CAPÍTULO 21
«El agua se mide con regla. A una ciudad entera de pie en una orilla no la mide nadie. Con eso contaba yo.»
MARLENE KRAUS
Una inspección judicial es, según la ley, un trámite.
Un juez, un secretario judicial, dos partes, un perito por cada lado, un funcionario de la agencia del agua con un casco que no necesita. Media hora de regla en la orilla, un acta y todo el mundo de vuelta a Múnich antes de comer.
Yo había decidido que, en Regensburg, iba a ser una fiesta.
A las ocho de la mañana del viernes, el patio de la Brauerei Kraus ya estaba a rebosar.
Sepp había montado las mesas largas la noche anterior, las gemelas habían colgado banderines azules y blancos desde el portón hasta el Sudhaus, y Ludwig había abierto el primer barril antes de que yo pudiera decir que era demasiado temprano. No lo era. En Regensburg nunca lo es.
Y la ciudad vino.
Vinieron los viejos de la Ostengasse, con sombrero, que de niños se habían bañado en aquella toma de agua y no dejaban que nadie lo olvidara.
Vino el cura de San Emerano, que bendice la caldera todos los años desde antes de que yo naciera.
Vinieron las mujeres del coro, el dueño de la panadería, el profesor de historia del instituto con una carpeta de mapas antiguos bajo el brazo.
Vino Franz Hiebl, desde Múnich, en un tren de las seis, con el sombrero de siempre y su cara de madera vieja.
Vinieron de Tracht. No porque yo lo pidiera. Porque en Regensburg, cuando la cosa va en serio, uno se viste para la ocasión.
Yo iba de Dirndl.
El de mi madre. Azul oscuro, el delantal verde musgo, el lazo a la derecha. Esta vez no fue Frieda quien me ajustó el corpiño; fui yo, sola, delante del espejo de mi cuarto de niña, a las seis de la mañana, con la boca llena de alfileres y la mano firme. Olía a lavanda y a cajón. Olía a ella.
A la señora le habría gustado ver a su hija vendiendo, había dicho Hiebl. Ella odiaba vender.
Yo también lo odiaba. Estaba aprendiendo.
***
La jueza llegó a las diez en punto.
La doctora Theresa Wimmer, del Tribunal Administrativo de Regensburg: cincuenta años, abrigo oscuro, gafas de montura fina y una secretaria judicial al lado con la carpeta y el bolígrafo.
Se detuvo en el portón de 1886 y miró el patio —las mesas, los banderines, los doscientos sombreros, el cura— con la expresión de quien esperaba un trámite y se había encontrado con un pueblo.
—Señora Von Hagen —dijo cuando me acerqué—. ¿Esto es la inspección sobre el terreno?
—Es la jornada de puertas abiertas de la cervecería, señoría. —Alcé la barbilla—. La inspección es bienvenida.
Me miró por encima de las gafas. Después miró el Dirndl, y el delantal, y a las mujeres del coro, que habían empezado a cantar bajito junto a la caldera, y algo en la comisura de sus labios hizo un movimiento muy pequeño.
—Vamos a la orilla —dijo.
El Barón ya estaba allí.
Había llegado por detrás, por la calle del río, con dos abogados, un perito con chaleco y un hombre flaco que era, según los papeles, el presidente de la asociación de pesca que firmaba la solicitud de paralización.
Yo no conocía al presidente de la asociación de pesca.
Mi padre sí. Mi padre conocía el campo de golf donde aquel hombre pasaba los domingos.
Friedrich von Arnim me vio e inclinó la cabeza, con la cortesía de quien saluda a la dueña de una casa que piensa comprar en una subasta.
—Bonita fiesta —dijo en voz baja al pasar—. Disfrútela. Con los años, las fiestas en las cervecerías son cada vez más raras.
No respondí. No era a mí a quien hablaba. Konstantin estaba a diez pasos, junto a Lukas y al ingeniero hidráulico, y el Barón lo saludó sin palabras, solo con la barbilla, y vi la mandíbula de mi marido hacer eso que hace.
***
El perito del Barón habló primero.
Tenía un portapapeles, un tono de profesor y una medición hecha «en el canal principal de la propiedad», un martes de septiembre, sin que se hubiera avisado a nadie de la cervecería.
Sesenta y cuatro litros por segundo. Más de una vez y media el derecho registrado en 1886.
Una captación «manifiestamente excesiva», «en perjuicio de los usuarios aguas abajo», y miró al presidente de la asociación de pesca, que puso cara de perjudicado.
La jueza tomó nota.
El ingeniero de Konstantin bajó a la orilla, con botas, y metió la regla en la boca de piedra de la toma de agua, exactamente donde la había metido el domingo, con el Danubio por las rodillas. Tres lecturas. Treinta y un litros por segundo. Treinta y dos. Treinta y uno.
—La toma de agua de la Brauerei Kraus es esta —dijo, señalando la piedra—.
Se ve la fecha grabada. Mil ochocientos ochenta y seis.
—Después señaló a la izquierda, treinta metros río abajo, un canal más ancho, con una compuerta oxidada—.
Aquel es el canal del antiguo molino. Abastece a tres propiedades, una de ellas de la asociación de pesca. Ahí es donde midió el colega.
Silencio.
El perito miró su portapapeles. Miró el canal del molino. Miró al Barón, que no le devolvió la mirada.
—El mapa de 1897 —dijo de pronto el profesor de historia, abriendo la carpeta sin que nadie se lo pidiera— muestra los dos canales. Separados. Aquí está, señoría. En tinta china. Firmado por el agrimensor municipal.
La secretaria cogió el mapa con las dos manos, como quien coge a un bebé.
