Sustituida en el altar CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

«Nunca le había oído subir la voz. Cuando la subió, no fue contra mí. Y fue por mí.»

MARLENE KRAUS

El Königssee tiene el color de una cerveza de trigo filtrada a contraluz.

Verde claro, transparente hasta donde alcanza la vista y luego oscuro, de golpe, donde el fondo se rinde. Y es frío como un tanque de maduración: el frío que no viene del aire, que sube del agua y entra por la suela de la bota y va deteniendo las cosas por dentro, una a una.

Fuimos en el primer barco, a las nueve. Un barco eléctrico de madera, sin motor que se oiga, con veinte plazas y un barquero con sombrero que llevaba treinta años haciendo aquel trayecto y todavía miraba las montañas como si acabara de conocerlas.

Los fotógrafos de Lukas estaban en la orilla. Dos. Uno de ellos fingía fotografiar un pato. Konstantin lo vio, yo lo vi, y ninguno de los dos dijo nada. Éramos una luna de miel. Las lunas de miel no hablan de fotógrafos.

Se sentó a mi lado en el banco de madera, con el abrigo que Helga le había hecho llevar. Las paredes de roca subían a ambos lados del lago, verticales, grises y verdes, tan altas que el cielo se volvía una franja estrecha allá arriba. El barco se deslizaba. El agua no hacía ruido.

En mitad del lago, el barquero detuvo el barco.

Sacó de debajo del banco un instrumento de metal dorado, un flügelhorn, gastado de tanto uso. Se levantó, se volvió hacia la pared de roca de la derecha y tocó.

Una nota. Larga.

Y la montaña respondió.

La nota volvió de la pared un segundo después, entera, más fina, y luego otra vez, más lejos, y una vez más, casi un susurro, hasta perderse al fondo del lago.

El barquero tocó una frase breve de melodía, y la frase volvió —dos, tres veces— como si hubiera otro hombre, al otro lado del agua, respondiendo con el mismo instrumento.

Me reí.

No pude evitar reírme. Fuerte. Esa risa que no cabe en ningún barco. Y la risa salió de mí, cruzó el agua y chocó contra la pared de roca, y volvió.

Dos veces.

Mi propia risa, devuelta por la montaña, más fina, más lejos, y luego otra vez, y veinte personas en el barco se volvieron para ver de quién era aquel sonido; y la segunda vez que volvió, yo ya me estaba riendo otra vez, de la risa, y también volvió.

Miré a mi lado.

Konstantin se estaba riendo.

No la comisura izquierda de la boca. No medio milímetro. Se estaba riendo —bajo, breve, con la cabeza un poco inclinada y los ojos cerrados, los hombros moviéndose, la risa de un hombre que ya no sabe hacerlo bien y aun así lo hace—. Duró tres segundos. Quizá cuatro.

No ha sido la comisura. Ha sido él.

Abrió los ojos y me vio mirándolo, y la risa se detuvo, pero no volvió hacia dentro. Se le quedó en la cara, en algún lugar entre la boca y los ojos, y el hilo de azul estaba allí, ancho como en el patio.

El barquero guardó el flügelhorn. El barco volvió a avanzar. Nadie dijo nada, y yo me quedé con mi risa guardada en una montaña, sabiendo que se iba a quedar allí.

***

En St. Bartholomä, le hablé de mi madre.

No lo planeé. Estábamos en la orilla, delante de la iglesita de cúpulas rojas, con la pared del Watzmann alzándose detrás, y él preguntó —preguntó él, sin que yo se lo pidiera— cómo había sido.

—El hospital —dije—. Dos meses. Escribió la receta la primera semana, cuando todavía creía que iba a volver. Después no escribió nada más.

Él escuchó.

—Yo tenía catorce años. Frieda, doce. Mi padre no salía del hospital, y alguien tenía que encender la caldera por la mañana, y Sepp me enseñó en tres días. —Miré el agua—. El domingo después del entierro, puse la mesa. Cuatro platos. No quité el suyo. Nadie dijo nada. El domingo siguiente, tres.

—¿Lo quitaste tú?

—Mi padre. Mientras yo estaba en la cocina. Cuando volví, había tres, y comimos.

No dijo lo siento. No dijo nada que llevara coma. Se quedó a mi lado, mirando la misma agua, y al cabo de un rato dijo:

—Yo contaba los días. Seis años. Cada octubre.

—¿Y este año?

—Este año se me ha olvidado contarlos.

No pregunté qué significaba. Me lo guardé. Tenía un bolsillo lleno de cosas suyas que todavía no entendía, y la moneda del apodo, y ahora eso.

***

La cena fue en la Stube del castillo.

Una sala de madera oscura, techo bajo, una estufa de azulejos verdes en un rincón y un hombre mayor tocando la cítara en el otro, con la paciencia de quien lleva cincuenta años tocando para gente que no escucha.

Leopold había reunido a los huéspedes: una pareja de Hamburgo, dos hermanos de Viena, una señora de Salzburgo que no dejaba de mirar a Konstantin como quien intenta acordarse de un titular.

Leopold se sentó a mi derecha. Konstantin, a la izquierda.

Y Leopold estuvo hablando conmigo toda la cena.

Me preguntó por la cervecería. Me preguntó por el río, por los dieciséis arcos, por el lúpulo de Wolnzach.

Escuchaba con todo el cuerpo inclinado, la barbilla en la mano, y se reía en los momentos justos, y me llamaba condesa cada tres frases.

Se le daba bien. Se le daba muy bien. Y yo sabía exactamente lo que estaba haciendo, y él sabía que yo lo sabía, y siguió.

