Sustituida en el altar CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

«Me he pasado la vida midiendo el punto exacto en que una estructura cede. Aquella noche cedí sin medir. Y seguí en pie.»

KONSTANTIN VON HAGEN

Me besó como quien se baja del banco de la carpa.

Por elección. Sin que yo le tendiera la mano. Cruzó dos pasos de una habitación redonda, me puso la mano en la mandíbula —en el punto exacto donde pasa la cosa— y la cosa dejó de pasar. Y tiró de mí. Y yo fui.

Dos grados. Su cabeza inclinándose hacia la izquierda, la mía hacia la derecha, y su boca en la mía con sabor a vino y a Ländler y a algo para lo que yo no tenía etiqueta, porque nunca lo había probado.

Esta vez no había flash. No había carpa, ni sala con puerta, ni un hombre sensato diciendo esto no puede volver a pasar con la voz rota.

Estaba yo, y lo que acababa de decir.

No sé ser tu marido a medias.

Pues no lo seas.

Le sujeté la cara con las dos manos.

No tiré. La sujeté. Las dos manos abiertas, una a cada lado, los pulgares en los pómulos, y la besé despacio —más que aquella vez en el despacho, más despacio de lo que pedía el cuerpo—, porque en el despacho había aprendido lo que pasa cuando la mano tira antes de preguntar.

Ella no dejó que fuera despacio.

Me rodeó el cuello con los brazos y subió.

De puntillas, un metro sesenta y siete contra un metro noventa y cuatro, y el cuerpo entero vino con ella, contra el mío, sin treinta centímetros de cuero ni una mesa ni un delantal entre nosotros.

Y sentí —por primera vez sin tela de gala ni corpiño ni vestido de tres metros— el peso exacto de Marlene Kraus.

Para esto no hay tolerancia. No hay carga de rotura. No hay número.

No me des un número.

—Konstantin.

Contra mi boca. Mi nombre, con todas las consonantes, y ninguna de sobra.

—Dilo otra vez.

—Konstantin.

La levanté.

No lo pensé. Las manos fueron a sus muslos y ella subió, las piernas alrededor de mi cintura, el vestido subiéndose, su risa baja junto a mi oreja —la risa, en mitad de todo, la risa que no cabe en ninguna habitación y que allí cabía—, y crucé la habitación con ella y la senté en el borde de la cama, y me arrodillé.

En el suelo de piedra. Delante de ella.

Ella bajó la vista hacia mí, con el pelo ya medio suelto y la boca roja y la respiración corta, y la barbilla… la barbilla seguía en su sitio. Incluso allí. Aun así.

—¿Estás segura? —pregunté.

No era retórica. Necesitaba la respuesta igual que necesito un informe pericial antes de firmar.

No por el tribunal, no por el Barón, no por una carpeta con un sello.

Por ella. Porque la pregunta que me hizo en el despacho, ¿eso me lo dices a mí o a ti mismo?

, seguía sin respuesta, y no iba a ponerle una mano encima sin haberla contestado antes.

Marlene me miró durante un rato largo.

Luego bajó las dos manos hasta mi cara, los pulgares en mi mandíbula, igual que yo le había sujetado la suya.

—Me preguntaste por qué. En la iglesia. —Tenía la voz baja, seca, de Regensburg—. Te dije que aquel día no importaba. —Una pausa—. Hoy importa. Y estoy segura.

A mí mismo. Me lo decía a mí mismo, Marlene. Todas las veces.

No lo dije en voz alta. Le quité los zapatos.

De uno en uno, por las tiras, con la mano grande, como en el vestíbulo, como en el tercer peldaño. Y los dejé en el suelo, junto a la cama, uno al lado del otro, y ella vio el gesto y lo entendió, y esta vez no se rio. Cerró los ojos un segundo.

Le subí las manos por las piernas.

Despacio. La pantorrilla, la rodilla, la piel de la cara interna del muslo, que estaba más caliente que el resto y temblaba un poco, y el vestido fue subiendo con mis manos hasta que ella levantó los brazos y se lo saqué por la cabeza.

