CAPÍTULO 19
«Una cervecería tiene dos cosas que vender: lo que hay en el barril y la cara de quien lo carga. Cuando el barril no basta, se vende la cara.»
MARLENE KRAUS
A las seis y diez había café, dos tazas y una hoja de papel que no era el periódico.
Estaba en la cabecera. Camisa blanca, el periódico doblado junto al plato, la taza desportillada en la mano. Levantó la vista cuando entré, y vi el hilo de azul antes que todo lo demás —más ancho que la última vez, como si hubiera crecido a oscuras, sin que nadie mirara—.
—Buenos días —dijo.
Nada más. Era su voz de consejo de administración. Pero había vuelto.
Me senté. Helga llenó la taza azul oscuro y salió con el paso de quien se niega a ser testigo. La hoja estaba junto a mi taza, vuelta hacia mí, escrita con una letra recta y pequeña que yo solo había visto una vez, encima de un nombre borrado con goma, en el libro parroquial.
Doce líneas. Doce nombres de tabernas de Múnich, con barrio y horario. Y, al margen, anotaciones a lápiz:
Zum Alten Wirt, Giesing: el dueño es de Regensburg. Se crio en la Ostengasse.
Bräustüberl Haidhausen: la cocinera trabajó diez años en Kelheim.
Gasthof Löwe, Au: no atiende antes de las diez. No insistas antes de las diez.
Ninguno de los doce pertenecía a Oberauer. Ninguno de los doce jugaba al golf.
La leí hasta el final. Él se tomó el café. Ninguno de los dos habló hasta que dejé la hoja en la mesa.
—Dije que no quería ayuda.
—Esto no es ayuda. —Dobló el periódico—. Es lectura.
—Lectura.
—Yo leo contratos. He leído los de ellos. —La comisura izquierda de la boca, medio milímetro—. El resto lo haces tú.
Casi me reí. Me contuve. Cogí la hoja, la doblé en cuatro y me la guardé en el bolsillo de la chaqueta, del lado del corazón, donde una guarda las cosas a las que finge no dar importancia.
—Entonces acepto —dije—. Porque no es ayuda.
Se levantó. Se puso la americana. En la puerta se detuvo medio segundo, de espaldas, como si fuera a decir algo, y no lo dijo.
La taza desportillada se quedó en la mesa. En el platillo. Con un resto de café en el fondo.
Sucia.
La miré un buen rato. Después me terminé el café y me fui a vender cerveza.
***
El miércoles, por primera vez desde la boda, no fui a Regensburg.
Sepp había mandado las cajas de muestras el lunes, en el camión del reparto de Múnich: botellas de medio litro, la etiqueta antigua con el puente y el año, doce por caja.
Metí cuatro cajas en el maletero del coche que Konstantin me había dejado en el garaje y que yo nunca había usado, y bajé a Giesing con su lista en el bolsillo y la barbilla en su sitio.
Vender cerveza puerta a puerta es algo que nadie te enseña. Se aprende como se aprende a nadar en el Danubio: tirándose al agua.
La primera puerta fue la del Zum Alten Wirt. El dueño, efectivamente, se había criado en la Ostengasse; conocía a mi padre de vista, se sabía el puente de memoria y probó la Helles con la cara de quien prueba su propio pasado. Dos cajas por semana, para empezar. Sin contrato. Un apretón de manos.
La segunda fue un no educado. La tercera, un no que ni siquiera llegó a ser educado.
La cuarta no estaba en la lista. La vi de lejos —un local grande cerca del Viktualienmarkt, con el nombre pintado en oro sobre la puerta— y pensé que una taberna de ese tamaño no podía ser de nadie.
Me equivocaba. El encargado me escuchó con una sonrisa que ya lo había decidido todo, y luego, delante de tres camareros y de una señora con abrigo de piel:
—La novia de las tres filas —dijo—. Ahora quiere vender cerveza.
El salón se quedó en silencio. La señora del abrigo apartó la cara.
Me reí.
Alto. De verdad. Esa risa que no cabe en ningún salón. Dejé la botella encima de la barra, de cualquier manera, sin pedir permiso, y dije:
—Es la mejor cerveza que va a entrar hoy en esta casa. Aproveche, que es gratis.
Y salí con la barbilla alta, con la puerta cerrándose de golpe detrás de mí y tres camareros mirando la botella como quien mira algo que no sabe si tocar.
Me senté en el coche. Me temblaban las manos. Las dejé temblar. Después arranqué.
