Sustituida en el altar CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

«Un beso puede ser una pregunta o una firma. El problema es que, en el momento, nunca sabes al pie de qué documento está.»

MARLENE KRAUS

El Barón von Arnim se sentó al Stammtisch de la cervecería de mi padre como quien siempre hubiera tenido allí su sitio.

Miércoles, diez de la mañana. Mi padre estaba en la molienda con Sepp.

Jonas, en la caldera. Y yo salí del despacho con un informe de costes en la mano y me encontré a aquel hombre en la cabecera de la mesa de madera oscura —el traje gris, la corbata de la iglesia, las manos cruzadas sobre la placa de latón—, con una taza de café que alguna de las gemelas le había servido sin saber a quién.

Me detuve en la puerta.

Voy a entrar en su casa, le había dicho a mi marido. Yo no estaba allí. Pero supe, allí mismo, que era esto.

—Señora Von Hagen.

—Barón.

—Siéntese. Es su mesa.

No me senté. Me quedé de pie, con el informe apretado contra el pecho como si fuera un escudo de papel, y él me miró de arriba abajo con aquella expresión de quien pasea por un museo, la misma que en la iglesia. Solo que ahora se detuvo ante el cuadro.

—Seré breve, porque usted es una mujer de negocios y eso lo respeto.

—Hablaba con voz suave—. La paralización por los derechos de agua durará dos años como mínimo.

Usted sabe lo que dos años de paralización le hacen a una cervecería que acaba de recibir capital nuevo.

El capital desaparece. Los abogados se quedan.

—Conozco abogados.

—Conoce al de su marido. —Sonrió—. Yo tengo otros.

Esperé.

—Véndame el terreno. —Puso la mano sobre la mesa, abierta, como quien enseña que no esconde nada—.

Solo el terreno. La cervecería sigue siendo suya, de su padre, de quien quieran.

Retiro la solicitud de paralización ese mismo día.

Le pago el triple de lo que vale. Y usted no tendrá que saber nunca más lo que hace su marido con su propio dinero.

El triple. Mi cervecería entera no vale lo que me está ofreciendo por un trozo de barro a la orilla del río.

Y precisamente por eso, no.

Levanté la barbilla.

—No.

No pareció sorprendido. Pareció, si es que parecía algo, satisfecho. Se levantó, se abrochó la americana y, en la puerta —a un paso de mí, lo bastante cerca para que yo oliera su perfume caro y antiguo—, se detuvo.

—No me ha preguntado por qué no apareció mi hijo.

Me quedé inmóvil.

—No me lo ha preguntado porque cree que lo sabe. Una oferta mejor. Una rubia en Sylt. —Ladeó la cabeza—. Pregúntele a su marido qué compró el miércoles anterior a su boda, señora Von Hagen. Y pregúntele qué le pasó a mi hijo después de eso. Luego vuelva a hablarme del terreno.

Se fue.

Me quedé en la puerta del Stammtisch con el informe arrugado y el olor a malta subiendo de la caldera, y la semilla que él había plantado cayó en una tierra que ya estaba preparada, porque ahora eran tres las personas que habían dicho la misma palabra.

Philipp, en la gala. Él mismo, en la biblioteca, sin darse cuenta. Y el padre de Philipp, en mi mesa.

Miércoles.

¿Qué se compra un miércoles que hace desaparecer a un novio el sábado?

No se lo conté a mi padre. No se lo conté a Jonas. Volví a Múnich a las siete de la tarde con la pregunta en el bolso, en el sitio donde antes había estado la carta del banco, y pesaba más.

Él estaba en el despacho. Con la puerta abierta, cosa rara.

Cuatro días desde la escalera. Cuatro días en los que ninguno de los dos había dicho una palabra sobre el tercer peldaño, sobre el camisón en el pasillo, sobre el crujido; habíamos desayunado, él se había ido a la fábrica, yo me había ido a Regensburg, y aquello se había quedado entre nosotros como un mueble que nadie toca.

Entré sin llamar.

Levantó la vista de la pantalla. Vio mi cara —ya conocía mi cara— y apagó el monitor.

—El Barón ha ido a la cervecería —dije.

No se le movió ni un músculo. Solo el anillo: la mano se cerró.

—Ha ofrecido el triple por el terreno.

—¿Y tú?

—Le he dicho que no. —Di un paso—. Y él me ha dicho que te pregunte qué compraste el miércoles antes de mi boda. Y qué le pasó a su hijo después.

Silencio. Ese. El de la sala con la puerta cerrada.

