CAPÍTULO 24
«Hay estructuras que uno nunca inspecciona. No porque estén firmes. Porque uno sabe lo que va a encontrar.»
KONSTANTIN VON HAGEN
Desde hace seis años, Bastian me lleva al sur por la carretera vieja.
Por Wasserburg, por Rosenheim, por los pueblecitos donde Alemania todavía tiene semáforos y panadería en la esquina.
Cuarenta minutos más, a veces cincuenta.
Él nunca ha preguntado por qué. Yo nunca se lo he dicho.
Es la clase de acuerdo que dos hombres cierran sin firmar: él lee mi silencio en el retrovisor y gira a la derecha antes de que se acabe Múnich.
El viernes por la mañana, Helga salió a la puerta con mi abrigo y una cesta con asa de mimbre.
—Pan, queso, las manzanas del jardín. —Le puso la cesta en la mano a Bastian y el abrigo en la mía—. Llévese el abrigo, señor. Allí arriba el frío es otro.
—Conozco el frío.
—Lo conoce. —Me arregló el cuello del abrigo, que yo llevaba al brazo, como quien se lo arregla a un niño—. Y tráigala de vuelta.
Marlene bajó la escalera con una maleta pequeña y cara de haber dormido poco. Ninguno de los dos había dormido bien desde el jueves. Había un sello con la fecha equivocada dentro de una carpeta en mi despacho, y se había quedado allí toda la noche, como un reloj que no se para.
—Buen viaje, señora —dijo Helga.
—Gracias, Helga.
—Usted tampoco conoce el frío de allí arriba.
—Yo nací en un río.
Helga casi sonrió. Casi.
***
Lukas lo había organizado todo con la precisión de quien prepara una prueba: el castillo de Leopold, dos fotógrafos «casuales» en Berchtesgaden a partir del sábado, una noticia ya pactada con la Bunte. Una luna de miel construida como se construye un expediente.
El coche salió a las nueve. Marlene a mi lado, en el asiento de atrás, con treinta centímetros de cuero entre nosotros: los mismos que la noche de la gala, y ninguna otra cosa igual.
A la salida de Múnich, Bastian giró a la derecha.
Vi el cartel. Wasserburg. Y, cincuenta metros más adelante, el cono naranja, la valla, la cinta amarilla: Obras. Desvío.
Bastian aminoró. Miró por el retrovisor. No preguntó. Esperó.
Yo sabía lo que había al otro lado de la elección. La carretera vieja en obras: una hora más, el fotógrafo esperando, Leopold y la comida. O la otra. La que no cogía desde un jueves de octubre con niebla.
Marlene, a mi lado, miraba por la ventanilla. No sabía que hubiera una elección. No sabía que Bastian estaba parado en el arcén porque un hombre en el asiento de atrás no era capaz de decir una palabra.
Ella está a mi lado.
No sé por qué importó. Importó.
—Por la autopista —dije.
Bastian me miró un segundo más por el espejo. Luego giró el volante a la izquierda.
***
La autopista hacia el sur es una carretera como cualquier otra. Tres carriles, camiones por la derecha, Baviera abriéndose en campos de octubre a ambos lados, amarillos y pardos y el verde que todavía resiste. Conocía cada kilómetro. No había visto ninguno en seis años.
Marlene hablaba.
No mucho —no habla mucho—, pero hablaba, y descubrí que eso ayudaba.
Hiebl había llamado el jueves para decir que las dos barricas se habían acabado en cuatro días y que quería tres.
El dueño del Zum Alten Wirt había mandado a un cliente de Regensburg al Gasthof Löwe.
Sepp había vuelto de Wolnzach con cuatro kilos de lúpulo y cara de haber aprobado el examen del nieto.
Yo escuchaba. Contestaba con media frase. Miraba la carretera.
Pasado Holzkirchen, el terreno empieza a subir.
No es una montaña. Es una subida larga, que los camiones hacen en segunda, con el motor rugiendo, y que la carretera vence despacio, en una curva abierta hacia la izquierda.
En lo alto, a la derecha, una iglesita blanca de dos torres con cúpulas de cebolla, sola en una loma, con el cementerio alrededor.
Y pasada la cima, de repente, sin aviso, los Alpes enteros delante del parabrisas, como si alguien hubiera abierto una puerta.
Irschenberg.
No dije el nombre. No pensé el nombre. Lo pensó el cuerpo por mí.
La mano derecha se cerró sobre la rodilla. El anillo apretó. La mandíbula. Miré el reloj —el gesto de siempre, el de controlar algo que está fuera de mi alcance— y no vi la hora. Las agujas estaban ahí. No las vi.
Niebla. Había niebla. Los faros del otro coche vinieron por el carril equivocado. Yo no estaba allí. Lo leí en un informe, tres veces, y el informe no decía si ella dijo algo.
Aquí. Trescientos metros después de la iglesia. Donde se abre la curva.
La carretera estaba seca. El sol daba en las cúpulas de cebolla. Un camión de Innsbruck subía despacio por el carril derecho. No pasaba nada. Todo había pasado.
Marlene dejó de hablar en mitad de una frase sobre el Löwe.
