CAPÍTULO 29
«Ella me pidió que esperara. Obedecí demasiado deprisa. Un hombre que quiere confesar no obedece tan deprisa.»
KONSTANTIN VON HAGEN
En Baviera, el primer día de noviembre, los vivos van a visitar a los muertos en familia.
Hacía seis años que no iba acompañado a una tumba.
El cementerio católico de Regensburg está fuera de la muralla vieja, en un terreno llano con tilos sin hojas y una tapia baja, y el Día de Todos los Santos se llena como se llena una iglesia: velas rojas sobre cada lápida, coronas de pino, familias enteras con abrigos oscuros, niños corriendo entre las sepulturas como si aquello fuera un jardín —y lo es—.
La tumba de Hanne Kraus está en la tercera fila, junto a la tapia.
Una lápida sencilla, gris, con el nombre y las fechas y, debajo, grabada en letras más pequeñas, Braumeisterin. Maestra cervecera. Otto la había mandado grabar contra la voluntad del párroco de entonces, y el párroco de entonces había muerto, y la palabra se había quedado.
Otto llevaba abrigo y tenía las manos en los bolsillos, y miraba la lápida como mira el río. Frieda lo cogía del brazo. No porque él lo necesitara; porque lo necesitaba ella.
Marlene estaba de rodillas.
Con un pañuelo blanco, limpiando la lápida.
Las letras, una por una, el polvo del año, el musgo que había brotado en la base.
Con el mismo cuidado con que limpia la caldera: sin prisa, sin saltarse ninguna, con la atención de quien sabe que la cosa se va a volver a usar.
Cuando terminó, encendió la vela roja, colocó la corona y se quedó un instante con la mano abierta sobre el nombre.
Luego se levantó. Se sacudió el polvo de la rodilla. La barbilla.
Yo estaba un paso detrás de los tres.
No porque no me hubieran invitado. Marlene me había invitado en el desayuno del sábado, entre un sorbo y otro, como quien da el parte meteorológico. Un paso detrás porque, por primera vez, estaba del lado de quien mira el luto —y no del lado de quien es mirado—.
Seis años de gente un paso detrás de mí. Helga. Lukas. Bastian. Nunca había sabido cómo era estar ahí.
Es peor. Es peor, porque lo ves todo y no puedes hacer nada, y entiendes que los que se quedaron un paso detrás de mí lo vieron todo, todos estos años, y tampoco pudieron.
El cura pasó con el hisopo a las tres de la tarde.
El agua bendita cayó sobre las lápidas, sobre las velas, sobre las cabezas gachas.
Frieda se santiguó. Otto no. Marlene miró la lápida de su madre mientras caía el agua y tampoco se santiguó, y no sé por qué aquello me pareció lo más Kraus que había visto nunca.
***
Frieda me pilló a solas a la salida, entre dos tilos.
No fingió que fuera casualidad. Se plantó delante de mí, con el bolso por delante del cuerpo —la misma postura que con la bolsita de satén, en la iglesia—, y alzó la vista con su expresión de laboratorio.
—Durmió en vuestra cama en los Alpes —dijo. No era una pregunta.
—Frieda.
—No estoy preguntando. Estoy informando. —Se recolocó el asa del bolso—. Soy química, Konstantin. Para mí, una muestra es lectura. Mi hermana volvió de esa montaña con algo en la cara que yo no veía desde que nuestra madre estaba viva.
No respondí. Frieda no esperaba una respuesta; esperaba que la escuchara.
—Así que te lo voy a decir una vez. —Su voz se volvió muy baja y muy seca—.
Si le haces daño a mi hermana, no te voy a matar.
Voy a hacer algo peor. —Una pausa—. Voy a ignorarte para siempre.
Y ella verá que te ignoro, y sabrá por qué, y tendrá que elegir.
Y te elegirá a ti, porque ella es así. Y me perderá.
Me miró un segundo más.
—Eso es lo que te va a doler. No yo. Que ella me pierda por tu culpa.
Dio media vuelta y se fue detrás de su padre.
Me quedé entre los tilos, con el viento frío de noviembre en la cara, y entendí que Frieda Kraus acababa de hacerme la amenaza más precisa que había recibido nunca —más precisa que la de cualquier Barón—, y que me había creído cada palabra.
Es química. Mide. Y ha medido exactamente por dónde voy a romperme.
***
Otto me esperó en la verja del cementerio.
Frieda y Marlene se habían adelantado hasta el coche, y él se quedó, con las manos en los bolsillos, mirando salir a las familias con las velas todavía encendidas en la mano. Me paré a su lado. Estuvimos así un rato. Otto no tiene prisa; yo había aprendido a no tenerla.
—Me llamó la señora Helga —dijo.
Lo miré.
—El viernes. Para preguntar si a Marlene le gusta el pescado. —Se encogió de hombros—. No llamaba por el pescado.
—No.
—Dijo que usted duerme en la planta baja. En un cuarto de invitados. Desde hace seis años. —Otto miró la hilera de tilos—. Y que hay una planta de la casa que nadie abre.
No lo negué. No había forma. Helga había decidido, por su cuenta, contarle al padre de mi mujer lo que yo no le contaba a nadie —y tenía razón, y yo sabía que la tenía, y eso no lo hacía más fácil—.
