Sustituida en el altar CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

«Hay hombres a los que se mide por lo que construyen. Aquel lunes, a mí me midieron por el tiempo que tardé en cruzar una ciudad.»

KONSTANTIN VON HAGEN

En veinte años, Rainer Voss nunca había llegado después de las ocho.

A las ocho y diez, su despacho estaba a oscuras. Lukas me esperaba en el mío, de pie, con un papel doblado en la mano y la chaqueta más arrugada que de costumbre.

—No ha venido.

—Vendrá.

—Konstantin. Ese hombre no ha faltado un solo día desde antes de que te saliera la barba.

El suelo crujió. Me senté, encendí los dos monitores y abrí la agenda de la semana, porque era lunes y eso era lo que sabía hacer con un lunes.

A las diez, su secretaria informó de que el doctor Voss no había avisado de nada y de que tenía el teléfono apagado. A mediodía, Lukas había dado tantas vueltas que yo ya no oía el crujido; oía cuando se detenía.

—Está con alguien —dijo.

—Con medio consejo, en una comida. Trabajándose la mesa.

—¿Y si no es la mesa?

No respondí. Había hecho esa cuenta el domingo, con un plato de carne delante, y me había cuadrado. Un ingeniero no rehace una cuenta que cuadra.

Debería. Es lo primero que se enseña: la cuenta que cuadra deprisa es la que se comprueba dos veces.

***

A las tres menos veinte, la puerta se abrió sin que nadie llamara.

Voss entró sin carpeta. Fue lo primero que vi: las dos manos vacías, en un hombre al que en veinte años nunca había visto sin papeles. El traje gris era el del viernes. Las gafas se balanceaban en el cordón. Cerró la puerta tras de sí y no se sentó.

—He venido a decírselo antes de que se entere por otro.

Lukas se detuvo en el punto donde cruje el suelo.

—¿Decirme qué, Rainer?

—Ayer. En el golf.

—¿Qué?

—Los correos del día dos. La sincronización de su teléfono. La inscripción del registro. —Se puso las gafas. Se las quitó—. Y el borrador. De su buzón.

—¿A quién?

—Usted sabe a quién.

Lo sabía. Lo supe con el cuerpo antes que con la cabeza: la mano derecha se cerró sobre la mesa, el anillo apretó, y en el despacho hubo menos aire que un segundo antes. Lukas dijo algo en voz baja, entre dientes, que no era vocabulario de tribunal.

No me levanté. Hablé más bajo que de costumbre.

—¿Desde cuándo?

—Octubre. —No apartó la vista; eso tengo que reconocérselo—.

Primero, el informe de la alarma de su casa.

El contrato lo paga la Holding, pasa por mi mesa todos los meses.

Zonas, puertas, horarios. Pensé que un matrimonio anulado lo resolvía todo sin hacer daño a nadie.

La cervecería volvía a la mesa, usted compraba, la obra empezaba en enero.

Residencias separadas dentro de la misma casa. Una frase de un escrito presentado un día veintidós. Había salido de una hoja de cálculo de la alarma.

—Y ahora, el resto —dije.

—Ahora le han denegado la paralización y se ha quedado sin nada.

Un hombre sin nada no negocia. Le di algo que poner sobre la mesa.

—La voz de Voss era la de siempre, la de quien lee una columna de cifras—.

Son siete mil personas, señor Von Hagen.

Las cuento una a una el día de la nómina.

Usted las puso detrás de una cervecera de veinticuatro años, ante una jueza, y me pidió que tomara nota.

—Has leído el borrador.

—Tres veces. —Por primera vez, bajó la vista al suelo—. Es el documento más honrado que ha salido nunca de esta empresa. Por eso tardé diez días en entregarlo.

Lukas dio un paso. Levanté la mano, sin mirar, y se detuvo.

—¿Qué te prometió?

—Una propuesta de acuerdo. Para el miércoles. Él retira la demanda, usted cede el paso del agua por el terreno, nadie declara.

—Y has venido a avisarme de la propuesta.

—No.

El silencio cambió de lado. Voss cogió las gafas con las dos manos, como si necesitara agarrarse a algo, ya que no traía carpeta.

