes de un barril.

Yo no miento. Es lo que siempre he dicho de mí: elijo qué decir. En aquella mesa, elegí poco.

—Vuelva a preguntármelo el viernes que viene.

No se movió. Luego asintió, despacio, una sola vez, como quien anota una fecha en un libro de contabilidad.

—Llévese el martillo —dijo—. Herramienta colgada no conoce la mano.

Me lo llevé.

***

Al caer la tarde, ella me llevó hasta el puente.

El sol bajo, el río crecido de noviembre, el frío subiendo de la piedra. Llevaba el martillo en el bolsillo del abrigo, y me golpeaba la pierna a cada paso, como algo que pide que lo recuerden.

Se detuvo en el centro, entre el octavo y el noveno arco. Los conté.

No decidí nada. Decidió el cuerpo, como había decidido en una iglesia.

—Marlene.

Se volvió. Me vio la cara, y vi que la reconocía: la mandíbula, la mano cerrándose junto al costado. Esperé su palma en mi boca.

No llegó.

Apoyó las dos manos en el pretil y habló mirando el río.

—Un hombre con gafas colgadas de un cordón me preguntó una fecha en tu ascensor. Ayer.

El frío que sentí no era el de la piedra.

—¿Qué le contestaste?

—La de la carta. —Levantó la barbilla—. No asintió. Lo comprobó.

Voss había hablado con ella. Dentro de mi edificio, a dos plantas de mi mesa.

—Sé que hay un miércoles detrás de aquel lunes, Konstantin. Me lo diste tú mismo, dos veces, sin darte cuenta. —Pasó el pulgar por la piedra, despacio—. Lo que no sé es qué hay detrás del miércoles.

—Iba a decírtelo ahora.

—Lo he visto. —Por fin volvió la cara hacia mí—. Y no voy a ponerte la mano en la boca. Voy a fijar una fecha.

Esperé. El río pasaba por debajo, oscuro, sin opinión.

—El jueves que viene juro ante un juez. Yo no redondeo bajo juramento; tu abogado ya lo ha descubierto. Así que, hasta entonces, no me des nada que tenga que redondear. —El viento le apartó el pelo de la cara—. El jueves que viene. Después del juicio. Aquí.

Era el argumento de Lukas, entero, en su boca. Nadie se lo había contado. Había llegado sola a la misma fecha, por su propio camino, y yo no sabía si aquello me absolvía o me condenaba.

—¿Es grave? —preguntó.

—Sí.

Lo encajó sin pestañear. La barbilla no se movió; solo los dedos, en el pretil, se le quedaron blancos.

—¿Sigo aquí después?

Tenía tres respuestas preparadas detrás de los dientes. Todas eran preguntas. ¿Quieres seguir? ¿A qué llamas aquí? ¿Importa hoy?

No usé ninguna.

—No lo sé.

Era la primera vez que se lo decía sin que fuera una manera de no responder. Ella oyó la diferencia. Sus ojos azules se quedaron quietos en mí un buen rato, leyendo, y lo que leyeron no hizo que se apartaran.

Retiró una mano de la piedra y cogió la mía. Cerrada. No intentó abrirla.

—Entonces, hasta el jueves, yo tampoco lo sé.

Nos quedamos allí, con los dieciséis arcos aguantando por debajo y las luces del casco antiguo encendiéndose una a una al otro lado. Ella no me soltó. Yo no abrí la mano. Era el acuerdo más limpio que había hecho en mi vida, y el único sin cláusula de salida.

Tenía una cita fijada para perder a mi mujer.

Comparecería.

***

El domingo, Frieda me pasó la sal sin que se la pidiera.

Ya era costumbre. Cuatro platos desparejados, el Schweinebraten en el centro, Otto en la cabecera comiendo despacio. No me preguntó nada. Tenía una fecha apuntada, y Otto no cobra antes del vencimiento.

—¿El doctor Brandt sigue comiendo mal los domingos? —le preguntó Frieda al plato.

—Peor. Ahora come mirando el móvil.

Se le pusieron las orejas rojas. Marlene se rio, alto, y la risa rebotó en las paredes de la cocina que había sido de su madre, y Otto miró a su hija por encima de la jarra como quien comprueba que algo ha vuelto a su sitio.

Fue en mitad de aquella risa cuando el móvil me vibró en el bolsillo.

Lo leí por debajo de la mesa. Nunca lo había hecho en la mesa de nadie.

Lukas: El auditor nunca pidió septiembre. Lo he llamado. Voss lo pidió él solo. Mañana a las ocho estoy en tu despacho.

Me guardé el móvil. Frieda me tendió la fuente de los Knödel. Me serví.

Él solo.

Así que no había ningún auditor detrás del perfil.

Había un hombre de cincuenta y seis años que cuenta tornillos, que quería una fecha desde octubre y había ido a buscarla con sus propias manos.

Lo conocía. Voss había puesto sobre la mesa del consejo, en voz alta, lo que quería: la cervecería comprada, la paralización enterrada, la obra en enero.

No lo había conseguido. Ahora volvía con papeles.

Hice la cuenta como las hago todas. Un director financiero con una prueba en la mano la lleva adonde sabe trabajar. Al consejo. A una reunión extraordinaria, con doce personas y un acta.

A eso sabía enfrentarme. El lunes lo llamaría, oiría su precio y le diría que no por segunda vez.

Lukas me había mandado cerrar la casa con llave. No mandé cerrar nada.

Veinte años en la casa. Un hombre así se trabaja una mesa. No cruza la calle.

Otto me miraba. No sé desde cuándo.

—Se enfría la carne —dijo.

Comí.

Bastian cogió la carretera a las cinco, con la niebla de siempre esperando pasada la curva del río.

Ella se sentó a mi lado, con el abrigo abrochado, y antes de Kelheim la cabeza se le resbaló de la ventanilla a mi hombro.

Su mano buscó algo en sueños y encontró mi muñeca. Se quedó encima del reloj.

No me hizo falta mirar. Por primera vez, la cuenta que llevaba no estaba ahí.

Cuatro días.