Sustituida en el altar CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

«Siempre supe el precio de todo lo que compré. El único que nunca calculé fue el de dejar las cosas para después.»

KONSTANTIN VON HAGEN

A mí mismo.

Era la respuesta. Estaba lista detrás de los dientes, como lo había estado aquel las dos cosas en la biblioteca. Bastaba con abrir la boca.

No la abrí.

Ella esperó un segundo —la barbilla alta, la mano cerrada en el aire, en el sitio donde antes estaba mi camisa— y entonces entendió que yo no iba a decir nada. Su cara hizo algo que yo no sabía medir. No era rabia. Estaba por debajo de la rabia. Claro que no, decía aquella cara.

Y se fue.

La puerta del despacho se cerró sin ruido. No dio un portazo. Habría sido más fácil si lo hubiera dado.

Me quedé de pie en medio del despacho.

El cuerpo seguía en el beso. La cabeza sale primero y el cuerpo se queda, como una estructura que sigue vibrando después de que se le haya retirado la carga.

El sabor a café. Su nuca en mi mano. El olor a pan caliente, ahora también en mi camisa.

Bajé la vista y vi las arrugas en el algodón, cinco, una por dedo, en el sitio donde ella se había agarrado.

Y la otra mano. La que tiró de ella.

En la escalinata de la iglesia, yo había tendido el brazo y había esperado. En la carpa, había tendido la mano y había esperado. En aquel despacho, por primera vez en seis años, la mano había tirado sin consultarme, y yo había retrocedido como quien aparta la mano de un fogón.

Esto no puede volver a pasar.

Yo había dicho eso. Con aquella voz. La que no sonaba firme.

Oí sus pasos en el vestíbulo. El mármol, después la madera de la escalera. Los conté sin querer, como lo cuento todo.

Uno. Dos. Tres.

En el tercero, los pasos se detuvieron.

El silencio de la casa se estiró hasta mi mesa. Cuatro segundos. Cinco. Luego los pasos siguieron, más deprisa, hasta el fondo del ala este. Una puerta a lo lejos.

Se ha detenido en el tercer peldaño.

Tú le pusiste los zapatos allí. Tú te detuviste allí, al otro lado de la casa, a las tres de la madrugada. Y ahora ella también se detiene.

Esta casa le está enseñando dónde se detiene la gente.

Me senté.

El monitor apagado me devolvió a un hombre con la camisa arrugada y el puño cerrado sobre la mesa. Abrí la mano despacio. La piel alrededor del anillo estaba blanca. Había cerrado el puño cuando ella dijo el Barón ha ido a la cervecería y no lo había abierto desde entonces.

El Barón se sentó a la mesa de su padre. Le ofreció el triple. Y ella dijo que no.

No por mí. Por un trozo de barro a la orilla de un río que, en mi mano, sería un arma, y en la suya era solo el sitio donde había aprendido a nadar.

Y después había venido hasta aquí y me había preguntado por tercera vez.

Iglesia: por qué. Biblioteca: cuándo. Despacho: qué hiciste el miércoles. Tres preguntas, tres preguntas devueltas. Ella las había contado.

Yo también.

Saqué el móvil del bolsillo.

Lukas y yo nos escribimos poco; no tuve que buscar. Miércoles, 2 de septiembre. Las nueve y cuarenta y siete de la noche.

Lukas: Está hecho. No va a aparecer.

Seis palabras.

Apoyé el pulgar en el mensaje. El menú se desplegó, discreto, como se despliega para cualquier cosa: copiar, reenviar, borrar. El anillo me apretó el dedo de la mano que sujetaba el teléfono.

Bórralo.

Era lo que haría un hombre sensato. No había nada ilegal en aquellas seis palabras. No eran un delito.

Solo eran verdad.

Borrarlo sería admitir que es una prueba.

Y había otra cosa, que no había sabido nombrar el lunes del registro. Aquel mensaje era la última noche en que había estado seguro de lo que hacía.

Aparté el pulgar de la pantalla. Bloqueé el móvil y lo dejé sobre la mesa, boca abajo.

Encendí el monitor.

Abrí el correo. La única dirección suya que tenía era aquella desde la que me habían llegado dos líneas y una inicial, un miércoles en Regensburg. Dejé el asunto en blanco.

Y escribí como escribo un informe de fallo. Fecha, hora, causa, consecuencia. Sin adjetivos. Un informe no pide disculpas; explica por qué se rompió la pieza, para que nadie tenga que volver a preguntar.

Marlene:

El miércoles 2 de septiembre, a las cuatro de la tarde, la Von Hagen Holding le compró al banco la deuda de la Brauerei Kraus.