No la miré. No podía. Estaba mirando la curva, los trescientos metros, el lugar exacto, y contando sin querer —como lo cuento todo— los segundos que faltaban para dejarlo atrás.
Ella me miró la mano.
Lo sentí, como se siente una mirada en una parte del cuerpo que no tiene ojos. La mano cerrada sobre la rodilla, con la piel blanca alrededor del aro. Se quedó mirándola un segundo. Dos.
Y puso su mano encima.
Solo eso. Sin una palabra. Su mano, caliente, pequeña, con la mancha de mosto que nunca se le va de la muñeca, sobre mi mano cerrada. No apretó. No preguntó. Se quedó.
Fue la primera vez que me tocó sin que yo le tendiera nada.
No abrí la mano. No podía. Pero tampoco la retiré. Dejé la suya allí, encima, y los trescientos metros pasaron por debajo del coche, y la curva se abrió, y los Alpes se quedaron, y el lugar quedó atrás.
Bastian miró por el retrovisor. Vio su mano sobre la mía. Volvió los ojos a la carretera y no dijo nada, y supe que nunca lo diría.
Había cruzado aquel kilómetro con los ojos abiertos, por primera vez en seis años, con la mano de una mujer que no sabía dónde me estaba sosteniendo.
Ella no lo sabía.
Y por eso lo conseguí.
Retiró la mano pasado Rosenheim. Despacio, como se retira la mano de algo que ya se ha enfriado. Y volvió a hablar del Löwe, en el mismo punto de la frase, como si no hubiera pasado nada.
No había pasado nada. Había pasado todo.
***
El Schloss Falkenhorst se alza en un saliente de roca sobre el valle, con el Watzmann detrás, como una pared que Dios dejó sin acabar.
Piedra clara, cuatro torres, ventanas hondas.
Leopold lo había heredado a los veintinueve años con el tejado agujereado y tres siglos de impuestos atrasados, y en lugar de venderlo —todo el mundo le dijo que lo vendiera— lo había convertido en hotel.
Dieciocho habitaciones. Vive en la torre norte y recibe a los huéspedes en la escalinata, como su abuelo recibía a los príncipes.
Estaba allí cuando el coche se detuvo. Con un jersey, las mangas subidas, el pelo claro despeinado adrede, y la sonrisa que ya había hecho creer a tres mujeres de Múnich que cada una era la única.
—Konni.
Nadie me llama así. Nadie, en treinta y cuatro años, salvo un hombre que compartió conmigo un cuarto de estudiante y el peor invierno de mi vida.
Marlene tomó nota del apodo. Lo vi. Como quien encuentra una moneda en el suelo y se la guarda en el bolsillo sin decir nada.
Leopold bajó la escalinata de dos en dos peldaños, me abrazó con una fuerza que no pedía permiso, y luego se volvió hacia ella e hizo una reverencia que era del todo en broma y del todo en serio.
—Condesa.
—No soy condesa.
—Todavía. —Le cogió la mano y se la besó, sin exagerar, y sonrió—. Pero estás en un castillo, casada con un hombre que tiene más dinero que yo y menos sentido del humor que este muro. Tienes derecho al título por cortesía.
Ella se rio.
Alto. La risa que no cabe en ninguna escalinata. Resonó en la piedra y volvió. Leopold arqueó las cejas mirándome por encima de la cabeza de ella, con la expresión de quien acaba de descubrir algo y no piensa esperar para usarlo.
Dos minutos. Le han bastado dos minutos.
Tomé nota de eso también.
***
La suite estaba en lo alto de la torre sur. Setenta peldaños de piedra en caracol, una puerta de roble, y después: una habitación redonda, con cuatro ventanas a cuatro lados del valle, una chimenea encendida, el techo de vigas.
Y una cama.
Una. Grande, de madera oscura, con un dosel que alguien había quitado el siglo pasado y un edredón blanco.
Leopold, en la puerta, con las llaves en la mano y la cara más inocente del mundo:
—Es una luna de miel, ¿no?
—Leopold.
—Lukas dijo luna de miel. Yo he preparado la suite de luna de miel. —Se encogió de hombros—. Si quieres, hay un sillón junto a la ventana. Del siglo dieciocho. Muy bonito. —Una pausa—. Muy estrecho.
Se fue. La puerta se cerró. Oí sus pasos bajando los setenta peldaños, y una carcajada que no se molestó en contener.
Marlene dejó la maleta en el suelo. Miró la cama. Miró el sillón, que en efecto era del siglo dieciocho, y en efecto bonito, y en el que cabía una persona de un metro sesenta y siete sentada, no tumbada.
Luego me miró a mí.
—Yo duermo en el sillón —dije.
—Mides un metro noventa y cuatro.
—Me mido todos los días, Marlene.
—Entonces sabes que no cabes.
Fui hasta la ventana. El Watzmann, ahí fuera, con la primera nieve en la cumbre, y el valle volviéndose ya azul allá abajo. El reloj en la muñeca. No lo miré.
—Marlene.
—No estoy pidiendo, Von Hagen. —Su voz a mi espalda, seca, a la manera de Regensburg—. Estoy avisando: la cama es grande.