CAPÍTULO 13
«La cerveza necesita oscuridad y tiempo. El amor también. La diferencia es que nadie te avisa cuando ha empezado la fermentación.»
MARLENE KRAUS
La Theresienwiese huele a azúcar quemado, a cerveza y a gente feliz: tres cosas que él no sabía leer.
Lo vi en su cara en cuanto bajamos del coche: los ojos grises recorriendo la multitud, los puestos de almendras garrapiñadas, la noria, buscando un patrón sin encontrarlo.
Konstantin von Hagen había entrado en consejos de administración, en vistas judiciales y en una iglesia con cuatrocientas personas sin cambiar de expresión.
A la entrada de la carpa de Hacker-Pschorr, con una banda tocando y diez mil personas cantando mal, parecía un hombre sin manual de instrucciones.
Bien. Que así sea.
Yo iba de Dirndl.
El de mi madre. Azul oscuro con el delantal verde musgo, el corpiño que Frieda me había ajustado la noche anterior con la boca llena de alfileres, refunfuñando que mamá tenía cintura de otro siglo.
Diez años guardado en el armario de Regensburg, con olor a lavanda y a cajón.
Nunca había conseguido ponérmelo. Aquella mañana, sin saber por qué, lo había conseguido.
Me miró.
Un segundo, del delantal a la cara. Después miró la carpa como si la carpa le hubiera hecho una pregunta.
—El lazo —dijo.
—¿Qué pasa con el lazo?
—Está a la derecha.
Sabe lo que significa. El viudo que no sale de casa sabe que el lazo a la derecha quiere decir casada.
—Pues sí —respondí—. Me he leído el contrato.
Y él… no sonrió. Pero algo se movió cerca de sus ojos, y me lo guardé.
Él iba en camisa. Solo camisa, blanca, sin corbata, con el cuello desabrochado un botón más de lo que lo había estado nunca ninguna de sus camisas. Sin chaqueta. Lo registré con el cuidado con que se registra una añada: lo primero que se salía del uniforme.
Lukas ya tenía mesa. Y Frieda ya tenía cara de pocos amigos.
—Él ha llegado veinte minutos tarde —dijo mi hermana cuando me senté.
—He llegado a la hora —respondió Lukas—. Eres tú la que ha llegado veinte minutos antes y ha decidido empezar a contar desde ahí.
—Yo siempre llego antes de la hora.
—Ya me he dado cuenta. Es lo único en lo que eres previsible.
Frieda abrió la boca. La cerró. Me miró con la expresión de quien pide permiso para matar a alguien y luego, muy a su pesar, se echó a reír. Lukas fingió no verlo y pidió cuatro Maß.
Interesante, pensé, con la palabra de laboratorio que le había robado a mi marido.
Llegaron las jarras. Un litro cada una, la espuma resbalando por el cristal, la camarera cargando ocho con las dos manos como quien lleva un ramo de flores. Levanté la mía.
—Por mi padre —dije—, que hace mejor cerveza que esta. Y por mi marido, que todavía no lo sabe.
Frieda se rio. Lukas se rio. Konstantin levantó la jarra, me miró por encima del borde y bebió.
Fue entonces.
La comisura de la boca. La izquierda. Bajó la Maß, tragó y, durante medio segundo —menos, un cuarto de segundo, lo que tarda una burbuja en subir por un vaso—, la comisura izquierda de la boca de aquel hombre se elevó.
Luego volvió a su sitio. Dejó la jarra. La cara de siempre.
Lo vi. Lo vi, y nadie más lo vio, y aquello era mío.
—Casi ha sonreído —le susurré a Frieda.
—¿Quién?
—Nadie.
La banda atacó una canción que se sabía la carpa entera. La carpa entera se subió a los bancos. Frieda tiró de mí; me subí. Lukas se quedó sentado, mirándola subir, con cara de estar recalculando un contrato. Konstantin se quedó sentado, mirándome a mí.
Y entonces llegó la voz, desde atrás:
—Marlene Kraus. Subida a un banco. Como en los viejos tiempos.
Jonas. Con los amigos de Regensburg —Sepp, Ludwig y otros tres que conocía del colegio—, todos de Lederhosen, todos ya por el tercer litro.
Se subió al banco a mi lado sin pedir permiso, me pasó el brazo por los hombros, y nuestra mesa y la de al lado se convirtieron en una sola, como pasa en el Oktoberfest a partir de las cinco de la tarde.
Me reí. Canté. Dejé su brazo donde estaba, porque era Jonas, porque había veinte años de calle entre nosotros y ninguno de ellos había sido de ese tipo.
Miré hacia abajo.
Konstantin se había levantado.
No deprisa. Despacio, como lo hace todo. Rodeó la mesa, cruzó el pasillo lleno de gente y de jarras y de camareras con las manos ocupadas, y se detuvo delante de mi banco. No miró a Jonas. No miró el brazo. Me miró a mí.
Y me tendió la mano.
Nada más. La mano abierta, con el anillo de oro amarillo apretado en el dedo, a la altura de mi cintura.
No tiró de mí. Podía haber tirado. Podía haber hablado, podía haber puesto aquella voz baja de la gala. No lo hizo. Me tendió la mano y se quedó esperando a que yo eligiera bajar.
Bajé.
Jonas me soltó el hombro. Sin dramas; se dio cuenta antes que yo. Mi mano encontró la de Konstantin, y él me bajó del banco al suelo de la carpa con un solo movimiento, y no me soltó.
Nos quedamos allí.
En medio del pasillo, con la banda tocando y diez mil personas cantando una canción sobre un corazón que se despide.
Su mano fue a mi espalda —a la base de la columna, sobre el corpiño azul, abierta, como en la gala—.
Pero no era como en la gala. En la gala había un salón.
Allí solo estaba la distancia entre nosotros, y la distancia estaba mal.
Demasiado corta. De las que no caben en ningún contrato.
El ruido de la carpa empezó a desvanecerse.
No de verdad: la banda seguía, la camarera gritaba, un vaso se rompió en alguna parte.
Pero se fue alejando, detrás de una pared de cristal, y lo que quedó fue el calor de su mano a través de la tela, el olor a cerveza y a jabón, y los ojos gris hielo tan cerca que vi, por primera vez, que no eran solo grises. Tenían un hilo de azul en el centro.
La cerveza necesita oscuridad y tiempo. Yo había tenido tres semanas y una carpa llena de luz.
Y aun así.
Inclinó la cabeza. Un grado. Dos.
Aun así.
El flash.
Blanco, seco, desde un lado. Un fotógrafo con la acreditación colgada del cuello y cara de haber encontrado la foto del día. LA NOVIA DE LAS TRES FILAS Y EL VIUDO, EN EL OKTOBERFEST. Leí el titular antes de que existiera.
Konstantin se apartó. Despacio. La mano dejó mi espalda, y el ruido de la carpa volvió de golpe, entero, como si alguien hubiera abierto la puerta.
Miró al fotógrafo con su cara de consejo de administración.
—Vámonos —dijo.
Cogí el bolso. Frieda me preguntó algo; no lo oí. Lukas se levantó para pagar.
Y fui tras él por el pasillo de la carpa, con el Dirndl de mi madre y la cabeza dándome vueltas, y solo cuando salimos al aire frío de la Theresienwiese, con la noria iluminada por encima de todo, me alcanzó la palabra.
Vámonos.
Había dicho vámonos.