Con la deuda en mi poder, la fusión dejó de servirle al Barón. Retiró a su hijo esa misma noche. Lo supe a las nueve y cuarenta y siete.

El lunes siguiente, a las nueve, iba a hacerle a tu padre una oferta de compra que no podría rechazar.

La cláusula de la página veintidós la leyó Lukas el jueves. Fui a la iglesia para ver caer a los Von Arnim.

Me detuve.

La línea siguiente era la del sábado. La del pasillo. Escribí Me levanté por otro motivo y el cursor se quedó parpadeando después del punto, esperando el motivo.

Lo borré. Lo volví a escribir. Lo borré.

A la tercera, dejé la frase y añadí otra debajo: Ese todavía no sé escribirlo.

Había una cosa que no puse en el correo. No porque fuera larga. Porque no cabía en ningún informe: un nombre, una noche de octubre, una carretera que no cogía desde hacía seis años. Aquello no era causa ni consecuencia. Era el suelo sobre el que se había construido todo lo demás.

Lo releí desde el principio.

Todo estaba en orden. Era el informe más exacto que había escrito nunca, y tenía el defecto de todo informe exacto: explicaba cómo se había roto la pieza y no decía nada de por qué importaba.

Miré el reloj. La una y catorce.

El cursor se detuvo sobre Enviar. Al lado, más pequeño, en gris, Guardar borrador.

Envíalo. Está a dos pasillos de aquí.

Y vi, con la claridad con que veo una fractura en una radiografía, lo que iba a pasar.

Ella leyendo en la cama, en camisón, con la luz del móvil en la cara.

Llegando a la tercera línea. Iba a hacerle a tu padre una oferta de compra.

Su risa muriendo antes de nacer. No iba a ser rabia.

Iba a ser la otra cara: la de la iglesia, cuando buscó a su padre en la primera fila.

Todavía no.

Después de la paralización. Después de que el Barón no tenga nada más en las manos que usar contra ella. Nadie quita el puntal de una estructura mientras todavía tiene carga encima.

Era un buen argumento. Era un argumento de ingeniero. Lo reconocí por lo que era y aun así me apoyé en él.

Hice clic en Guardar borrador.

La ventana se cerró. En la columna de la izquierda, junto a la palabra Borradores, apareció un número entre paréntesis. Uno.

Sabía la diferencia entre los dos botones. Medía lo mismo que el pasillo de la iglesia.

Esta vez me quedé sentado.

No dormí.

A las cinco y media el cuerpo se levantó, como se levanta desde hace seis años. Ducha, afeitado, camisa blanca. A las cinco y treinta y uno le mandé un mensaje a Bastian. A las cinco y cincuenta entré en la cocina.

Helga ya estaba allí. Helga siempre está ya allí.

Me miró, luego miró el reloj de pared, luego otra vez a mí, como quien repasa dos veces la misma cuenta.

—Son las seis menos diez, señor.

—Sé leer un reloj, Helga.

No discutió. Me sirvió la taza desportillada allí mismo, en la encimera. Me la bebí de pie, en cuatro sorbos, demasiado caliente; nunca había tomado café de pie en aquella casa. Después fui al fregadero y lavé la taza.

Helga no se movió. Se quedó mirándome las manos como si nunca me las hubiera visto mojadas.

—¿Ahora va a lavar usted su propia taza?

—Sí.

Se secó las manos en el delantal, despacio, como hace cuando está decidiendo si decir algo. Decidió que sí.

—A las seis y diez pongo la de la señora.

No era una pregunta.

—Ponla.

—¿Y la suya?

Puse la taza desportillada en el escurridor, boca abajo. El silencio respondió por mí, y Helga, que conoce todos mis silencios, entendió también ese.

—Seis años, señor —dijo en voz baja—. Lo he visto enfrentarse al banco, al consejo, a la policía y a la prensa. Nunca lo he visto tenerle miedo a una mesa de desayuno.

Cogí la americana de la silla.

—No es miedo, Helga.

—Entonces es peor.

No respondí. Salí por la puerta de la cocina.

Bastian esperaba en la verja con el motor en marcha y cara de no ir a preguntar nada. Subí.

Miré atrás una sola vez. Al fondo del ala este, en el primer piso, había luz en la ventana del cuarto de invitados.

Ella tampoco había dormido.

El coche giró en la Möhlstraße. Las cinco y cincuenta y ocho. Dentro de doce minutos, Helga iba a poner una taza azul en una mesa con un sitio vacío en la cabecera.

Por primera vez en seis años, hui de mi propia mesa.