Sustituida en el altar CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

«Los celos son la única medición que un hombre hace sin instrumento. Y la única en la que se equivoca por exceso.»

KONSTANTIN VON HAGEN

La inspección de los derechos de agua estaba fijada para las nueve.

Llegué a las nueve menos veinte.

Con dos abogados, una carpeta de dictámenes y el ingeniero hidráulico de la fábrica, al que Lukas había sacado de la cama a las seis con la frase el Barón ha conseguido una inspección.

Era el primer golpe de verdad de la solicitud de paralización: un funcionario del Wasserwirtschaftsamt, un formulario de veinte páginas y el derecho a recorrer la cervecería midiendo todo lo que entraba y salía del Danubio.

Si la captación de la Brauerei Kraus se desviaba un solo metro cúbico de lo inscrito en el registro de 1886, el Barón tenía el argumento que necesitaba.

Bajé del coche preparado para una guerra.

No había guerra.

Había café.

El funcionario de la agencia del agua —un hombre delgado, con gafas, una carpeta y un casco que no necesitaba— estaba sentado al Stammtisch con una taza en la mano, y Marlene, en botas, estaba a la cabecera, con un mapa abierto sobre la mesa entre los dos.

Un mapa antiguo. Amarillento, con los bordes rasgados, el trazado del Danubio en tinta marrón.

—…y aquí, señor Huber, está la toma de agua. El mapa es de mil ochocientos noventa y siete, el año de la caldera; el registro es del ochenta y seis, usted tiene ahí la copia. ¿Ve el sello? Mi bisabuelo se empeñó en sellarlo dos veces. Era desconfiado. En eso he salido a él.

El señor Huber se rio.

Ella se rio con él. Sirvió más café. Y el funcionario de la agencia —que había venido, en teoría, a darle munición al Barón— firmó el formulario en la página doce con un bolígrafo que ella le había prestado.

Me quedé en la puerta, con dos abogados detrás y un ingeniero hidráulico que no iba a medir nada.

Has traído un equipo jurídico a una inspección que ella ha resuelto con un mapa y una cafetera.

La ha resuelto antes de que llegaras. Antes de que salieras de Múnich.

—Von Hagen —dijo, sin levantar los ojos del mapa—. Has llegado pronto.

—La inspección era a las nueve.

—La inspección ha empezado a las ocho. Al señor Huber le gusta terminar antes de comer. —Ahora sí me miró—. Debería haberte avisado.

—Deberías.

—Pero habrías venido igual.

No respondí. El señor Huber se levantó, dio las gracias por el café, le estrechó la mano entre las dos suyas y pasó a mi lado como si yo fuera una segunda puerta.

Me quedé sin función.

No es una sensación que conozca. Toda sala en la que entro tiene una función para mí: firmar, decidir, recortar, comprar. En aquella sala, con el mapa de 1897 colgado otra vez en la pared del Sudhaus y la cervecería entera riéndose de algo que yo no había oído, no había nada.

Fue entonces cuando lo vi.

Jonas. El ayudante. Pelo color paja, mono de trabajo, el mismo que había bajado la escalera de la caldera cuando ella llegó, dos semanas antes.

Se le acercó por detrás con un vaso de mosto para catar, dejó el vaso en la mesa, y la mano —su mano, la izquierda, con el pulgar manchado de lúpulo— se quedó en el hombro de Marlene.

Se quedó.

Ella volvió la cara hacia él, probó el mosto, hizo una mueca, dijo algo. Él contestó. Los dos se rieron —una risa de dentro, de broma privada, de veinte años de calle e infancia y primer diente—, y la mano de él todavía en su hombro.

Mandíbula.

Puños.

No supe que había cerrado los puños hasta que noté el anillo apretar desde dentro. No dije nada. No me moví. Mantuve la expresión que pongo en las reuniones del consejo, la que nadie sabe leer, y miré aquella mano como si fuera un componente montado fuera de plano.

Tolerancia. Una pieza tiene una holgura. La holgura de él está dentro de la especificación de ella y fuera de la mía.

Tu especificación no existe, Konstantin. Ella no es tuya.

Lo es.

Otto Kraus estaba en la puerta de la sala. No sé desde cuándo. Con un tazón de café, los ojos arrugados en el rabillo, mirándome mirar.

Se acercó despacio. Se detuvo a mi lado, frente a la misma escena —la hija, el ayudante, la mano— y bebió un sorbo.

—Jonas es como un hermano —dijo, hablándole al café.

—No he preguntado.

—Lo sé.

Nada más. Él se quedó allí. Yo me quedé allí. Dos hombres de pie en una puerta, y el viejo me había dicho algo que yo no había pedido oír y que, de algún modo, necesitaba.

Jonas retiró la mano. Se fue a ocuparse de la caldera.

Respiré.

—¿Qué hay en el cuaderno?

Lo pregunté en su despacho, más tarde, con el río pasando por la ventana y el cuaderno de piel marrón cerrado sobre la mesa entre los dos.

No sabía por qué lo había preguntado. Sabía que ella había mirado aquel cuaderno, dos semanas antes, como quien mira una puerta, y que su padre lo había cerrado.

Otto puso la mano encima. La misma mano grande de la iglesia.

—La cerveza que su madre no tuvo tiempo de hacer.

La madre. Muerta cuando Marlene tenía catorce años. Estaba en el expediente. El expediente no decía qué había dejado escrito.

—¿La señora Kraus era maestra cervecera?

—La única mujer en ciento cuarenta años que ha firmado ese cuaderno. —No lo abrió—. Marlene quiere ser la segunda.

—Y usted no la deja.

—No dejo que se abra. —Otto me miró—. Es distinto. Lo abriré cuando sepa qué clase de hombre es usted, señor Von Hagen. Se lo dije a ella. Se lo digo a usted.

No ha dicho «qué clase de hombre es el marido de ella». Ha dicho «qué clase de hombre es usted». Es lo mismo y no lo es.

—¿Tiene usted algún criterio?

—Tengo uno. —Bebió un sorbo de café—. Lo sabré.

***

Me interceptó en el patio. Bastian ya había abierto la puerta del coche, los abogados ya estaban dentro, y ella cruzó el adoquinado con las botas golpeando la piedra y se detuvo a un metro.

—El sábado —dijo.

—¿El sábado qué?

—El sábado vienes conmigo al Oktoberfest.

La miré. Tenía mosto en la muñeca, otra vez. La misma mancha. Como si fuera permanente.

—Yo no voy al…

—Vienes. Es de cara a la galería. —La barbilla—. A Lukas le va a encantar. Y tengo un Dirndl que hace diez años que no me pongo.

No respondí. Ella tomó el silencio por un sí —y tenía razón— y volvió a la nave sin mirar atrás.

Subí al coche.

Tenía una fábrica entera que gestionar. Siete mil empleados, una obra en enero, una solicitud de paralización en curso y un Barón declarando la guerra. Estaba gestionando la distancia entre la mano de un hombre y el hombro de mi mujer.

Bastian cerró la puerta.

De mi mujer.

La frase apareció entera en mi cabeza antes de que pudiera corregirla. Y no la corregí.