CAPÍTULO 20
«Yo lo medía todo. Caudal, carga, tolerancia. Nunca había medido la edad de una barbilla alzada y, cuando la medí, me dio catorce años.»
KONSTANTIN VON HAGEN
Otto Kraus nunca invita a nadie a la comida del domingo.
Eso me dijo ella al invitarme, el sábado, a las seis y diez, entre sorbo y sorbo, sin levantar la vista de la taza —como quien da el parte meteorológico de una ciudad a la que no piensa ir—.
—Te quiere allí a mediodía. Antes, Jonas te necesita en el río.
—Jonas me necesita.
—Jonas necesita a alguien que sepa leer un caudal. —Por fin levantó la vista—. Tú sirves.
Serví.
***
El Danubio en octubre tiene la temperatura de una mala decisión.
Me metí en él hasta las espinillas, con botas, los pantalones remangados y la camisa blanca que Helga había mirado con lástima cuando salí de casa.
Jonas ya estaba dentro, con el agua por las rodillas, sujetando la regla graduada contra la boca de piedra de la toma de 1886.
El ingeniero hidráulico —el mismo al que en septiembre yo había llevado a la inspección para que no midiera nada— lo medía todo.
Molinete, cronómetro, portapapeles. Tres lecturas por punto.
—Treinta y dos litros por segundo —dijo a la tercera.
—En el registro constan cuarenta.
—Entonces está ocho por debajo de su derecho. —Lo anotó—. Si el perito del Barón dice que la captación excede lo registrado, tendrá que explicar cómo se excede algo usando menos.
Jonas soltó la regla. Se me quedó mirando con esa cara de capataz al que no le caigo bien y que no piensa disimularlo.
—La señora Kraus dice que usted lee contratos —dijo.
—Los leo.
—¿Y los ríos? ¿También los lee?
—Un río es un contrato con la gravedad. —Saqué la mano del agua; estaba roja hasta la muñeca—. Más antiguo. Menos cláusulas.
No se rio. Pero dejó de mirarme como si yo fuera aquel miércoles de septiembre.
Trabajamos dos horas. Él conocía cada piedra de la orilla, cada punto donde la corriente hacía remolino, cada centímetro del canal que el bisabuelo de ella había excavado a pala.
Yo conocía los números. Entre uno y otro, la toma de agua de la Brauerei Kraus quedó medida, documentada y fotografiada desde seis ángulos, lista para una jueza.
Al final, en la orilla, mientras se lavaba las manos en el mismo río, Jonas dijo, sin mirarme:
—Ella nunca ha dejado que nadie la ayude. Ni a mí. Ni a su padre. —Se sacudió el agua de los dedos—. Si a usted se lo deja, no lo estropee.
No era una bendición. Era una advertencia con forma de bendición.
—No voy a estropearlo —dije.
—Eso lo dice todo el mundo —respondió, y subió al patio.
***
La casa de los Kraus está encima de la cervecería, y la cocina está encima del despacho, y el olor a Schweinebraten está encima de todo.
Otto me recibió en la puerta con un apretón de manos que duró lo justo. Sin señor Von Hagen, sin nombre alguno. Un gesto con la cabeza hacia la silla de al lado. Me senté. La mesa era de madera clara, gastada en el centro, con un mantel blanco y cuatro platos que no hacían juego.
Frieda me puso delante la fuente de Knödel con un cuidado exagerado.
—Pásame la sal, Konstantin —dijo—. ¿O el señor tiene a alguien para eso?
—Te la paso yo mismo.
—Todo un progreso.
Marlene no miró a ninguno de los dos. Servía la carne con la misma precisión con la que lo sirve todo: una tajada, la salsa, el plato siguiente. El Dirndl no estaba; estaba la mujer del sábado, con jersey gris y el pelo recogido. Y la barbilla.
Comimos. Otto comía despacio, como quien tiene tiempo. Yo no había comido un domingo, en una mesa con más de una persona, desde que la casa de la Möhlstraße se quedó en silencio, y mi cuerpo lo recordó antes que mi cabeza, en un lugar detrás del esternón donde se guardan las cosas antiguas.
—¿El doctor Brandt no come los domingos? —preguntó Frieda a su plato.
—Come —respondí—. Mal.
No se sonrojó. Fue peor: se puso seria durante un segundo entero y después volvió a su Knödel como si nada. Marlene hizo algo mínimo con la boca. Otto no hizo nada. Otto lo ve todo y no hace nada, que es la forma más eficiente de ver.
Fue Otto quien habló de ella.
No me lo pidieron. Empezó como quien retoma una conversación antigua, con el tenedor apoyado en el plato:
—Hanne subrayaba las cantidades dos veces.
