Sustituida en el altar CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

«En una montaña, él era mío. En Múnich, todavía había una escalera. Volví sabiendo cuál de los dos era el de verdad, y no quise comprobarlo.»

MARLENE KRAUS

No se levantó a las cinco y media.

Lo sé porque me desperté a las ocho y él me estaba mirando.

Tumbado de lado, con la cabeza apoyada en la mano, el pelo entrecano de las sienes revuelto por primera vez desde que lo conocía, y los ojos —el hilo de azul ancho, entero, sin nada de hielo— fijos en mí, como si llevaran mucho tiempo leyendo y todavía no hubieran terminado.

—¿Cuánto llevas despierto?

—No lo sé.

Me quedé mirándolo.

No lo sé. Konstantin von Hagen, que cuenta los peldaños de una escalera, los arcos de un puente, los segundos que faltan para pasar por cierto punto de una carretera. Que sabe cuántas llamadas perdidas tiene y cuántas horas ha dormido. No lo sé.

—No has mirado el reloj.

—No.

Levantó la muñeca izquierda, despacio, con la esfera hacia abajo, exactamente como yo la había dejado. No le dio la vuelta. Volvió a apoyar la mano en la sábana.

No me reí. Fue la primera mañana de mi vida en que algo gracioso no me hizo reír, y no sabía qué hacer con eso, así que le puse la mano en la cara y lo besé, despacio, y él se dejó.

***

Desayunamos en la terraza de la torre, con una manta de lana sobre los hombros y el Watzmann entero delante, blanco en la cumbre, gris abajo, con el valle todavía en sombra.

Leopold mandó subir una bandeja, pero él no subió. Debajo de la cafetera había una nota, con su letra torcida y apresurada: Sin prisa. El castillo es vuestro hasta el lunes. L., y un flügelhorn mal dibujado.

Konstantin la leyó, dobló la nota y se la guardó en el bolsillo, y yo hice como si no lo hubiera visto.

Nos tomamos el café. El silencio era otro: ni el suyo, que ocupa, ni el mío, que espera. Un tercero, para el que yo todavía no tenía nombre y que se parecía al de dos cerveceros mirando un tanque que no necesita nada.

Por eso pregunté. Porque en aquel silencio se podía preguntar.

—¿Cómo murió?

No se movió.

Se quedó mirando la montaña, con la taza en la mano, y la mandíbula hizo eso que hace, y luego dejó de hacerlo. Dejó la taza en la mesa. Se miró las manos.

—En una carretera —dijo.

Esperé.

—La autopista del sur. La A8. —Tenía la voz baja, sin una sola coma; la otra—.

Un jueves de octubre. Volvía de Salzburgo, de noche, de la cena de una amiga del conservatorio.

Yo no fui. Tenía una reunión el viernes por la mañana y le dije que no podía.

—Una comisura de la boca, medio milímetro, que no era una sonrisa—.

Yo siempre tenía una reunión el viernes por la mañana.

Él no fue.

No me moví.

—Pasado Holzkirchen, la carretera sube. Hay una iglesia en una colina, con dos torres. Y después de la iglesia, la curva. —Me miró—. Había niebla. La niebla de octubre, esa de la que habló Otto. Un coche vino por el carril contrario. Se cruzó. —Una pausa—. Ella iba sola.

Tragué saliva.

—Me llamaron a las once y veinte. Yo estaba en el despacho, con la reunión del viernes sobre la mesa.

El hospital de Rosenheim. Nueve horas en una sala de espera con una máquina de café que no funcionaba.

A las seis de la mañana vino un médico y lo supe antes de que abriera la boca, porque se quitó las gafas.

Nadie se quita las gafas para dar una buena noticia.

Una sala de espera de hospital. Hace seis años.

Lo dijo en la carpa. No lo había entendido.

—La investigación concluyó que fue la niebla —continuó—. Visibilidad reducida. Ningún culpable. —La mandíbula—. No fue la niebla.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el otro coche tenía un conductor, y el conductor desapareció del informe.

Porque había dos testigos en un camión de Innsbruck que vieron cruzarse el coche sin ninguna niebla delante, y los dos cambiaron de opinión tres semanas después, con abogado nuevo.

Porque el informe pericial lo firmó un hombre que se compró una casa en el Tegernsee al año siguiente.

—Volvió a mirar la montaña—. Soy ingeniero, Marlene.

Un informe hecho para que nadie lo lea es lo más fácil de leer que existe.

No contesté.

No podía. Me había quedado atrapada en una palabra que había dicho tres frases antes, y la palabra me iba creciendo por dentro como crece el frío del río: primero el pie, luego la espinilla, luego el resto.

Iglesia con dos torres. Pasado Holzkirchen. La curva.

Viernes. Su mano cerrada sobre la rodilla.

Le cogí la mano a ese hombre en el sitio exacto. Sin saberlo. Trescientos metros después de la iglesia, en un lugar donde él no estaba, y por donde, desde hace seis años, pasa todos los días sin pasar.

Me miré la mano. Luego estiré el brazo por encima de la mesa y la puse sobre la suya, otra vez —ahora sabiéndolo—, y él miró mi mano, y no abrió la suya, y no la retiró.

—Sabes quién era —dije.

No era una pregunta. Él no fingió que lo fuera.

