Sustituida en el altar CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

«La casa llevaba seis años sin hacer ruido. Aquella noche, lo hizo. Y nadie pidió perdón.»

MARLENE KRAUS

El primer jueves de noviembre empezó en el sótano de la cervecería, con su mano en el tanque de maduración y la mía encima de la suya.

Siete días. La «Marlene» llevaba fermentados siete de los doce, y el acero inoxidable estaba frío como tenía que estar, y dentro, algo que aún no sabía lo que iba a ser hacía su trabajo a oscuras, sin que nadie lo mirara.

Pegué la oreja al tanque.

No se oye nada. Todo cervecero lo sabe. Pero pegas la oreja de todos modos, como se pega la oreja a una barriga, porque saber que no se oye no quita las ganas de oír.

—¿Qué dice? —preguntó Konstantin.

Llevaba las botas —las botas que ya no eran demasiado nuevas, que tenían una semana de patio y de malta y de Jonas mandándole cargar cosas—, a mi lado en el sótano, con la mano abierta sobre el acero.

—Nada. Está a oscuras. —Aparté la oreja—. La cerveza a oscuras no habla. Solo trabaja.

—Como tú.

Lo miré.

—Como yo.

Sepp gritó desde arriba que estaban cargando el camión de Múnich y que faltaban las tres barricas de Hiebl. Subí. Él se quedó un instante más en el sótano, solo, con la mano en el tanque, y cuando subió tenía la cara de quien le ha dicho algo a alguien que no contesta.

***

A la vuelta, en el coche, leí la Bunte en el móvil.

No porque quisiera. Frieda me había mandado el enlace con cuatro signos de exclamación y ni una palabra, lo que en mi hermana significa léelo ya. Lo abrí.

COMPROMISO EN STARNBERG: PHILIPP VON ARNIM E ISABELLE VON TESSIN LO HACEN OFICIAL.

Una foto de los dos en una escalinata, ella con un vestido color crema, él con un traje azul marino y la expresión de alguien a quien otra persona ha peinado con esmero.

Un texto de trescientas palabras. Y, en el tercer párrafo, una frase que el periodista había escrito para rellenar:

El heredero, que como es sabido no conduce, llegó a la ceremonia llevado por su propia prometida al volante de un…

Dejé de leer.

Que como es sabido no conduce.

Yo lo había dicho en un altar. Con una horquilla en la nuca, a una hermana con una bolsita de satén, cuando todavía creía que el novio iba a llegar. Philipp no conduce. Philipp tiene chófer. Catorce meses de relación y lo había dicho como quien dice que no come cebolla.

Catorce meses. Nunca pregunté por qué.

La pregunta apareció y se quedó quieta, en mitad del coche, entre el asiento de atrás y el retrovisor de Bastian. Una pregunta pequeña, del tamaño de una frase de revista. La miré.

Un hombre de treinta y un años, de una familia con un garaje lleno, que no conduce. Nunca. Ni en Sylt. Ni en Starnberg. Ni el día de su propio compromiso.

Bloqueé el móvil.

Lo dejé pasar. No porque no fuera importante. Porque aquel mes me había vuelto muy buena en cerrar cajas, y aquella era una caja que no sabía que existía hasta un segundo antes, y no tenía dónde ponerla.

Konstantin, a mi lado, leía un informe. No le pregunté qué era. Él no me preguntó qué había leído yo.

Bastian cogió la carretera de Kelheim, con niebla, como siempre.

***

Por la noche, en el cuarto de invitados, saqué el vestido de novia de detrás de la puerta.

Llevaba allí sesenta y un días. En la funda de plástico que Helga había traído sin que yo se la pidiera, en el gancho de detrás de la puerta, balanceándose cada vez que alguien entraba y quedándose quieto después.

Tres metros de encaje, doblados dentro de un plástico transparente, esperando a que alguien decidiera qué hacer con ellos.

Nadie lo había decidido. Ni yo, ni él, ni Helga. El vestido era lo único de aquella casa que nadie había cambiado de sitio.

Lo descolgué del gancho.

Pesaba. Había olvidado el peso —el peso de tres metros de tela elegida un sábado de julio con Frieda y con nuestra madre muerta mirando desde algún sitio—, y durante un segundo me quedé con él en brazos como quien sostiene a una persona dormida.

No lo tiré. No se trataba de eso.