Marlene dejó de servir.
—Una para ella. —Otto miró el mantel—. Una para quien viniera después.
Mi padre decía que era malgastar tinta. Mi padre decía muchas cosas.
Decía que una mujer no firma un cuaderno de cervecería.
—Cogió la cerveza—. Ella firmó a las tres de la mañana, mientras él dormía.
Él lo vio al día siguiente. Nunca lo tachó.
Silencio. El reloj de pared. El perro de alguien, en el patio.
—Murió un martes —dijo Otto—. El domingo siguiente bajé a comer y la mesa estaba puesta. Cuatro platos. Ella no había quitado el de su madre. Frieda tenía doce años. Marlene tenía catorce. —Bebió—. Nadie se lo pidió.
La miré.
Ella no me miró. Miraba la fuente, con la cuchara detenida en el aire, y la barbilla —la barbilla que yo había visto en el altar, en la biblioteca, en el despacho, delante de un Barón— estaba exactamente en el mismo sitio.
Catorce años.
La barbilla tenía catorce años. Puso la mesa un domingo, porque su madre ya no iba a ponerla, y nunca más la bajó.
Yo había leído el expediente entero de la familia Kraus. Balances, registros, deudas, contratos, una cláusula en la página veintidós. Ningún expediente decía quién había puesto la mesa un domingo de octubre, diez años atrás. Ningún contrato tiene esa cláusula.
Marlene volvió a servir. Una tajada, la salsa, el plato siguiente. Las manos no le temblaron.
Frieda me pasó la sal sin que se la pidiera.
***
Después de comer, Otto me llevó a la orilla.
Sin invitación. Se levantó, cogió el abrigo y echó a andar, y entendí que debía seguirlo. Bajamos por el patio, por el portón de 1886, hasta el talud donde el río hace la curva. Se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, mirando el puente.
Estuvimos así un rato. Otto no tiene prisa por hablar. Yo tampoco, y descubrí que dos hombres sin prisa pueden quedarse callados delante de un río mucho tiempo antes de que eso se convierta en un problema.
—¿Cuántos años? —preguntó.
No fingí que no lo entendía.
—Seis.
—Diez, yo.
El río pasó.
—No mejora —dijo Otto—. Cambia de sitio.
—¿Adónde?
—Adonde uno lo deja ir. —Se encogió de hombros—. Si uno no lo deja, se queda donde estaba.
No le pregunté dónde se había quedado el suyo. No hacía falta; yo había comido en esa mesa. Él tampoco me preguntó dónde estaba el mío. Quizá lo supiera. Otto lo ve todo.
—No he venido por el cuaderno —dije.
—No se lo he preguntado.
—He venido porque ella me invitó.
Otto giró la cabeza, despacio, y me miró por primera vez desde la puerta.
—Ella no lo invitó —dijo—. Lo invité yo. Ella solo le dio el recado.
Me quedé callado.
—Quería verlo a usted en el río —dijo Otto—. Con botas. Midiendo el agua de mi mujer con sus propias manos. —Volvió a mirar el puente—. Un hombre puede mentir en una mesa. Dentro de un río, con el agua por las espinillas, cuesta más.
No era una aprobación. Era el primer peldaño de una.
—Y ya lo ha visto —dije.
—Lo he visto. —Sacó una mano del bolsillo y señaló con la barbilla hacia el patio, donde Marlene había aparecido en el portón, con el abrigo abrochado, esperando—. Ahora llévela a casa antes de que anochezca. En la carretera de Kelheim hay niebla en octubre.
***
Bastian cogió la carretera a las cinco.
Ella se sentó a mi lado, en el asiento de atrás, con el abrigo abrochado y la cabeza apoyada en la ventanilla. No habló. Yo tampoco. Había entre nosotros un silencio que ni ocupaba ni esperaba; era de otro tipo, uno que yo no conocía y que se parecía al de dos hombres delante de un río.
Antes de Kelheim, su cabeza resbaló de la ventanilla y se quedó en mi hombro.
No se despertó. La respiración se le volvió larga y regular, todo el cuerpo cedió contra el mío, y su mano derecha, en sueños, buscó algo y encontró mi mano izquierda y se quedó ahí, encima.
Encima del reloj.
No me moví. Bastian miró por el retrovisor, una vez, y después condujo despacio —más despacio de lo que había conducido en seis años—, y llegó la niebla, como había dicho Otto, y la carretera se volvió blanca y luego gris y luego oscura.
Una hora y cuarenta minutos.
Lo sé porque Bastian me lo dijo después, en la verja. No porque yo mirara. El reloj estaba debajo de su mano, y no aparté su mano de encima.
Por primera vez en seis años, no sabía qué hora era.