CAPÍTULO 28
«Él lo intentó. Fui yo quien le mandó esperar. Años después, todavía pensaría en ello, y nunca llegaría a decidir si había sido valentía o miedo.»
MARLENE KRAUS
El lunes, las tazas estaban una junto a la otra.
No una en la cabecera y la otra en el lateral, con una esquina de mesa entre ellas. Una junto a la otra, las dos en el mismo lado de la mesa, la desportillada y la azul oscuro, con los platillos casi rozándose.
Había sido Helga. Helga no comenta; Helga cambia las cosas de sitio.
Bajó a las seis y diez. Se sentó. Miró las tazas, miró a Helga, que estaba de espaldas, junto a los fogones, y no se dio la vuelta, y se sentó en la silla que estaba al lado de la mía, y no en la cabecera.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Helga nos sirvió a los dos. Y después, por primera vez, se sentó ella también, en el otro extremo de la mesa, con su té, como quien preside algo que por fin estaba como debía estar.
Nadie dijo nada al respecto. No hacía falta.
***
Toda la semana fue así.
El martes, la Bunte salió con la foto de los fotógrafos de Lukas: el barco en el Königssee, yo con una manta sobre los hombros, él a mi lado con la cabeza un poco inclinada —dos grados, ahora yo sabía contarlos—, y el titular en letras doradas: LUNA DE MIEL EN EL KÖNIGSSEE. EL VIUDO VUELVE A SONREÍR.
Lukas les mandó la revista a los abogados del Barón con un clip y ninguna nota. Konstantin me lo contó en el desayuno. Fue la primera vez que le oí contar algo del trabajo como quien cuenta un chiste.
Llegaba a casa a las seis. Todos los días.
Helga cocinaba para tres, y el miércoles para cuatro, cuando Frieda apareció con una maleta y se sentó a la mesa como si siempre hubiera tenido sitio, y miró las dos tazas juntas, y me miró a mí, y no hizo ni una pregunta, lo que en mi hermana es el mayor elogio posible.
El jueves por la mañana, Lukas llamó a Konstantin a las siete, y Konstantin contestó en la mesa, y oí media conversación. Luego colgó y se quedó mirando el teléfono con una cara rara.
—¿Qué pasa?
—Lukas. —Dejó el teléfono en la mesa—. Estaba sonriendo.
—¿Cómo lo sabes? Era por teléfono.
—Conozco su voz desde hace quince años. Le estaba sonriendo al móvil. —La mandíbula—. Lukas no le sonríe al móvil.
Yo sabía por qué. Frieda había llegado el miércoles con una maleta y un billete de tren solo de ida, y había salido el jueves a las seis y media de la mañana, con el abrigo abrochado hasta arriba y las orejas rojas, para «un café con un conocido».
No se lo conté. Me bebí el café.
***
Regensburg, jueves, ocho de la mañana.
Llegó con botas.
Yo estaba en el patio cuando Bastian abrió la puerta del coche, y lo primero que vi fue la bota.
Cuero oscuro, de trabajo, demasiado nueva: comprada esa misma semana, seguro, en una tienda donde nadie le había preguntado el nombre.
Luego el pantalón de trabajo, gris, grueso.
Luego una camisa de franela que tenía que haber elegido Helga, porque él jamás la habría elegido.
Konstantin von Hagen, siete mil empleados, planta catorce del Arabellapark, de pie en el patio de la Brauerei Kraus vestido como un aprendiz cualquiera.
Jonas salió del Sudhaus limpiándose las manos en el delantal, lo miró de arriba abajo y dijo, sin saludar:
—Malta. Treinta sacos. Del almacén a la molienda.
—¿Dónde está el almacén?
—Donde le señale Ludwig.
Ludwig señaló. Konstantin fue.
Cargó treinta sacos de veinticinco kilos, de uno en uno, al hombro, del almacén a la molienda, sin quejarse y sin parar. Al décimo, se quitó la camisa de franela. Al vigésimo, Sepp dejó de fingir que no miraba. Al trigésimo, Jonas hizo un ruido con la garganta que, viniendo de él, era un discurso.
Yo no ayudé. Me quedé en la puerta del Sudhaus, con el delantal puesto y los brazos cruzados, mirando a mi marido cargar la malta de la receta de mi madre.
Dueño no. Responsable.
Jonas había dicho que, si lo dejaba ayudar, no lo estropearía. Yo no lo había dejado. Se había invitado él solo.
Sepp abrió el saco de lúpulo a las nueve.
El Hallertauer antiguo, de Wolnzach, cuatro kilos que el nieto había vendido después de dos horas de charla y tres cervezas.
Verde oscuro, resinoso, con ese olor que sube por la nariz y acaba detrás de los ojos.
Konstantin se inclinó sobre el saco, lo olió y se quedó un segundo con los ojos cerrados.
—No es amarga —dijo.
Lo miré.
—Estaba en la receta. No es amarga.
—Te has aprendido la receta de memoria.
—La leí una vez. —Se encogió de hombros—. Lo que leo, me lo aprendo.
***
La cocción es algo que no se explica; se hace.
El agua entrando en la cuba de maceración, la temperatura subiendo despacio —sesenta y dos grados, luego setenta y dos—, y la malta molida entrando poco a poco, y el olor dulce y caliente a cereal cocido llenando el Sudhaus hasta las vigas.
Sepp, a la temperatura. Jonas, a la pala.
Yo, a la receta, con el cuaderno abierto sobre la mesa de trabajo, la letra de mi madre, las cantidades subrayadas dos veces.