El pelo se le soltó del todo. El vestido cayó al suelo de piedra.

Se quedó allí, sentada en el borde de la cama, en ropa interior, con la chimenea a un lado y la ventana oscura al otro y el Watzmann ahí fuera con la primera nieve, y no se tapó nada. No cruzó los brazos. Se quedó mirándome, a mí, arrodillado en el suelo, con la barbilla levantada.

Nunca la baja.

Ni siquiera ahora.

—Te toca —dijo.

Me quitó la camisa. Botón a botón, sin prisa, con las manos que abren tanques y cortan lúpulo y clavan alfileres en un corpiño a las seis de la mañana, y con cada botón que abría miraba la piel que iba apareciendo como quien lee algo que por fin tiene etiqueta.

Me bajó la camisa por los hombros. Me pasó la mano abierta por el pecho, por el sitio detrás del esternón donde se guardan las cosas antiguas, y se detuvo allí.

—Late —dijo.

—Siempre ha latido.

—Así no.

No. Así no.

Me puse de pie y la tumbé.

Con cuidado. Como si pudiera romperse, y no podía; era yo el que se estaba rompiendo, en un punto que ningún ensayo había previsto, y estaba descubriendo que una estructura puede romperse y seguir en pie. Me tumbé a su lado. Su mano vino a mi brazo, a mi muñeca, y encontró el reloj.

Se detuvo.

Sus dedos en la correa de cuero, en la corona, en el cristal. Miró el reloj. Me miró a mí.

Y me giró la muñeca hacia abajo.

El gesto. Mi gesto, el de estos seis años, el de esconder la hora cuando quiero controlar algo que está fuera de mi alcance. Lo hizo por mí, despacio, girándome la muñeca hasta que la esfera quedó contra la sábana, y dejó la mano encima.

—Hoy no hay hora —dijo.

Yo no podía hablar. La besé.

Y fue entonces cuando perdí la cuenta.

No sé cuánto tiempo. Es una frase que nunca había dicho, ni pensado, y la pensé allí, con su boca en mi cuello y sus manos en mi espalda y su cuerpo abriéndole sitio al mío.

Perdí la cuenta. No había cronómetro. No había tres lecturas por punto.

Había su piel, que olía a pan caliente incluso allí, aun así, y su respiración haciéndose más corta en cada sitio donde yo ponía la boca: la clavícula, el hueco entre los pechos, la pequeña marca que tenía en la cadera, una vieja quemadura de caldera, que yo no conocía y que besé sin preguntar.

—Konstantin.

—Estoy aquí.

—Entonces demuéstralo. —Tiró de mi cara hacia arriba, hasta tenerla a la altura de la suya—. Mírame.

La miré.

Los ojos azules, claros, que en la iglesia intentaban leer algo sin etiqueta. Ahora leían. Me estaban leyendo a mí, de cerca, sin parpadear, y me dejé. No aparté la mirada. No miré el reloj, que estaba boca abajo en algún lugar de la sábana, con su mano todavía encima.

—No cierres los ojos —me pidió—. Quiero ver.

No los cerré.

El resto de la ropa salió como salen las cosas que ya no tienen sentido. Y cuando ya no quedaba nada entre nosotros, nada, ni tela ni cuero ni treinta centímetros de nada, ella me cogió la mano derecha —la del anillo— y la besó.

No la mano. El dedo. La marca roja alrededor del aro, la piel que el anillo equivocado había apretado durante cuarenta y nueve días hasta volverla permanente.

La besó allí. Una vez. Despacio.

Sabe que es el anillo equivocado.

Y ha besado la marca que dejó.

—Marlene.

—Ahora —dijo.

Entré en ella despacio.

Con la contención que es mi sello en todo, pero no por el motivo de siempre.

No para controlar. Para sentir. Cada milímetro, su calor alrededor, su cuerpo recibiendo el mío como el río recibe la toma de agua —sin pedir permiso y sin negar nada—, y su respiración, que entró y no salió, y sus uñas en mi espalda, y mi nombre otra vez, esta vez sin las consonantes, solo la vocal del medio, larga.