Abrí el armario. Al fondo, detrás de los abrigos que había comprado Helga y del Dirndl de mi madre que me había traído de Regensburg, había sitio. Lo colgué. Recoloqué la funda de plástico. Cerré la puerta del armario.

No lo tiraba. Simplemente no quería que siguiera mirándome.

Ni yo a él.

La puerta del cuarto, sin el vestido, era una puerta. Madera, un gancho vacío, un pomo de latón.

Me quedé mirándola.

***

Oí los pasos a las diez y veinte.

En la escalera principal. No en los peldaños de la planta baja, no en la puerta del despacho: en la escalera, la madera después del mármol, paso a paso, pesado y sin prisa, como él lo hace todo.

Uno. Dos. Tres.

No se detuvo en el tercero.

Cuatro, cinco, el resto. La galería. Yo conocía la galería. La había cruzado a oscuras a las tres de la madrugada, una noche de septiembre, después de oír crujir la madera al otro lado —y lo había visto cerrar la puerta doble sin hacer ruido—.

Los pasos llegaron a la puerta doble.

Y siguieron.

No vacilaron. Pasaron por delante como se pasa por delante de cualquier puerta de cualquier pasillo, y vinieron por el pasillo del ala este, hasta el final, hasta la puerta sin vestido.

Dos golpes.

Él nunca sube. En sesenta y un días, ha subido esta escalera dos veces, detrás de mí, y las dos veces se ha quedado en el pasillo. Y una vez a las tres de la madrugada, hacia el otro lado.

Nunca hacia aquí.

Abrí.

Llevaba camisa blanca, sin chaqueta, con las mangas subidas hasta el codo —las mangas del río, del Sudhaus— y el pelo canoso de las sienes un poco revuelto. Sin reloj. La muñeca izquierda desnuda, con la marca clara de la correa en la piel.

—Has quitado el vestido —dijo.

Miró el gancho, por encima de mi hombro. Luego a mí.

—Lo he quitado.

—¿Dónde está?

—En el armario. Al fondo.

Se quedó quieto en la puerta. Un metro noventa y cuatro en el vano de la puerta de un cuarto de invitados, con la galería a oscuras detrás, y la puerta doble allá lejos, cerrada, y la casa entera alrededor, callada, con el oído aguzado.

—He pasado por delante de la puerta —dijo—. La del ala oeste. Sin pararme.

—Lo he oído.

—No sé si mañana podré hacerlo otra vez.

—Mañana es mañana. Hoy has pasado.

Tendí la mano.

No la suya. La mía. Abierta, a la altura de la cintura, como él me había tendido la suya en una carpa llena de luz para que yo eligiera bajar. Miró mi mano. El anillo amarillo le apretó el dedo, y vi cómo la piel se le ponía blanca, y después vi cómo abría la mano.

La cogió.

Y lo hice entrar en el cuarto, y cerré la puerta.

***

Fue más despacio que en los Alpes.

Más despacio y con más miedo, porque en los Alpes había una torre y una montaña y un hombre que se reía en la escalera, y aquí había una casa.

Una casa con seis años de silencio en las paredes, y una planta cerrada, y un ama de llaves que dormía al fondo del pasillo de la planta baja y no dormía, y nosotros dos en medio de todo eso, en un cuarto de invitados, con la lámpara de la mesilla encendida.

Me besó como quien pide permiso a un lugar.

Despacio, con las dos manos en mi cara, el pulgar en el pómulo, los ojos abiertos.

Esta vez dejé que fuera despacio. Le quité la camisa botón a botón, y él me quitó la mía, y nos quedamos de pie en mitad del cuarto, con la piel al aire y el frío de noviembre entrando por la ventana mal cerrada, y ninguno de los dos habló durante un rato.

Después dijo mi nombre.

Como en el puente. Marlene. Con la voz de quien va a cargar con un peso —y esta vez no le puse la mano en la boca—. Dejé que el nombre se quedara. Y él no siguió; el nombre era todo lo que había venido a decir.

—Konstantin —respondí.

Y la palabra salió redonda. Sin consonantes de sobra. Un nombre que en el altar me había parecido demasiado pesado para decirlo, y que ahora me cabía en la boca como el nombre de una cerveza que yo misma hubiera elaborado.

Me tumbó en la cama del cuarto de invitados.

La cama que Helga había aireado sin que nadie se lo pidiera, una mañana de septiembre, sin saber para quién.