Un no es solo un no. Es uno menos hasta el sí.
El jueves y el viernes fueron así: puertas, puertas, puertas.
La cocinera de Haidhausen que había trabajado en Kelheim lloró un poco con la Dunkel.
El Gasthof Löwe no me atendió antes de las diez, y me atendió después.
Al final del viernes tenía cinco tabernas, dieciocho cajas por semana y un par de botas que pedían suelas nuevas.
No era un tercio de la facturación. Era un comienzo.
La última puerta de la semana no estaba en la lista.
Vi el letrero cuando ya volvía al coche, en la Tegernseer Landstraße: Gasthaus Hiebl, pintura desconchada, una maceta de geranios muriéndose en la ventana. El tipo de sitio que Konstantin no habría puesto en ninguna lista porque no aparece en ningún contrato.
Entré.
Franz Hiebl tenía setenta y cuatro años y una cara de madera vieja. Oyó mi nombre sin cambiar de expresión. Cogió la botella que le tendí, la abrió con el abridor sujeto a la barra con una cadena, se sirvió en un vaso bajo y bebió un trago.
Cerró los ojos.
Se quedó así un buen rato. El bar entero —tres viejos y un perro— se quedó callado con él.
—Esto es Kraus —dijo, con los ojos cerrados.
—Sí.
—Hanne la hacía así.
Me quedé sin aire.
Diez años. Hacía diez años que nadie, fuera de nuestra casa, decía el nombre de mi madre delante de mí. Hanne. No la mujer de Otto, no la difunta. Hanne, como quien llama a alguien de la mesa de al lado.
—Usted conoció a mi madre.
—Al principio venía ella misma a hacer el reparto.
Antes de que nacieran usted y su hermana.
—Abrió los ojos. Eran azules, acuosos, muy vivos—.
Una vez se quedó aquí hasta las dos de la madrugada discutiendo con mi padre sobre la temperatura del hervido.
Ganó ella. —Sirvió el resto de la botella—. Dos barricas por semana. Sin papeleo.
Tendió la mano por encima de la barra.
Se la estreché. Tenía la mano grande, seca, llena de callos, y me retuvo un segundo más de lo que pedía el trato.
—Le habría gustado verla a usted vendiendo —dijo—. Ella odiaba vender.
***
Por la noche, en la cocina de la villa, le pregunté a Helga algo que debería haberle preguntado un mes antes.
—¿Dónde duerme él?
No fingió no entenderme.
—En el cuarto que hay junto al despacho, señora. En la planta baja. —Pasó el trapo por la encimera limpia—. Era de invitados. Desde el entierro.
Me quedé mirando la taza azul oscuro que acababa de lavar y poner en el escurridor, boca abajo, junto a la desportillada.
Los dos dormíamos en cuartos de invitados.
En la misma casa.
No dormí. A las once me levanté. La galería estaba a oscuras, como siempre, el suelo frío bajo los pies descalzos, y al fondo la puerta doble del ala oeste estaba entreabierta: un palmo, no más, como una boca que ha decidido no terminar la frase.
En un mes, solo la había visto abierta una vez: a las tres de la madrugada, con él saliendo de dentro.
Empujé. La escalera subía delante de mí, estrecha, con el pasamanos de madera oscura y el olor a la cera de Helga en los primeros peldaños. Subí. Uno. Dos. El tercero crujió, y dejé de respirar, y luego seguí. Cuatro.
Cinco.
En el quinto se acababa el olor a cera. Lo noté antes de verlo: el sexto peldaño tenía polvo. Una capa fina, uniforme, de seis años, como nieve que nadie ha pisado.
Me detuve.
No puse el pie en el sexto. Me quedé allí, con la mano en el pasamanos y el pie en el aire, mirando hacia arriba, hacia la curva de la escalera que se perdía en la oscuridad, donde había un pasillo y una sala y un piano con la tapa cerrada.
Toda cerveza tiene un tanque que no se abre antes de tiempo.
Aquella escalera era el suyo.
Bajé de espaldas, despacio, como quien sale de una iglesia.
Al pie de la escalera, en la oscuridad de la galería, estaba Helga, de pie, con la bata cerrada hasta el cuello, y no parecía sorprendida.
—Hasta el quinto, señora —dijo.
—No iba a subir.
—Si la señora fuera a subir —Helga tiró de la puerta doble hasta dejarla en el palmo exacto de antes—, no la habría dejado abierta.