Me detuve. Entero dentro de ella. Quieto.

—¿Estás bien?

—Si vuelves a parar —dijo, con una voz que no era la de Regensburg, que era de otro sitio—, me vuelvo a Regensburg andando.

Me reí.

En la cama. Dentro de ella. Una risa corta, baja, que me salió sin que yo la mandara, y ella también se rio, y su risa hizo que su cuerpo se moviera alrededor del mío, y a mitad de camino la risa se convirtió en otra cosa.

Me moví.

Despacio al principio. Luego no. Luego como lo pedía el cuerpo, eso que yo había dejado de negar, con su mano en mi nuca y la otra en mi cadera, tirando, marcando el ritmo, porque Marlene Kraus no se queda esperando ni en una cama, y yo seguí su ritmo como una vez la había seguido a ella escalera arriba, sin saber por qué.

No hay tolerancia. No hay carga. No hay número.

Estoy trabajando sin mediciones por primera vez en mi vida, y la estructura aguanta.

—Mírame —volvió a pedirme, en mitad de todo, con la respiración rota—. Konstantin. Mírame.

La miré. Sus ojos, a un palmo de los míos, abiertos, y dentro de ellos algo que estaba ocurriendo —lo vi ocurrir—, algo que ella no estaba controlando ni intentaba controlar, y que le subió por la cara e hizo que la barbilla, por primera vez desde que la conocía, cediera.

Un milímetro. Dos.

Abrió la boca, y no salió ningún sonido, y luego sí.

Mi nombre.

Y se fue —la sentí irse, alrededor de mí, en oleadas, sus manos apretando y su cuerpo arqueándose contra el mío, y los ojos, los ojos abiertos todo el tiempo, mirándome mientras ocurría—, y yo no aguanté.

No aguanté ver aquello y seguir en pie.

Llegó como llega una carga que nadie ha previsto: sin aviso, sin ensayo, de golpe, el cuerpo entero cediendo en un punto que nunca había calculado porque nunca había sabido que existía. Dije su nombre. No el de nadie más. El suyo, contra su cuello, y ella me sostuvo mientras me iba, y no me soltó.

***

Después, ella se durmió.

Enseguida, como se duerme quien lleva diez años despertándose a las cinco. La cabeza en mi pecho, en el sitio detrás del esternón, el pelo extendido sobre mi brazo, la respiración larga y regular. Su mano derecha abierta sobre mi muñeca izquierda. Sobre el reloj boca abajo.

Yo me quedé despierto.

Con la chimenea apagándose a un lado y el Watzmann al otro, una forma negra contra un cielo que no era del todo negro, con la primera nieve de la cumbre atrapando la luz de algo. La habitación redonda. Sus zapatos en el suelo, uno al lado del otro. El vestido sobre la piedra.

Y, junto a la cabecera, dentro del bolsillo de la chaqueta colgada de la silla, un teléfono con un mensaje de seis palabras que no había borrado, y un borrador sin asunto que no había enviado.

Cuéntaselo.

Ahora. Despiértala y cuéntaselo. El miércoles, la deuda, el lunes a las nueve. Acaba de mirarte a los ojos mientras ocurría. Tiene derecho.

Por la mañana.

Eso dijiste el lunes del registro. Dijiste «después de la paralización». Dijiste «todavía no». Siempre lo dices.

Por la mañana.

No la desperté. Me quedé con una mano en su nuca, y la otra debajo de la suya, sobre el reloj, y el techo de vigas encima, y miré las vigas hasta que empezaron a volverse grises.

Las cinco y media.

El cuerpo se despertó. Como cada día desde hace seis años, sin despertador, sin fallo, en el mismo minuto: los ojos abiertos, el peso de las piernas, el impulso de incorporarme, ducha, afeitado, camisa.

Ella se movió en sueños. Su mano me apretó un poco la muñeca, sin despertarse, como quien sujeta algo para que no se le caiga.

No me levanté.