CAPÍTULO 31
«Una excusa buena es más peligrosa que una mala. A la mala la derriba uno solo.»
KONSTANTIN VON HAGEN
El teléfono estaba boca abajo.
Yo no le había dado la vuelta.
Las cinco y media. El cuerpo se despertó en el minuto de siempre, en un cuarto que no era el de siempre: el techo más alto, la ventana en el lado equivocado, la lámpara de la mesilla todavía encendida. Y un peso en el pecho que tardé un segundo en reconocer como su cabeza.
No me moví. Miré la mesilla.
Yo había dejado el aparato con la pantalla hacia arriba, porque no tenía reloj en la muñeca que me recordara el gesto. Ahora estaba boca abajo, alineado con el borde de la madera.
Estiré el brazo despacio, sin mover su cabeza de donde estaba.
Lukas: Voss ha ido a informática en persona. Ha pedido la copia de seguridad completa de septiembre. Hablamos mañana.
El resto lo entendí yo solo, y el resto era peor que el mensaje.
La pantalla se había encendido. Yo dormía.
Ella, no. Había leído un nombre que no conocía y un mes que conocía demasiado bien, y luego había hecho, con su mano, el gesto que es mío: poner boca abajo aquello de lo que uno no quiere saber la hora.
Y había vuelto a tumbarse encima de mí.
Lo leyó. Y no me despertó.
Hacía un mes que aquella mujer elegía no preguntar, y yo había empezado a contar con eso como se cuenta con una viga.
Volví a dejar el teléfono. Boca abajo, pegado al borde, exactamente como ella lo había dejado.
A las seis menos cuarto abrió los ojos. Tardó un instante en encontrarme; luego miró la mesilla, una sola vez, y volvió a mí.
—Te has quedado —dijo. Con la voz todavía dormida.
—Me he quedado.
Esperó. Su silencio es distinto del mío: el mío ocupa, el suyo deja un hueco. Yo conocía aquel hueco. En él cabían un mensaje de dos líneas y el nombre de un director financiero.
No puse nada en él.
Ella tampoco. Me pasó el pulgar por la arruga entre las cejas, como quien comprueba que algo sigue donde estaba, y se levantó.
A las seis y diez, dos tazas una al lado de la otra. Helga oyó dos pares de pasos bajando la misma escalera y no levantó la vista de la cafetera, lo que en ella es una forma de fiesta. Marlene untó mantequilla en el pan. Yo leí el mismo titular tres veces.
—Me voy a Regensburg —dijo—. Mi padre cree que sale hoy.
La resolución de la jueza tendría que haber salido una semana antes. La asociación de pesca había pedido una nueva medición, y la doctora Wimmer tardó siete días en denegarla.
—Sale hoy —dije.
—¿Lo sabes o lo dices?
—Lo digo.
Casi sonrió. Se bebió el café. No preguntó nada más: ni sobre la jueza ni sobre lo demás.
Ninguno de los dos mintió en aquella mesa. Era lo que llevaba dos meses diciendo de mí mismo, y ya no me servía de gran cosa.
***
A las ocho, Lukas estaba en mi despacho, de pie, con una hoja impresa.
—Siéntate —le dije.
—No.
El suelo crujió en el punto de siempre. Dio dos vueltas antes de darme el papel. Era el registro de accesos del servidor, en columnas: fecha, hora, usuario, carpeta.
—La copia de seguridad de septiembre se duplicó ayer, a las siete de la tarde. Entera. La correspondencia de la Holding y la sincronización de los teléfonos corporativos. —Se detuvo delante del cristal—. Tu teléfono es corporativo, Konstantin.
Está hecho. No va a aparecer. Seis palabras que no había borrado, porque borrarlas habría sido admitir que eran una prueba.
—Sigue.
—Miércoles, nueve y doce. El perfil de la auditoría abrió tu buzón de correo. —Su dedo bajó por la columna—. Recibidos. Enviados. Borradores.
Se me trabó la mandíbula antes de que pudiera impedirlo.
Lukas lo vio. Lleva quince años leyéndome; no le hace falta ninguna columna.
—¿Qué hay en borradores?
—Un correo.
—¿Para quién?
—Para ella.
No se movió. El suelo se quedó callado, y el silencio del despacho hizo la siguiente pregunta mejor de lo que la habría hecho él.
—Todo —respondí—. El miércoles, el banco, tu mensaje, la propuesta del lunes. Con fecha y hora.
—Escribiste eso.
—La noche del treinta de septiembre.
—En un servidor de la empresa. —Se pasó la mano por la cara—. Registramos una cesión un lunes para echar una capa de papel encima de un miércoles. Y tú escribiste el miércoles entero y lo dejaste guardado donde el hombre que cuenta los tornillos podía contarlo.