La cama donde yo me había quedado con los ojos abiertos oyendo una taza chocar contra un platillo una planta más abajo.

Se tumbó a mi lado, y su mano bajó por mi cuello, se detuvo en la clavícula, firme sin ser brusca, y siguió bajando —el hueco entre los pechos, el vientre, la marca de la caldera en la cadera, que volvió a besar sin preguntar—, y sentí que el cuerpo se me abría para él como se abre el tanque cuando gira la válvula.

—Hace frío —dijo contra mi piel.

—Es la ventana.

—La cierro.

—No. —Le levanté la cara hacia la mía—. Quédate.

Se quedó.

Entró en mí despacio, con esa contención que es su sello en todo, y vi que su cara hacía lo que hace cuando trabaja sin medir: la mandíbula cediendo, el hilo de azul adueñándose de todo el gris. Se detuvo dentro de mí. Me miró.

—Mírame —le pedí.

—Te estoy mirando.

—No cierres los ojos. Ni cuando llegues.

—No los cerraré.

Y no los cerró.

Se movió despacio, y luego como le pedía el cuerpo, y me reí —bajito, una vez, porque la cama de invitados crujió con una nota aguda y absurda y la casa entera lo oyó—, y él también se rio, contra mi cuello, y no dejó de moverse mientras se reía.

La casa escuchó.

La casa llevaba seis años sin oír una risa, y escuchó dos, en un cuarto de invitados, en una cama que crujía, y no se vino abajo.

La risa se convirtió en otra cosa. Sus manos en mi espalda, la mía en su nuca, el ritmo que era el mío y que él seguía sin preguntar; y cuando llegó, llegó despacio también, como sube la espuma en una cerveza bien tirada, sin desbordarse, y dije su nombre con la boca pegada a su oreja, y él dijo el mío con los ojos abiertos, como había prometido, y la cama crujió una vez más, y ninguno de los dos pidió perdón.

***

Después, él se durmió.

Fue la primera vez. En los Alpes me había dormido yo y él se había quedado despierto hasta que las vigas se volvieron grises; aquí, en la cama de invitados, con la lámpara todavía encendida, se durmió antes que yo.

De lado, con un brazo bajo la cabeza y el otro encima de mí, pesado, y la respiración larga y regular de un hombre que llevaba seis años sin dormir en una cama de la planta de arriba.

Me quedé mirándolo.

Su cara dormida no tenía la mandíbula. No tenía el gris. Tenía a un hombre de treinta y cuatro años con el pelo canoso demasiado pronto y una marca clara de reloj en la muñeca, y una arruga entre las cejas que no se le iba ni dormido, y le puse el dedo encima, y no se fue.

Por primera vez, lo vi dormir.

Por primera vez, durmió en una cama que no era de la planta baja.

La casa llevaba seis años sin hacer ruido. Aquella noche, lo hizo. Y nadie pidió perdón.

Su teléfono se encendió.

En la mesilla, en su lado, con la pantalla hacia arriba: lo había sacado del bolsillo del pantalón y lo había dejado allí sin ponerlo boca abajo, como hace con el reloj, porque no tenía reloj que poner boca abajo. La luz azul se reflejó en el techo.

No quise leerlo. Lo leí. La pantalla estaba delante de mí, y los ojos leen antes de que uno decida.

Lukas: Voss ha ido a informática en persona. Ha pedido la copia de seguridad completa de septiembre. Hablamos mañana.

Me quedé mirando el nombre.

Voss.

No sabía quién era. No sabía qué pintaba informática en un mensaje en el que Lukas escribía en persona como quien describe un delito.

No sabía por qué septiembre. Sabía que septiembre tenía un miércoles dentro, y que ese miércoles estaba en una caja que yo había cerrado en un puente, con mi mano en su boca.

Estiré el brazo por encima de su cuerpo.

Puse el teléfono boca abajo. Despacio, con dos dedos, su gesto, el de esconder la hora cuando algo está fuera de alcance. La luz azul se borró del techo. En el cuarto solo quedaron la lámpara de la mesilla, amarilla, y su respiración.

Volví a tumbarme. La cabeza en su pecho, en el sitio detrás del esternón, donde se guardan las cosas antiguas.

No sabía quién era Voss.

No pregunté.

Aquel mes me había vuelto muy buena en no preguntar.