—Lo sé.

—Los Von Arnim.

Silencio. Allá abajo, el sol empezó a llegar al valle; la sombra retrocedió entre los árboles como una marea.

—Por eso empecé —dijo—. Hace tres años. Cuando el informe me cayó en la mesa por tercera vez y entendí que nadie iba a leerlo. Empecé a comprar. Las deudas, los bancos, las tierras. Despacio. —Me miró—. El terreno de la cervecería era la última pieza. La fusión era la última pieza de ellos.

Y allí, en la terraza de un castillo, con una manta sobre los hombros y la mano encima de la suya, lo entendí.

La tercera fila. El pasillo de la iglesia.

La cláusula de la página veintidós, leída de antemano.

La deuda comprada. El Barón diciendo pregúntele a su marido qué compró.

El Barón diciendo hasta que ella descubra de quién es la mano.

Todo lo que estaba en la caja cerrada, junto con miércoles, encajó de golpe —no todo; la caja seguía cerrada por debajo—, pero lo bastante para que yo viera la forma de lo que había comprado con mi sí.

Yo no era el motivo. Era el medio. Eso siempre lo había sabido.

Lo que no sabía era el tamaño del hoyo.

—¿Y quién conducía? —pregunté—. El otro coche.

Miró el lago, allá abajo, una franja verde entre las paredes de roca.

—Hoy no.

Dos palabras. En voz baja.

Dejé la mano sobre la suya y no volví a preguntar. Porque había oído la voz —la que no era la del consejo de administración—, y porque teníamos una montaña entera delante, y porque alguien que acaba de contar cómo murió su mujer tiene derecho a elegir qué cuenta después.

Elegí yo. La mitad. Otra vez.

—A veces —dijo, casi para sí, mirando el lago— el hoyo es más grande que el muerto.

No sabía de dónde venía aquella frase. Tampoco pregunté eso. Me la guardé.

***

Volvimos el domingo por la tarde.

Por la autopista. Se lo dijo a Bastian antes de que yo preguntara, y Bastian miró por el retrovisor con la cara de quien lo comprueba dos veces, y cogió la autopista.

Esta vez yo lo sabía.

Vi la iglesia de la colina antes que él. Las dos torres blancas, el pequeño cementerio alrededor, los Alpes quedándose atrás en el espejo. Vi llegar la curva, y los trescientos metros, y su mano sobre la rodilla empezando a cerrarse.

Le cogí la mano antes de que se cerrara.

A propósito, con toda la mano, los dedos entre sus dedos. Cerró los ojos. No miró la curva, no miró el reloj, no contó nada. Se quedó con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en el respaldo, y mi mano en la suya, y la curva pasó por debajo del coche como pasa cualquier curva.

Cuando abrió los ojos, estábamos en Holzkirchen.

—Gracias —dijo.

Nada más.

Gracias. Konstantin von Hagen, que solo me había dado las gracias una vez, por una firma, en una salita de desayuno; ahora, en un coche, por una mano.

No contesté. Le apreté la mano. La dejé allí hasta Múnich.

***

Helga abrió la puerta antes de que Bastian llamara al timbre.

Miró las dos maletas. Miró las dos caras: la mía, la suya. Se quedó un segundo con la expresión de quien lee algo que llevaba mucho tiempo esperando leer, y luego la guardó en el sitio de siempre y dijo:

—Bienvenidos, señor. Señora. La cena es a las siete.

Nada más. Helga no comenta lo que ve. Helga cocina a partir de lo que ve.

Konstantin cogió mi maleta. No la pidió; la cogió, como lo coge todo, y subió con ella la escalera principal, y yo subí detrás. Uno. Dos. Tres. No se detuvo en el tercero. Cruzó la galería. Pasó por delante de la puerta doble del ala oeste sin mirarla.

Llegó a la puerta del cuarto de invitados, al fondo del ala este, y dejó la maleta en el suelo del pasillo.

Se detuvo.

Se quedó allí un instante, con la mano en el asa de la maleta, mirando la puerta abierta del cuarto, la cama hecha, el vestido de novia en la funda de plástico detrás de la puerta, que seguía allí, esperando a que alguien decidiera qué hacer con él.

Esperé.

Levantó la cabeza. Me miró. El hilo de azul estaba allí, pero el gris había vuelto a rodearlo, y debajo del gris había algo que yo conocía de un cementerio.

—Buenas noches, Marlene —dijo.

Bajó. Oí sus pasos por la galería, por la escalera, por el vestíbulo de mármol, y después la puerta del despacho, y después el silencio de siempre.

La casa de ella.

En los Alpes, él era mío. En Múnich, todavía había una escalera.

Entré. Cerré la puerta. El vestido se balanceó en su funda de plástico con el aire de la puerta y luego se quedó quieto.

Me senté en la cama.

No lloré. No era eso. Era algo más lento, algo que se parecía al río a las siete de la mañana, con niebla, cuando sabes que el sol va a llegar y todavía no ha llegado.

Me contó cómo murió ella. Me contó por qué empezó. Debería haberle preguntado qué había hecho con eso: qué había comprado, un miércoles, para que yo subiera a un altar.

Pero acababa de volver de una montaña que me devolvía la risa.

Y no quise oír ningún otro eco.