—No lo escribí para guardarlo.
—Pero lo guardaste.
No había nada que responder. Era el verbo exacto.
—Puedo cortarle el acceso hoy mismo —dijo Lukas.
—La copia ya ha salido del servidor. —Dejé la hoja en la mesa—. Cortárselo ahora es decirle que ha encontrado lo que buscaba.
—Ya sabe que lo ha encontrado. Lo que yo no sé es quién estaba sentado detrás de ese perfil el miércoles por la mañana.
—Pues averígualo. Y quiero ver a quién se lo enseña.
***
El teléfono vibró a las once, boca abajo sobre la mesa.
Le di la vuelta. Su nombre.
Nunca me había llamado. Desde el altar, la única llamada entre nosotros había sido mía, de un despacho a un cuarto a doce metros de escalera.
Contesté antes del segundo tono, y lo primero que llegó no fue su voz: fue el patio.
Jarras, el portón de hierro, alguien cantando mal, Sepp gritando algo sobre un barril.
—Denegada —dijo.
Cerré los ojos.
—Léelo.
—Se deniega la solicitud de paralización. La captación de la Brauerei Kraus es anterior, legítima e inferior al derecho inscrito. —El papel crujió en su mano—. El agua es nuestra, Konstantin.
—Tuya.
—Nuestra. Me he leído el contrato.
Y se rio.
Alto, sin medida, la risa que no cabe en ningún patio —y que cupo en un teléfono, cruzó una hora y cuarenta de carretera y llegó a mi mesa, en la planta catorce, como si la hubieran enviado—. Lukas la oyó desde el otro lado del despacho. Volvió la cara hacia el cristal.
Se me cerró la mano. El anillo apretó.
—Mi padre ha abierto un barril a las once de la mañana —dijo—. Konstantin.
—¿Qué?
Una pausa al otro lado, con todo el patio detrás. Yo conocía esa pausa. Tenía el tamaño de un nombre que ella había leído en el techo de un cuarto.
—Nada. Vuelvo por la noche.
Se cortó la línea.
Después de la paralización.
Era el plazo. Lo había fijado yo mismo, una madrugada: nadie quita el puntal de una estructura mientras todavía tiene carga encima. Una jueza de Regensburg acababa de retirar la carga, por escrito.
Encendí el monitor. Abrí los borradores.
Un uno, entre paréntesis.
Se abrió la ventana: el informe, la línea que no sabía escribir, el párrafo del puente. Llevé el cursor hasta Enviar. Ella estaba en un patio, con una jarra en la mano y su padre al lado. Lo leería de pie.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Lukas.
—Lo que dije que haría cuando cayera la paralización.
Cruzó el despacho. Esta vez sí se sentó, en la silla que nadie usa, con los codos en las rodillas, y habló con la voz de la investigación.
—El diecinueve declara ella. El abogado del Barón le preguntará qué sabía en el altar y qué sabe hoy sobre el motivo por el que te levantaste.
Hoy responde nada, y es verdad. —Señaló la pantalla con la barbilla—.
Si le das a eso, el diecinueve tendrá dos salidas.
Miente bajo juramento por ti. O dice la verdad y le sirve en bandeja el fraude que él alega.
El matrimonio cae, la cláusula cae con él, y la cervecería vuelve a la mesa con la deuda encima.
—Ella no miente.
—No miente. Por eso estoy sentado. —Se frotó los ojos—. Deja que declare limpia, Konstantin. Después se lo cuentas. En el puente, de rodillas, por escrito, como quieras.
Miré el botón.
Era un argumento de abogado, y era mejor que el mío de ingeniero.
El mío protegía una estructura. El suyo la protegía a ella.
Busqué el fallo y no lo encontré, y fue eso lo que me asustó —porque yo ya había escrito esa misma fecha al final del borrador, el domingo, por mi cuenta—.
Solo faltaba alguien que firmara debajo.
Mi excusa se vino abajo a las once de la mañana. Encontré otra en cuarenta minutos. Era mejor que la primera.
Ese era el problema.
Hice clic en Guardar borrador.
Por tercera vez. El uno siguió entre paréntesis, y ahora sabía que no era el único que lo había leído.
Lukas se levantó. Cogió la hoja del registro, la dobló y se la guardó en el bolsillo de la americana arrugada. En la puerta, se detuvo sin volverse.
—Cierra esa casa con llave.
—¿Por qué?
—Porque hoy ha perdido el agua. —Ya no era la voz de la investigación. Era la de un amigo cansado—. Un hombre así, cuando pierde el agua, va a por la casa.