Sustituida en el altar CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

«La guarda no es espera. En la espera, uno mira la puerta. En la guarda, uno confía en la oscuridad. Me pasé aquella semana jurando que sabía la diferencia.»

MARLENE KRAUS

Helga desmontó la cama de la planta baja un martes, sin avisar a nadie.

Pero la casa llevaba cambiando de sitio desde el sábado.

Primero fue una almohada. Apareció en el cuarto del fondo del ala este, en el lado izquierdo, con una funda igual que la mía.

El domingo, su maquinilla de afeitar estaba en mi baño, encima de una toalla doblada, como si siempre hubiera vivido allí.

El lunes abrí el armario y había seis camisas blancas colgadas junto al Dirndl de mi madre.

Nadie dijo nada. Helga no comenta; Helga cambia las cosas de sitio.

Él tampoco dijo nada. Subía a las diez, llamaba dos veces a una puerta que ya era suya, y yo abría.

Dormía de lado, con un brazo pesado encima de mí.

A las cinco y media su cuerpo se despertaba y él no se levantaba, y yo fingía dormir diez minutos más solo para sentir a un hombre de aquel tamaño eligiendo quedarse.

Vida en común.

La expresión figuraba en un escrito, dentro de una carpeta, en su despacho, redactado por un abogado del Barón para demostrar que no teníamos ninguna.

Yo pensaba en ella cada vez que veía los dos cepillos de dientes en el mismo vaso.

Había ocurrido como se asienta la espuma en una cerveza bien tirada: sola, sin prisa.

Y había un nombre por el que yo no había preguntado.

Estaba guardado donde, aquel mes, yo lo guardaba todo, junto al miércoles y a la mano de alguien. Sabía exactamente dónde. Solo que no lo abría.

***

El martes, la «Marlene» cumplió doce días.

Él apareció en el patio a las cuatro de la tarde, con botas. No era jueves. Jonas miró el calendario de la pared, lo miró a él y volvió a fregar la cuba sin decir nada, lo que en Jonas ya era casi un saludo.

—Tienes una fábrica —le dije.

—La tengo. Sigue allí.

Bajamos al sótano. La bombilla débil, el acero frío, el olor a cereal que doce días habían vuelto más hondo. Saqué una muestra por el grifo y la miré al trasluz: oscura, todavía turbia, con una espuma color caramelo. Medí la densidad. Los doce días de mi madre eran exactos hasta el último decimal.

—¿Ha terminado? —preguntó.

—Ha terminado la parte que hace ruido. —Señalé la válvula del frío, en el lateral del tanque—. Ahora bajo la temperatura hasta casi cero y deja de fermentar. Se queda ahí, guardando.

—¿Guardando qué?

—Lo que ya es. Hasta que esté lista para serlo.

Miró la válvula como mira cualquier pieza que no conoce: midiéndola. Le cogí la mano —la derecha, la del anillo— y se la puse sobre el volante de metal. Puse la mía encima.

—Despacio —dije—. Enfriarla demasiado deprisa la estropea.

Lo giró. Despacio, como lo hace todo, y sentí ceder el metal bajo las dos manos, y el tanque soltó un ruido sordo, de algo que se acomoda.

—¿Y ahora?

—Ahora, oscuridad y tiempo.

—¿Y nosotros qué hacemos?

—Nada. —Aparté la mano—. Es la parte difícil.

Él no apartó la suya. Se quedó con la palma en el volante frío, mirándome, y el hilo de azul se había adueñado de casi todo el gris, y había tan poco entre nosotros en aquel sótano que sentí que algo me subía por la garganta. Corto. Cabía en un aliento.

Dilo.

No lo dije.

No fue miedo. Soy cervecera: sé la diferencia entre algo que está listo y algo que solo tiene ganas. Aquello todavía tenía, en el fondo, un nombre que yo no conocía y un miércoles, y no iba a sellar el barril con eso dentro.

Cuando llegamos a la Möhlstraße, ya de noche, la puerta contigua al despacho estaba abierta.

La habitación estaba vacía. No ordenada: vacía. Cuatro marcas en el parqué, donde habían estado las patas de una cama, una lámpara en el suelo, la ventana abierta para ventilar.

Helga apareció con un trapo al hombro.

—La parroquia de San Jorge necesitaba una cama, señor. Esa ya no tenía uso.

Konstantin se quedó en la puerta. Miró las cuatro marcas, una por una, como quien comprueba una cuenta. Seis años habían salido de allí en una tarde, en la furgoneta de una iglesia.

—Deberías habérmelo preguntado, Helga.

—Debería. —Se recolocó el trapo—. Usted habría dicho todavía no.

No contestó. Cerró la puerta de la habitación vacía y subió la escalera delante de mí.