Konstantin se quedó junto a la cuba. No preguntó nada. Miraba.
Al cabo de una hora, cuando el mosto estuvo listo y empezamos a pasarlo a la caldera, Jonas le puso la pala larga en la mano sin decir nada, y él removió.
Despacio. Con la contención que es su sello en todo.
Y el mosto giró en la caldera de cobre de 1897, y el vapor subió, y vi su cara a través del vapor y no la reconocí; y luego sí.
Era la cara del río. La cara de quien está haciendo algo con las manos y no con la cabeza.
En el hervido entró el lúpulo. Poco. En el momento justo. Yo lo pesé; él lo echó.
La caldera hirvió durante noventa minutos y el olor salió por la chimenea del Sudhaus y bajó por la Goldene-Bären-Straße, y la gente levantó la cabeza en la calle, como la levanta desde hace ciento cuarenta años cada vez que la Kraus elabora algo nuevo.
Después, el enfriamiento: el mosto bajando por el intercambiador de calor hasta quedar frío como el río, y el tanque de maduración en el sótano, el acero inoxidable, la oscuridad. Abrí la válvula. El mosto bajó, oscuro, brillante, con la espuma dorada encima, y llenó el tanque despacio, y cerré.
Nos quedamos los dos en el sótano, solos, con la bombilla débil y el acero frío y el olor a cereal y a lúpulo.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Doce días de fermentación. Después, la oscuridad. —Puse la mano en el tanque—. La cerveza necesita oscuridad y tiempo.
—¿Cuánto tiempo?
Miré hacia el cuaderno, arriba, en la mesa de trabajo. Hacia la última línea.
Tiempo de guarda:
—Lo sabré probando.
Él también puso la mano en el tanque. Junto a la mía, en el acero frío, a diez centímetros.
—Va a quedarse aquí —dijo. No era una pregunta.
—A oscuras. Hasta que yo decida.
Dejó la mano allí. Yo dejé la mía. El tanque estaba frío y el sótano estaba frío y las dos manos estaban calientes.
***
Al final de la tarde, cruzamos el puente.
A propósito. Lo llevé por el patio, por el portón de 1886, por la calle, hasta el Steinerne Brücke, y subimos los primeros escalones de piedra con el sol bajo dando en los arcos y el río pasando por debajo, marrón, lleno de octubre.
Se detuvo en mitad del puente.
Miró hacia atrás, a la hilera de arcos que habíamos cruzado. Los contó. Lo vi contar, moviendo un poco los labios, como lo cuenta todo.
—Dieciséis —dijo.
No se dio cuenta. Dijo dieciséis como quien comprueba una cifra, y vi que no lo sabía: que en ese momento no había pensado en una escalera estrecha, en un ala cerrada, en dieciséis peldaños con polvo de seis años a partir del sexto. Solo había contado los arcos.
Yo lo sabía. No lo dije.
Dieciséis arcos que aguantan. Dieciséis peldaños que nadie sube.
Cuenta los dos y solo reconoce uno.
Se volvió hacia mí.
Y le cambió la cara.
No despacio; de golpe. La mandíbula. La mano derecha, junto al costado, cerrándose.
Los ojos, el gris volviendo por encima del azul como una nube por encima de un lago.
Era la cara de quien va a cargar con un peso: la cara que yo había visto en la verja de un cementerio, un segundo antes de que dijera Annika.
—Marlene —dijo.
Lo supe.
No sé cómo. Lo supe. Por la voz, por la mano, por el lugar: un puente, mi lugar, el lugar donde yo le había dicho yo solo lo cruzaba y él había creído que el olor a pan era de la cervecería. Había elegido el puente para aquello.
—El miércoles antes de la boda…
Le tapé la boca con la mano.
Sin apretar. La palma abierta, los dedos en la mejilla, el pulgar en la mandíbula. Su boca se detuvo bajo mi mano, con la frase entera atrapada detrás de los dientes.
—Hoy no —dije.
Sus palabras. Las dos de la terraza, devueltas. Las oyó; vi que sus ojos las reconocían.
—Hoy solo quiero cruzarlo.
Nos quedamos así. Mi mano en su boca, el río pasando por debajo, una pareja de turistas pasando por detrás y fingiendo que no veía nada.
Sabía que era el miércoles. Lo había preguntado tres veces —en la iglesia, en la biblioteca, en el despacho— y había recibido tres preguntas a cambio. Ahora él iba a contestar, sin que yo preguntara, en un puente, con botas, con el mosto todavía bajando al sótano.
Y fui yo la que no quiso.
Una elige creer cuando no puede permitirse la alternativa. Yo podía permitírmela. Había visto el tamaño del hoyo en una terraza, y sabía que podía permitírmela.
Simplemente no quise. No aquel jueves.
Aparté la mano.
No terminó la frase. Se quedó mirándome un rato largo, con la mandíbula haciendo eso que hace, y luego parando, y luego haciéndolo otra vez; y vi pasarle por la cara algo que yo solo entendería mucho después: no alivio. Lo otro. Lo de un hombre que quería que se lo impidieran, y se lo impidieron.
—De acuerdo —dijo.
Me tendió la mano. Se la cogí.
Cruzamos el resto del puente así, de la mano, con el sol bajando detrás de la catedral y los dieciséis arcos aguantando debajo, y al llegar al final dimos la vuelta y regresamos, y él no volvió a intentarlo.
Años después, todavía pensaría en aquella tarde.
En la primera vez que lo intentó.
Y en quien le mandó esperar.