Konstantin comió en silencio. A mi izquierda, la mandíbula hacía eso que hace.

Cuando la cítara pasó a un Ländler, Leopold se levantó, me tendió la mano y dijo, lo bastante alto para que lo oyeran los hermanos de Viena:

—¿La condesa baila?

—La condesa es de Regensburg. Aprendió antes que a andar.

Bailé.

El Ländler es un baile de gente que se conoce: las manos cogidas, las vueltas, el brazo de él que pasa por encima de mi cabeza y me atrae de nuevo.

Leopold bailaba bien. Bailaba cerca. Más cerca de lo que pide el baile, con la mano en mi cintura un centímetro por debajo de donde debía estar, y en cada vuelta miraba por encima de mi hombro, hacia la mesa, hacia el hombre que no se había levantado.

Y en la tercera vuelta, en voz alta, para toda la mesa:

—¿Sabías que nunca ha bailado, condesa? Ni en su propia boda. La primera. Yo estaba allí. Se pasó todo el rato de pie, mirando el reloj, como si la fiesta fuera una reunión de…

—Leopold.

No fue un grito.

Pero fue la primera vez, en cuarenta y nueve días, que la voz de Konstantin von Hagen subió de tono. Un tono nada más. Lo suficiente. La cítara se detuvo en mitad de la nota. La pareja de Hamburgo se quedó con el tenedor en el aire. La señora de Salzburgo por fin recordó el titular.

Estaba de pie.

No lo había visto levantarse. Estaba de pie, junto a la mesa, con las dos manos apoyadas en la madera, y miraba a Leopold con aquellos ojos que ya no eran gris hielo. Eran otra cosa. Algo a lo que yo no sabía ponerle nombre y que volvía más pesado el aire de la sala.

Leopold dejó de bailar.

Despacio. Me quitó la mano de la cintura. Dio un paso atrás, con las manos abiertas, y su sonrisa cambió: perdió la broma y se quedó con lo que había debajo.

—Seis años, Konni —dijo, bajo, solo para nosotros tres—. He esperado seis años para oírte gritarle a alguien.

Luego, para la sala, en el tono de siempre:

—Disculpen, señores. El dueño de la casa ha bebido antes que sus huéspedes. —Le hizo una seña al hombre de la cítara—. Adelante, Alois. Desde el principio.

La cítara volvió a empezar. La sala respiró. Konstantin se sentó.

Yo me quedé de pie en medio de la Stube, con el corazón latiéndome en tres sitios y la certeza de que dos hombres me habían usado de cebo —uno para provocar, otro para morder—, y de que ninguno de los dos me lo había preguntado.

***

Subí los setenta peldaños delante. Él vino detrás.

Cerré la puerta. No de golpe. Marlene Kraus no da portazos; Marlene Kraus cierra la puerta y se da la vuelta, y eso fue lo que hice.

—Has gritado.

—No he gritado.

—Has levantado la voz. Delante de toda una sala. Por un baile.

—No ha sido por un baile.

—¿Entonces por qué ha sido?

No contestó. Se quedó de pie en medio de la habitación redonda, con la chimenea encendida a un lado y la cama al otro, y la cara cerrada como se le cierra cuando está decidiendo si algo se dice.

Yo no esperé.

—Me besas en una sala y dices que no puede volver a pasar.

—La voz no subió; se quedó seca, la de Regensburg—.

Huyes del desayuno tres días seguidos. Me das una lista de tabernas y dices que no es ayuda.

Defiendes mis derechos de agua delante de una jueza, contra tu propia fábrica, y luego te subes al coche y desapareces.

Me das su nombre en un cementerio y te comes un Brezn y vuelves a las seis.

—Respiré—. Y hoy levantas la voz porque otro hombre ha bailado conmigo.

Un hombre que lo ha hecho a propósito, para que levantaras la voz. Y la has levantado.

—La he levantado.

—¿Por qué, Konstantin?

Me miró. El hilo de azul. Ancho. Casi entero.

—Porque no sé ser tu marido a medias.

Me quedé quieta.

La habitación se quedó quieta. La chimenea hizo un ruido de madera que cede.

—Lo he intentado —siguió. Y la voz no era la del consejo de administración.

No tenía ni una coma—. Desde la iglesia.

A medias. El contrato, la casa, el desayuno, mi apellido en tu nombre.

Y dejar el resto. Se me da bien dejar el resto, Marlene.

Llevo seis años haciéndolo. —Una pausa—.

Contigo no puedo. No puedo ver a otro hombre con la mano en tu cintura y seguir sentado.

No puedo oírte reír en una montaña y no reírme yo también. No puedo.

Interesante, pensé, con su palabra.

El hombre que nunca levanta la voz había gritado. Y no había sido contra mí.

—Pues no lo seas —dije.

—¿El qué?

—A medias. —Di un paso—. No lo seas.

No se movió. Estaba a dos pasos de mí, demasiado alto para la habitación, con la mano derecha cerrada junto al costado y el anillo apretando, y me miraba la boca y se le había olvidado medir.

Llevaba un tanque cerrado en el pecho desde un miércoles de septiembre. Veinticuatro días.

Nadie me dijo que lo abriera.

Lo abrí.

Crucé los dos pasos.

Le puse la mano en la cara —la mandíbula, el lugar donde ocurre eso— y la mandíbula se detuvo. Tiré. Él vino. Dos grados, su cabeza inclinándose, y esta vez no había flash, no había carpa, no había sala con puerta que cerrar.

Lo besé.

Esta vez, yo.