***

El miércoles, Lukas me preparó para el juicio.

Fue en el Arabellapark, en un despacho de la planta catorce donde yo nunca había entrado, con la ciudad entera detrás del cristal. Konstantin estaba reunido. Lukas no se sentó; caminaba, el suelo crujía siempre en el mismo sitio, y en cada vuelta me hacía una pregunta con la voz de otro hombre.

—¿Conocía usted al señor Von Hagen antes del día cinco de septiembre?

—No.

—¿Por qué aceptó?

—Porque la cervecería de mi padre iba a cerrar.

—Dígalo así. Sin adornos. —El suelo crujió—. ¿Hubo luna de miel?

—Berchtesgaden. En octubre.

—¿Desde cuándo duermen en la misma habitación?

—Desde el día cinco de noviembre.

Se detuvo. Era la primera vez que se detenía.

—Diga desde los Alpes.

—En los Alpes fueron dos noches. Luego volvimos y él se fue a dormir a la planta baja.

—El juez no necesita el calendario, señora Von Hagen.

—Yo no digo imprecisiones bajo juramento, doctor Brandt.

El título era de mi hermana. Se lo tomé prestado y vi cómo se ponía rojo hasta el cuello arrugado de la camisa. Volvió a caminar.

Dos meses, y todavía cree que redondeo.

Hubo veinte minutos más de aquello. Yo respondía, él corregía el orden de las palabras, y poco a poco noté algo en el dibujo de las preguntas, como se nota un defecto en una cerveza: no por lo que tiene, sino por lo que le falta.

Cercaba el matrimonio por todos los lados. Había un lado por el que no pasaba.

Pasé yo.

—¿Y si me preguntan por qué se levantó?

Lukas se detuvo otra vez. Esta vez de espaldas a mí, vuelto hacia el cristal.

—¿Usted lo sabe?

—No.

—Entonces eso es lo que responde. —Se dio la vuelta. Tenía la cara cautelosa de un hombre que cruza un suelo que acaban de encerar—. Lo que usted no sabe, nadie puede obligarla a decirlo.

No era un consejo. Era una cerca.

No me estaba preparando para responder. Me estaba preparando para no saber.

Le di las gracias. Cogí el bolso. Quiso acompañarme hasta el ascensor, y le dije que sabía apretar un botón.

***

El ascensor se detuvo en la planta doce.

Entró un hombre de traje gris, de cincuenta y pocos años, con unas gafas de leer colgadas de un cordón. Me saludó con la cabeza. Luego volvió a mirarme, con la delicadeza de quien reconoce a alguien de una fotografía.

—Señora Von Hagen. —Me tendió la mano—. Rainer Voss. Me ocupo de los números de su marido.

Voss.

Una pantalla encendida en el techo de un cuarto. En persona. La copia de seguridad completa de septiembre. Le estreché la mano. Era seca y fría como el papel de archivo.

—¿Me permite una curiosidad de contable? —La voz era amable. Amable de verdad, y fue eso lo que me puso el estómago en el sitio equivocado—. Estoy cerrando el trimestre. ¿Recuerda usted qué día compró la Holding la deuda de su padre?

Los números de las plantas bajaban encima de la puerta. Once. Diez.

Yo conocía dos fechas. Una estaba en una carta del banco. La otra se le había escapado a mi marido en una biblioteca, la había repetido en un vestíbulo de mármol, y yo la llevaba conmigo desde entonces.

Le di la de la carta.

—El siete de septiembre. Está en la carta.

Se puso las gafas. Me miró a través de ellas, como quien lee la letra pequeña. Se las quitó.

—Está en la carta —repitió.

No me daba la razón. Lo comprobaba.

La puerta se abrió en la planta baja. Me cedió el paso y cruzó el vestíbulo con el andar de un hombre con veinte años en la casa y ninguna prisa.

El hombre que había pedido septiembre entero acababa de preguntarme por un día de septiembre. Y no le había gustado mi respuesta porque ya tenía la suya.

Yo no era tonta. Era paciente. En una cervecería, casi nadie sabe la diferencia.

Mi coche estaba en la Effnerstraße. Antes de arrancar, lo decidí.

El día diecinueve iba a jurar ante un juez, y a jurar sin redondear nada. Si el abogado de mi marido me quería sin saber, me quedaría sin saber ocho días más. No por él. Por la caldera, por mi padre, por las doce personas del patio.

Y esa misma noche, el jueves, con el juramento ya hecho, iba a preguntarlo todo. El miércoles. El nombre. La mano. Sin una mano en la boca de nadie.

Marqué la fecha yo sola, como se marca un tanque con tiza.

Faltaban ocho días para mi jueves.

Al Barón le bastaron cinco.