—Le entregué los papeles y esperé que me preguntara por la fábrica. Por los plazos. Por una cifra cualquiera. —Tragó saliva—. No preguntó. Hojeó el informe de la alarma y quiso saber a qué hora sale el ama de llaves los lunes.

Algo se detuvo detrás de mi esternón.

Voy a entrar en su casa. Hoy no. Pero entraré. Y ella me abrirá la puerta, porque usted no le habrá contado nada.

Septiembre. En esta planta. Lo había oído de pie, en la sala de reuniones, a dos puertas de allí, y lo había archivado como se archiva la amenaza de un hombre arruinado.

—No va a negociar conmigo —dije.

Nadie contestó.

—Va a mi casa.

Miré el reloj. Las dos y cincuenta y tres.

Lunes. Helga sale a las dos y media, a pie, con flores envueltas en papel de seda, y vuelve una hora después; lo hace desde hace seis años, y yo siempre he sabido adónde va. Marlene pasaba las mañanas de los lunes en Giesing, con Hiebl y la lista de las tabernas. Volvía a las tres.

A las tres, en aquella casa, solo había una persona para abrir la puerta.

Cogí el teléfono. La línea de la Möhlstraße sonó nueve veces en un vestíbulo de mármol vacío. La llamé a ella. Buzón de voz. Otra vez. Buzón de voz.

—Voy contigo —dijo Lukas.

—No. Quédate con él. —Me puse la chaqueta—. Todavía tiene cosas que decir, y las quiero todas por escrito.

Voss abrió la boca.

—Señor Von Hagen, yo no sabía que él…

—Tú cuentas tornillos, Rainer. —Me detuve en la puerta—. Nunca preguntaste qué hacía la máquina.

***

Yo no corro.

Recorrí el pasillo a mi paso de siempre, y fue lo más violento que hice aquel día. El ascensor tardó cuatro plantas en llegar y catorce en bajar. Las conté todas. En el vestíbulo, dos personas me saludaron; no sé quiénes eran.

Bastian estaba apoyado en el coche, de brazos cruzados. Se enderezó al verme la cara.

—A casa.

Me abrió la puerta. Entré. Y, antes de que diera la vuelta al coche, dije una palabra que no había dicho en seis años: ni a él, ni a nadie, ni a mí mismo.

—Bastian. Deprisa.

Me miró por el retrovisor. Un segundo. Después el coche salió de la Effnerstraße como aquel coche no había salido nunca de ningún sitio.

Había obras en la Ismaninger Straße. Un solo carril, un camión de reparto atravesado, un tranvía parado con las puertas abiertas. Bastian hizo lo que pudo. Llamé tres veces más. Buzón de voz, buzón de voz, buzón de voz.

Me he pasado la vida llegando antes. A las reuniones, a los plazos, a la caída de los demás. Compré una deuda tres días antes de una boda para llegar antes.

Bastaba con llegar a tiempo una sola vez.

Había un borrador guardado en una máquina, con un botón al lado del otro. Cuarenta y seis días. Había elegido el botón equivocado tres veces, siempre con un buen motivo, y el último motivo había sido el mejor de todos.

Iba a leerlo con la letra de otro hombre. De pie.

Las tres y veinte. La Möhlstraße.

Los árboles sin hojas, las villas cerradas, la gravilla clara de mi entrada. Y, al otro lado de la calle, un coche oscuro parado con el motor en marcha.

Arrancó cuando entró el mío.

No deprisa. Despacio, con el tiempo justo para cruzarse conmigo en la verja, cristal con cristal. En el asiento trasero, Friedrich von Arnim se abrochaba la chaqueta. Volvió la cara, encontró la mía e inclinó la cabeza, con la cortesía de quien agradece una visita.

Había esperado. Quería que lo viera salir.

Bastian frenó sobre la gravilla. No esperé a que me abriera.

La puerta de la casa estaba abierta. De par en par, con el vestíbulo asomando detrás y la luz gris de la tarde entrando en el mármol.

Helga nunca deja la puerta abierta.