CAPÍTULO 14
«Hay escaleras que uno no sube. No porque el cuerpo no aguante. Porque, en el tercer peldaño, recuerda.»
KONSTANTIN VON HAGEN
No la besé.
Fue lo más difícil que había hecho en seis años, y eso que había enterrado a una mujer.
El coche salió de la Theresienwiese por el Bavariaring, con la noria quedándose atrás en el retrovisor, y yo mantuve las manos sobre las rodillas como quien sujeta algo que quiere levantarse.
Ella estaba a treinta centímetros. El Dirndl azul.
El lazo a la derecha. El olor a cerveza de la carpa por encima del olor a pan caliente que era suyo, después de todo, sí: me había equivocado en la cervecería.
No era del lugar. Era de ella, y era el lugar el que había aprendido de ella.
Dos grados. Inclinaste la cabeza dos grados y un hombre con una cámara decidió por ti.
No decidió nada. Solo interrumpió.
Ella no hablaba. La alegría de la carpa se le iba escurriendo despacio, como la cerveza de un vaso volcado; lo notaba en cómo le bajaban los hombros, en el dedo que giraba el anillo pequeño sin darse cuenta. El Isar pasó bajo el puente, oscuro. Bastian no encendió la radio. Bastian lo sabía.
Fue en la Prinzregentenstraße, en el mismo semáforo en el que nueve días antes yo había tardado en decir estrategia, donde ella preguntó.
En voz baja. Sin mirarme.
—¿Cómo era ella?
El semáforo se puso en rojo.
Se puso en verde.
Bastian no arrancó. Yo no le dije que arrancara.
Nadie pregunta eso. Nadie, en seis años. Lukas no pregunta. Helga no pregunta. Todo Múnich sabe su nombre y nadie pregunta cómo era, porque preguntar significaría que yo tendría que responder.
El silencio hizo lo que hace. Ocupó el coche.
Trepó por el cuero del asiento, por el cristal, se quedó entre los dos como un tercer pasajero.
Ella no lo rompió. No insistió, no pidió perdón, no dijo olvídalo.
Esperó. Como había esperado al novio durante veinte minutos: con la barbilla alta, sin prisa.
Y oí mi propia voz antes de decidir usarla.
—Tocaba el piano mal y fuerte —dije—. Y en la casa había ruido.
Eso fue todo.
Una frase. La primera sobre ella en seis años, dicha en un coche parado en un semáforo en verde, a una mujer vestida de Dirndl que no sabía su nombre.
Marlene no contestó. No me miró. Volvió la cara hacia la ventanilla, despacio, y apoyó la frente en el cristal frío, y se quedó así. Y aquello, que no hiciera nada con la frase, que no dijera lo siento ni cuéntame más, fue lo más amable que nadie había hecho por mí desde el entierro.
—Arranca, Bastian —dije.
El coche arrancó.
En la villa, subí con ella.
No sé por qué. Yo nunca subía con ella; ella subía y yo me iba al despacho. Pero aquella noche fui tras ella por la escalera, por la galería, por el pasillo del ala este, oyendo el frufrú del delantal verde, hasta la puerta del cuarto de invitados. Se detuvo con la mano en el pomo.
Se dio la vuelta.
Cerca. Otra vez demasiado cerca, en el pasillo estrecho, con la luz del vestíbulo llegando desde abajo y dejándole media cara a oscuras. Los ojos azules. La boca que se había reído toda la noche y ahora estaba quieta.
Dos grados.
—Vete a dormir, Marlene —dije.
La voz me salió más baja de lo que quería. Ella oyó lo que había dentro. Vi que lo oía.
—Buenas noches, Konstantin.
La puerta se cerró.
Me quedé en el pasillo.
No me fui. No podía; era como si me hubieran soldado los pies a la alfombra. Me quedé de pie delante de una puerta cerrada, como un hombre que esperaba algo que no sabía nombrar, y entonces oí, al otro lado, su risa.
Baja. Corta. Nerviosa.
La risa que había resonado en la Theatinerkirche y en la escalinata de la Odeonsplatz y en el salón del Bayerischer Hof. Allí, detrás de la puerta, sola, se rio —de sí misma, o de mí, o de la noche— y después se calló.
Y aquella risa, a través de la madera, fue peor que cualquier silencio que aquella casa hubiera producido jamás.
Porque ahora sabía cómo era el ruido. Y sabía lo que era una casa sin él.
Lukas llamó a la una de la madrugada. Sabía que yo no estaría durmiendo.
—Frieda ha llegado bien —dijo, sin saludar—. Me ha hecho parar en dos farmacias para comprar una cosa que no existe, solo para demostrar que yo no sabía dónde estaba la farmacia. No lo sabía. Ha ganado ella.
—Me has llamado para contarme eso.
—No. —Una pausa—. He visto la foto, Konstantin. Está en tres páginas web. El fotógrafo la vendió antes de salir de la carpa.
No dije nada.
—No la has besado.
—No.
—Pero ibas a hacerlo.
—Lukas.
—Escucha. —Le cambió la voz; era la voz de la investigación, la de quien me decía las cosas que nadie me decía—. El plan dejó de ser un plan el día en que le pusiste la alianza en el dedo. Lo vi por la tele y lo supe. Solo te falta firmar al pie.
—Buenas noches.
—¿Te ha preguntado? —dijo antes de que colgara—. Por lo que pasó hace seis años. ¿Te ha preguntado?
Me ha preguntado. Y le he respondido. Y tú eres la única persona en el mundo a la que no se lo voy a contar.
Colgué.
Yo tenía un plan. El plan tenía un terreno, una deuda, un Barón y un lunes. El plan no tenía su risa. Ninguno de mis planes la tenía, y llevaba toda la vida haciendo planes.
Las tres y veinte.
La casa en silencio —el de siempre, el de seis años—, y yo en lo alto de la escalera principal, descalzo, sin saber cómo había llegado hasta allí. Crucé la galería. Me detuve delante de la puerta doble del ala oeste.
La abrí.
La escalera estaba allí. Dieciséis peldaños de madera oscura, sin alfombra, subiendo hacia un pasillo donde no había ninguna luz encendida. Helga limpiaba hasta el quinto. Yo olía la cera hasta el quinto.
Subí el primero.
El segundo.
En el tercero, la madera crujió —el mismo crujido, el de siempre, el que hacía cuando ella bajaba corriendo hacia el piano descalza, riéndose de algo que yo había dicho—, y mi cuerpo se detuvo antes que yo. Las piernas. Simplemente se pararon, como un motor que se cala.
Me quedé allí. En el tercer peldaño. Un hombre de un metro noventa y cuatro, dueño de una fábrica de siete mil personas, incapaz de subir un tramo de escalera dentro de su propia casa.
Bajé.
Cerré la puerta doble sin hacer ruido. Me di la vuelta.
Y allí estaba ella.
En el otro extremo de la galería, en la puerta del ala este, en camisón, descalza, con el pelo suelto, a diez metros de mí, inmóvil, con la expresión de quien había oído crujir la madera y había salido del cuarto a mirar.
Lo había visto.
Lo había visto todo.