CAPÍTULO 23
«Hay cosas que solo tienes derecho a saber cuando te las entregan. Podría haberlo leído en una piedra. Esperé a que viniera de una boca.»
MARLENE KRAUS
Helga me lo dijo el miércoles por la noche, con el paño de cocina todavía al hombro, como quien da el parte del tiempo.
—Mañana el señor sale a las cinco.
Yo estaba en la cocina, sentada en el taburete alto, con el tazón de té que había empezado a prepararme sin que yo se lo pidiera. Levanté los ojos.
—¿Una reunión?
—No. —Dobló el paño. Lo desdobló—. Mañana es día veintidós.
Esperé. Helga no explica las cosas de una vez; deja que la explicación llegue como llega el agua por un grifo viejo, poco a poco, al cabo de un rato.
—Sale a las cinco, sin café. Va allí. Luego se va a la fábrica y vuelve de noche, tarde. —Colgó el paño del gancho—. Ese día no le pongo la taza, señora. Ni cocino. La casa se queda en silencio. Desde hace seis años.
Va allí.
No dijo dónde era allí. No hacía falta. Yo tenía una pregunta guardada desde un semáforo en verde en septiembre, y en aquella cocina la pregunta cambió de forma sin que yo abriera la boca: ya no era cómo era ella. Era dónde está ella.
—¿Cuándo fue? —pregunté—. Hace seis años. ¿Qué día de la semana?
Helga me miró por encima de las gafas.
—Un jueves. Con niebla.
Luego apagó la luz de la campana y se fue a dormir, y yo me quedé en la cocina con el té enfriándose, oyendo a la casa contener la respiración.
***
A las seis y diez, en la mesa, solo la taza azul.
Sin periódico. Sin la desportillada. La cabecera vacía de un modo distinto al de aquellos días de octubre en que él había huido: aquel vacío era el de alguien que no quería estar allí. Este era el de alguien que no podía.
Helga sirvió y no se sentó.
Me bebí la mitad. Cogí el abrigo. Cuando llegué a la puerta, me dijo sin darse la vuelta, de cara a los fogones apagados:
—Bogenhausen. Cerca de San Jorge. —Una pausa—. Yo no he dicho nada, señora.
—No ha dicho nada.
Salí a pie.
La Möhlstraße a las siete de una mañana de octubre es un pasillo de niebla entre las villas, con el Isar respirando frío allá abajo, detrás de los árboles.
Caminé con las manos en los bolsillos y la barbilla en su sitio.
Un kilómetro, quizá menos. Las casas quedaron atrás, la calle se estrechó, y el campanario de la iglesia de San Jorge asomó por encima de las copas como algo que se recuerda de repente.
El cementerio era pequeño. Un muro bajo de piedra, una verja de hierro abierta, lápidas antiguas hundiéndose en la hierba mojada, algunas de familias que daban nombre a las calles por las que yo había venido.
Él estaba allí.
De pie. Sin abrigo. La camisa blanca y la chaqueta oscura, y la niebla alrededor, y las manos a la espalda, como se planta delante de todo lo que ha decidido. De espaldas a la verja. Delante de una piedra que yo no alcanzaba a leer desde allí.
No me acerqué.
Me quedé en la verja, apoyada en el hierro frío, con las manos en los bolsillos. Él no me había oído; o sí, y no se volvió. Me quedé allí como me quedé en el altar: de pie, esperando, sin saber cuánto iba a durar.
Diez minutos. Quince.
Podrías leer el nombre. Está ahí. Cinco pasos, y lo lees.
Volví la cara.
Adrede. Miré el campanario, el muro, una lápida de 1890 con un ángel sin nariz.
Cualquier cosa que no fuera aquella piedra.
No porque me diera miedo lo que estaba escrito.
Porque le había dicho que no a Frieda en una cocina, con un móvil a dos minutos de la respuesta, y no iba a desdecirme ahora, con una piedra a cinco pasos.
Si lo leo, se queda en nota a pie de página. Quiero la frase entera. Quiero que venga de él.
Se dio la vuelta.
No sé qué le hizo volverse. Un paso mío en la gravilla, quizá, o ninguno. Se dio la vuelta y me vio en la verja, y su cara hizo algo que yo nunca había visto: ni sorpresa ni rabia. Una especie de cansancio muy antiguo, que durante un segundo apareció entero y después volvió a guardarse.
Vino hasta el muro.
Despacio, como lo hace todo. Se detuvo al otro lado de la verja, a un metro de mí, con el hierro entre los dos. Tenía la camisa húmeda de niebla. El hilo de azul de sus ojos había desaparecido: solo el gris, el gris hielo de septiembre, el de la tercera fila.
Nos quedamos así.
Su silencio ocupaba. El mío esperaba. Los dos se quedaron allí, en la verja de un cementerio, sin que ninguno le pidiera permiso al otro, y descubrí que se podía respirar dentro de aquello.
—No lo he leído —dije.
Fue todo lo que dije. Me miró. Luego, por encima del hombro, miró la piedra, que desde donde yo estaba era solo una forma clara en la niebla. Luego otra vez a mí.
Lo entendió. Lo vi entender. Vi la mandíbula hacer eso que hace, y vi la mano derecha, a la espalda, cerrarse, y vi que estaba decidiendo algo que no era pequeño.
—Annika —dijo.
La voz no era firme. No era la del consejo de administración. Era la otra.
—Se llamaba Annika.
No respondí. No había nada que responder. Me quedé con el nombre en la mano como si me hubiera entregado algo de cristal, y tragué saliva, y no aparté la mirada.
Annika.
Un piano tocado mal y fuerte. Una casa con ruido. Un jueves con niebla, hace seis años.
Me lo ha entregado.