—Hay una escalera —dije.
Era la primera vez. La primera vez en seis años que lo decía en voz alta a alguien que no fuera Helga. Y me salió allí, en la verja de un cementerio, delante de un hombre con abrigo que no me miraba.
—Dieciséis peldaños. Ella bajaba corriendo al piano. El tercero cruje. —Me interrumpí. Volví a empezar—. Subo hasta el tercero. A veces hasta el quinto. Nunca he pasado del quinto.
Otto no dijo nada durante un rato.
—La casa no es de ella, Konstantin —dijo por fin—.
Es suya. —Sacó una mano del bolsillo y me la puso en el hombro, una vez, pesada, y la retiró—.
Los muertos no necesitan habitación. Yo quité el plato de la mesa el segundo domingo.
No porque hubiera dejado de doler. Porque Marlene necesitaba el sitio.
Tragué saliva.
—Y llámeme Otto. —Volvió a meter la mano en el bolsillo—. Hace dos semanas que yo lo llamo a usted por su nombre. Esto empieza a ser ridículo.
Abrí la boca.
No salió.
Otto. Una palabra. Dos sílabas. Diez días antes yo había dicho el nombre de Annika en un cementerio, a una mujer junto a una verja, y había salido.
Este no salía. No sé por qué. Quizá porque decir Otto era aceptar que tenía un suegro, y que un suegro es algo que se tiene cuando se tiene una familia, y yo no tenía nada de eso desde que la agenda se había quedado parada en octubre.
—Lo intentaré —dije.
Otto me miró con esos ojos que lo ven todo.
—Eso lo dice todo el mundo —dijo, por segunda vez en su vida. Y se fue al coche.
Lo conseguí en el camino de vuelta. No en voz alta. En un mensaje, desde el asiento de atrás, con Marlene dormida en mi hombro antes de Kelheim, como la otra vez, y el reloj bajo su mano.
Konstantin: Gracias por lo de hoy. Otto.
La respuesta llegó diez minutos después. Otto escribe como habla.
Otto: Ya era hora.
***
Por la noche, en el despacho, abrí el borrador.
Sin asunto. Un uno en la columna de la izquierda, entre paréntesis, desde hacía treinta y dos días. Hice clic, se abrió la ventana y allí estaba el informe de fallo: el miércoles, la deuda, el lunes a las nueve, la cláusula, la iglesia. Me levanté por otro motivo. Ese todavía no sé escribirlo.
Lo releí. Todo era exacto. Seguía siendo exacto.
Puse el cursor al final. Y añadí un párrafo.
El jueves, en el puente, intenté contártelo. Me pusiste la mano en la boca y dijiste «hoy no». Obedecí. Obedecí demasiado deprisa, y sé lo que eso significa: significa que quería que me lo impidieras. Un hombre que quiere confesar no obedece tan deprisa.
Después de la vista del diecinueve de noviembre, cuando el Barón ya no tenga nada en las manos que usar contra ti, te lo contaré. No por correo. En el puente. Podrás volver a ponerme la mano en la boca, y esta vez la apartaré yo.
Releí también aquello.
Era un buen párrafo. Era honesto. Tenía una fecha.
Tenía incluso el valor de decir que no tenía valor.
Y era, lo sabía —lo sabía mientras lo escribía—, exactamente lo mismo de siempre con ropa nueva: después.
Todavía no. Después de la paralización se había convertido en después de la vista, y después de la vista se convertiría en otra cosa, porque siempre hay un puntal más que quitar antes del último.
Guardar borrador.
La ventana se cerró. El uno siguió entre paréntesis.
***
Lunes, dos de noviembre, las ocho y diez de la mañana.
Rainer Voss en la puerta de mi despacho, en la planta catorce, con una carpeta y las gafas colgadas del cordón.
—Buenos días, señor Von Hagen. Dos minutos. —No se sentó. Voss nunca se sienta cuando pide algo que ya sabe que se le va a negar—. La auditoría externa empieza el miércoles. Van a pedir el historial de correspondencia de la Holding relativo a la adquisición del crédito Kraus.
—Está en el registro.
—En el registro está el contrato. Querrán el contexto. —Se puso las gafas. Se las quitó—. En concreto, los correos de la Holding del dos de septiembre.
La fecha.
En voz alta. Por primera vez, alguien que no era Lukas decía la fecha en voz alta, delante de mí, con la puerta abierta al pasillo.
—No —dije.
Voss ni pestañeó.
—Entonces el auditor preguntará por qué no, señor Von Hagen. —Cerró la carpeta—. Y yo tendré que decir que usted no lo autorizó. Y él lo pondrá por escrito en un informe que irá al consejo. —Una pausa—. Y a cualquiera que lo pida.
Salió.
Me quedé mirando la puerta, ya sin nadie. Luego cogí el teléfono. Luego lo dejé en la mesa, con la pantalla hacia abajo.
Sabe la fecha. Sabe que hay un miércoles antes de un lunes. Quiere los correos de un miércoles.
Y yo tengo un borrador sin asunto que dice exactamente lo que pasó ese miércoles, guardado en el mismo buzón de correo que un auditor va a abrir el miércoles.