Y entonces, Frieda.
Mi hermana, con un Dirndl verde prestado, el pelo recogido y cara de laboratorio, dio un paso al frente con un cuaderno de tapas negras. No el de nuestra madre. Los libros de cocción: ciento cuarenta años de registros de cada hervido, de cada hectolitro, con la letra de cada maestro cervecero.
—Una cervecería gasta entre cuatro y cinco litros de agua por litro de cerveza, señoría.
Es química, no opinión. —Abrió el cuaderno por una página marcada—.
Con el volumen máximo que la Brauerei Kraus ha producido en toda su historia, que fue en 1974, el consumo no llega a dos tercios del derecho de 1886.
Nunca ha llegado. Está todo aquí. Año por año.
La jueza tendió la mano. Frieda le entregó el cuaderno. Lukas, al lado de Konstantin, miraba a mi hermana con cara de estar recalculando un contrato entero.
El señor Huber, de la agencia del agua, se quitó el casco, se rascó la cabeza y dijo, a nadie en particular:
—Yo firmé la revisión de septiembre. Página doce. Estaba todo en regla.
***
Fue la jueza quien llamó a Konstantin.
Había escuchado a todo el mundo, tenía el mapa en una mano y el libro de cocción en la otra, y se volvió hacia él como quien cierra una cuenta.
—Señor Von Hagen. Usted es vecino, y usted es parte interesada. —Se quitó las gafas—. La obra de su fábrica depende de licencias de agua en esta misma orilla. Los derechos de la Brauerei Kraus, tal como están, pueden invocarse contra su proyecto. ¿Es usted consciente de ello?
—Lo soy.
—¿Cuál es la postura de la Von Hagen Industrie?
Lukas hizo un movimiento mínimo con la mano, el de quien va a decir señoría, mi cliente. Konstantin no lo dejó.
—Los derechos son legítimos —dijo. Su voz de consejo de administración. Baja. Sin una coma fuera de sitio—. La fábrica se proyectó contando con ellos exactamente donde están. —Una pausa—. Y están en la mano correcta.
Lukas se quedó blanco.
Lo vi. Vi cómo la cara del abogado más frío de Múnich perdía el color, y después vi a la jueza mirar a Konstantin un segundo más de lo que pedía el protocolo, y después mirarme a mí.
Y lo entendí.
No de golpe. Fue como el frío del río subiendo por la bota: primero el pie, luego la espinilla, luego el cuerpo entero.
El agua que corre por esa piedra de 1886 puede parar su fábrica. Siete mil empleados. Una obra en enero. Todo lo que ha construido encima del silencio de aquella casa.
Tengo la única arma que existe contra Konstantin von Hagen.
Y él acaba de dármela. Delante de una jueza. Con la ciudad entera mirando.
No me miró. Miró a la jueza, con las manos a la espalda, como mira todo lo que ya ha decidido. Pero la mano derecha, la de detrás, se había cerrado —lo vi porque estaba a su lado—, y el anillo amarillo apretaba, y no la abrió.
La jueza volvió a ponerse las gafas.
—La resolución sobre la solicitud de paralización saldrá en dos semanas —dijo—.
Por escrito. —Devolvió el mapa al profesor y el cuaderno a Frieda, y después, a la secretaria, más bajo, aunque no tanto como para que yo no lo oyera—: Haga constar que la medición del solicitante se hizo en el canal equivocado.
***
El Barón salió por el portón de 1886.
Despacio, como quien inspecciona una propiedad. Konstantin estaba allí, en el portón, porque yo lo había visto dirigirse hacia él, y fui detrás —no sé por qué, sé que fui—, y llegué a tiempo de oír.
—Defiende usted el derecho que puede pararlo —dijo el Barón. Sin rabia. Constatando un hecho.
—Yo defiendo a mi mujer.
—Hasta que ella descubra de quién es la mano.
Konstantin no respondió. El Barón me miró por encima del hombro de él, con esa expresión de quien ya ha calculado el coste de todo, y luego subió al coche, y el coche se marchó por la calle del río.
De quién es la mano.
La frase se quedó. La guardé en el sitio donde guardo las cosas que todavía no entiendo, junto con miércoles y pregúntele a su marido qué compró, y cerré la tapa.
Hoy no.
Hoy estaba de Dirndl en el patio de mi padre, entre doscientas personas con sombrero, y mi marido acababa de decir, delante de una jueza, que el agua era mía. Hoy no necesitaba preguntar por qué.
Por primera vez, no necesitaba preguntar.
El patio estalló.
No de golpe. Alguien del coro empezó, y Sepp abrió el segundo barril, y los viejos de la Ostengasse alzaron las jarras, y Hiebl se subió a una silla —setenta y cuatro años, en una silla— y gritó mi nombre, y después el de mi madre, y la ciudad entera le devolvió los dos a gritos.
Me reí. Alto. Esa risa que no cabe en ningún patio.
Konstantin, en el portón, oyó la risa y volvió la cabeza.
El hilo de azul. Ancho. El más ancho que le había visto nunca.
Fue entonces cuando mi padre apareció en la puerta del despacho.
Él no había bajado a la orilla. Se había quedado allí toda la mañana, en el vano de la puerta, con las manos en los bolsillos y la expresión de quien lo ve todo y no hace nada.
Ahora había sacado las manos de los bolsillos.
Llevaba el cuaderno bajo el brazo. Las tapas de cuero marrón, el lomo gastado. Cerrado.
Me miró. Después a Konstantin. Después a mí otra vez.
Y dijo, con la voz de quien ha decidido algo solo y no piensa discutirlo:
—Marlene. Trae a tu marido.