***
—¿Has comido? —pregunté.
Fue lo único que se me ocurrió, y era lo correcto. Me miró como si le hubiera hablado en otro idioma.
—No.
—Pues ven.
Me aparté de la verja. No miré atrás para ver si venía; lo oí. La gravilla, el hierro de la verja al cerrarse, los pasos en el asfalto detrás de los míos.
La panadería de la Ismaninger Straße abre a las seis.
A las siete y media el horno ya había sacado dos hornadas, y el olor cruzaba la calle y se te metía por el abrigo, pan de centeno y mantequilla y algo dulce por debajo.
Empujé la puerta. Él entró detrás de mí y se quedó quieto en medio de la tienda, con la camisa húmeda, demasiado alto para el techo, como algo que alguien ha dejado en el sitio equivocado.
Compré dos Brezn y dos cafés. Me senté en la única mesa, junto a la ventana empañada. Empujé un Brezn hacia su lado.
Miró el pan.
—Come —dije.
—Marlene.
—En esta casa se come. Incluso los días en que se te olvida.
Levantó los ojos. Y vi que reconocía la frase —que sabía de dónde venía, que se la había dicho otra mujer, con delantal, en una cocina, seis años antes— y la comisura izquierda de la boca se le movió medio milímetro. Menos, quizá. Pero se movió.
Se sentó.
Comió. Despacio, el pan entero, como quien hace algo que el cuerpo había olvidado y que el cuerpo recuerda por sí solo.
Yo me comí el mío. El café estaba demasiado fuerte.
La ventana empañada no dejaba ver la calle, y durante diez minutos no hubo calle, ni cementerio, ni fábrica, ni Barón.
Una panadería que olía a pan caliente, y dos cafés.
El olor que él dice que es el mío.
No hablamos. Él no contó nada. Yo no pregunté. Había un nombre entre los dos, sobre la mesa, al lado de las servilletas, y el nombre bastaba para una mañana.
En la puerta, se detuvo.
—Me voy a la fábrica.
—Ve.
—Volveré tarde.
—Estaré en casa.
Me miró un segundo, y se fue.
Volvió a las seis.
De la tarde. Helga, que estaba en la cocina sin cocinar, oyó la gravilla y miró el reloj de la pared, y luego a mí, y luego fue hasta los fogones apagados y los encendió.
—Seis años —le dijo a la olla—. Nunca había vuelto a las seis.
***
Lukas llegó a las nueve de la noche.
Sin avisar. Tocó el timbre, y Helga abrió, y él entró en el vestíbulo con una carpeta bajo el brazo y la expresión de alguien que iba a usar la voz de la investigación y preferiría no hacerlo.
Konstantin salió del despacho. Yo bajé la escalera. Nos quedamos los tres en el vestíbulo de mármol, con la luz de la lámpara de araña y el silencio de siempre, y Lukas no se sentó.
—El Barón ha presentado una demanda —dijo—. Hoy. Tribunal Regional de Múnich. —Abrió la carpeta—. Nulidad del matrimonio.
No lo entendí enseguida. Luego sí.
—Alega matrimonio simulado. Fraude contractual.
—Lukas leyó, con la voz plana de quien lee algo que lo indigna—: Cónyuges sin vida en común.
Residencias separadas dentro de la misma casa.
Ausencia de convivencia conyugal, de viaje nupcial, de cualquier elemento que caracterice la unión más allá de la firma.
—Cerró la carpeta—. Quiere anular el matrimonio y, con él, la cláusula de la página veintidós.
Si lo consigue, la fusión vuelve a ser de los Von Arnim.
Y la cervecería, con la deuda, vuelve a estar sobre la mesa.
Residencias separadas dentro de la misma casa.
Alguien se lo ha contado. Alguien que sabe dónde duerme cada uno de nosotros.
Me lo guardé. No era el momento.
Konstantin tendió la mano. Lukas le dio la carpeta. Él la abrió por la primera página —el membrete, el número de registro, el sello del tribunal— y se quedó mirando la parte de arriba de la hoja.
Lo vi. Desde donde estaba, a dos pasos, vi la fecha de registro, en tinta negra, dentro del sello redondo.
22 de octubre.
El Barón había elegido el día.
Konstantin no dijo nada. La mano que sujetaba la carpeta no tembló. Pero el anillo apretó —vi la piel ponerse blanca alrededor del aro— y el hilo de azul, que había vuelto durante la tarde, se fue otra vez, de golpe, como una luz que alguien apaga.
Sabía la fecha. Friedrich von Arnim sabía exactamente qué día era hoy, y mandó presentar la demanda hoy, para que el sello se quedara así para siempre.
Esto no es un pleito. Es puntería.
Lukas esperó. Luego dijo, más bajo, con la voz que no era la de la investigación:
—La vista es el diecinueve de noviembre. Hasta entonces, el tribunal los va a observar a los dos. Dónde duermen, con quién salen, si viajan. —Me miró a mí. Miró a Konstantin—. El viernes se van a los Alpes.
Konstantin levantó la vista de la carpeta.
—¿Adónde?
—A Berchtesgaden. Ya he hablado con Leopold. —Lukas se abrochó el abrigo—. Es una luna de miel, Konstantin. Con retraso, pero lo es. Y habrá fotógrafo.
Se fue. La puerta se cerró.
Nos quedamos los dos en el vestíbulo, con la carpeta entre nosotros y la fecha dentro del sello.
Podría haber leído su nombre en una piedra. Quise oírlo. Hay cosas que solo tienes derecho a saber cuando te las entregan.
Y aquella noche, con la fecha de un Barón sellada en la mano de mi marido, entendí que había otra cosa que aún no había pedido que me entregaran.
Cómo.