—Konstantin. —Su nombre todavía me resultaba extraño en la boca, y aun así lo usé—. Es la tercera vez que te lo pregunto. ¿Qué hiciste el miércoles?

Se levantó. Rodeó la mesa. Se detuvo a dos pasos, con las manos a los costados, y me miró con los ojos gris hielo, y vi, con una claridad terrible, que iba a hacerlo otra vez. Lo vi antes de que abriera la boca.

—¿Qué te ha dicho que le pasó a su hijo?

Una pregunta con otra pregunta. Tercera vez. Iglesia, biblioteca, despacho. No miente, este hombre. Solo que nunca responde.

Algo cedió dentro de mí. No la rabia —la rabia la conocía, había sido mi compañera desde el altar—. Fue otra cosa, más abajo, algo cansado.

—Ya me dejaron plantada en aquel altar una vez —dije.

La voz me salió baja. Firme. Más firme que yo—.

Delante de cuatrocientas personas, y lo hizo un hombre que no tuvo el valor de mirarme.

Lo aguanté. Levanté la barbilla y lo aguanté, porque era lo que sabía hacer.

—Respiré hondo—. No me dejes plantada otra vez, Konstantin.

No dentro de tu propia casa. No con una pregunta.

No respondió.

Pero avanzó.

Un paso. Despacio, como siempre; nunca había hecho nada deprisa en su vida y no iba a empezar ahora.

Otro paso. La distancia —la de la carpa, la equivocada, la que no cabe en ningún contrato— se acabó.

Tenía la mandíbula trabada. Los ojos gris hielo tenían el hilo de azul en el centro, y el hilo se había ensanchado.

Su mano subió.

Me tocó la cara. La palma en mi mejilla, los dedos en la línea de la mandíbula, abierta, sin prisa, como quien prueba la tolerancia de una pieza y descubre que no tiene.

Yo no podía.

Tenía una cervecería y una pregunta sin respuesta y un padre que iba a abrir un cuaderno.

Ya lo estaba.

Inclinó la cabeza. Dos grados. Tres. No hubo flash.

Fue despacio. Es la única palabra que sirve: despacio, como todo lo que hace, su boca encontrando la mía con el cuidado de quien monta algo que no se puede forzar.

Un segundo quieto, solo el calor. Después, ya no quieto.

La mano que tenía en mi cara bajó hasta mi nuca, los dedos se hundieron en mi pelo, y mi mano —yo no lo había decidido— subió a su pecho y se agarró a la camisa blanca, y el beso dejó de ser cuidadoso.

Sabía a café y a algo para lo que yo no tenía etiqueta. El olor a jabón y a papel. Su otra mano en mi espalda, en la base de la columna, el sitio de la gala, el sitio de la carpa, y ahora tirando de mí: la primera vez que tiraba de algo en lugar de tender la mano y esperar.

No estaba pensando en el Barón. No estaba pensando en el miércoles.

Estaba pensando que aquel hombre, que no levantaba la voz y no corría y no sonreía, besaba como quien había esperado seis años y no pensaba esperar ni un segundo más, y que mi cuerpo, el traidor, el que no había leído la carta del banco, ya lo sabía desde la biblioteca.

La cerveza necesita oscuridad y tiempo.

Yo no había tenido ni lo uno ni lo otro. Y aun así.

Retrocedió.

De golpe. No despacio, no con cuidado: retrocedió como un hombre que aparta la mano de un fogón. Una mano dejó mi nuca, la otra mi espalda, y dio un paso atrás, y luego otro, y se quedó allí con la respiración alterada y la cara volviendo, a la fuerza, a su cara de consejo de administración.

—Esto no puede volver a pasar —dijo.

La voz no sonaba firme. Era la primera vez que su voz no sonaba firme.

Yo todavía tenía su camisa arrugada en la mano, solo que ahora la mano estaba vacía. La cerré. Levanté la barbilla.

—¿Eso me lo dices a mí —pregunté— o a ti mismo?

No respondió.

Claro que no.

Salí. Cerré la puerta del despacho detrás de mí, crucé el vestíbulo de mármol con unas piernas que no eran mías, subí la escalera. En el tercer peldaño, me detuve. Miré la puerta doble del ala oeste, cerrada, al otro lado de la galería.

Me había besado como quien firma al pie de algo. Solo que yo no sabía de qué.

Entré en mi cuarto. Me senté en la cama. El vestido de novia seguía detrás de la puerta, en su funda de plástico, esperando a que alguien decidiera qué hacer con él.

Y, por primera vez desde el altar, estuve segura de una cosa: aquel hombre se había levantado por mí.

Lo que aún no sabía era qué había hecho antes de levantarse.