Sustituida en el altar CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

«Toda casa tiene un lugar donde no entra nadie. Solo se descubre cuál es cuando alguien deja de subir la escalera.»

MARLENE KRAUS

Tardó tres semáforos en responder.

Los conté. El de la Maximilianstraße, el de la Prinzregentenstraße, el del puente sobre el Isar —rojo, verde, rojo— y en ninguno giró la cara. Solo la mano, apoyada en la pierna, con el anillo amarillo, se cerró y se abrió una vez.

—Estrategia —dijo, en el tercero.

—Eso no es una respuesta. Es una palabra.

—Es la respuesta que tengo.

No lo es. Tienes otra. La vi en la biblioteca, cuando me miraste la boca y te olvidaste de medir.

No dije nada más hasta la Möhlstraße. Él tampoco.

La villa estaba a oscuras, salvo por la luz del vestíbulo.

Helga se había ido a dormir; Helga sabía cuándo no estar.

Me quité los zapatos en cuanto se cerró la puerta —los tacones me estaban matando desde la segunda copa— y me quedé descalza sobre el mármol frío, con el vestido azul pesándome en los hombros, sin ningunas ganas de subir.

Él se detuvo en medio del vestíbulo. Tampoco subió.

—¿Por qué te levantaste? —pregunté. Sin rabia, esta vez. Cansada—. No me digas otra vez estrategia. Dime en qué consistía la estrategia.

Miró hacia la escalera. Hacia la galería a oscuras del primer piso. Después, a mí.

Y habló despacio, como quien saca una pieza de un sitio donde se ha quedado atascada demasiado tiempo.

—Los Von Arnim querían la cervecería. No por la cerveza.

Por el terreno. —Hizo una pausa—. El terreno colinda con el mío.

El agua que pasa por debajo es el agua que necesita mi fábrica nueva.

Quien tenga los derechos de la Brauerei Kraus puede tener paralizada a la Von Hagen dos años con una hoja de papel.

El Barón iba a casar a su hijo contigo para tener esa hoja.

Yo era la hoja de papel.

—¿Y tú?

—Yo saqué la pieza del tablero.

—Yo.

—Tú.

No lo suavizó. No pidió perdón. Se quedó allí, de esmoquin, en medio del vestíbulo, diciéndome a la cara que yo había sido una pieza; y, por extraño que fuera, aquello me dolió menos que cualquier cosa que Philipp me hubiera dicho con una sonrisa.

Porque es verdad. Por primera vez desde el altar, alguien me está diciendo algo que es solo verdad.

—¿Y el miércoles?

La mandíbula. Pero no apartó la mirada.

—El miércoles compré una deuda.

Era la misma frase de la biblioteca. La misma de la carta.

Y era verdad; sabía que era verdad igual que sé cuándo una cerveza está limpia: no por lo que tiene, sino por lo que no tiene.

Allí no había mentira. Solo faltaba algo después.

La frase terminaba demasiado pronto, como una receta sin la última línea.

Pregunta. Pregunta qué pasó después de la compra.

No pregunté.

Porque eran las dos de la madrugada, y yo tenía una cervecería con un compresor nuevo que llegaba el martes, y un padre que iba a abrir un cuaderno cuando supiera qué clase de hombre era aquel, y necesitaba, en ese instante, con los pies descalzos sobre el mármol, una mitad que fuera verdad.

Él me había dado una. Elegí quedarme con ella.

Una elige creer cuando no puede permitirse la alternativa. Yo ya lo había hecho una vez. La diferencia es que esta vez sabía que lo estaba haciendo.

—De acuerdo —dije.

Esperó el resto.

—Gracias por lo de hoy. Por lo de Philipp. —Tragué saliva—. Konstantin.

El nombre salió entero. Extraño en mi boca, con muchas consonantes, como una palabra de otro idioma que una ensaya a solas antes de decirla.

Lo oyó. No respondió. Pero hizo algo que yo no esperaba: se agachó, recogió mis zapatos del suelo del vestíbulo —los dos, por las tiras, con su mano grande—, fue hasta la escalera y los dejó en el tercer peldaño, uno al lado del otro, alineados.

Nada más. Se dio la vuelta y se fue al despacho.

Me quedé mirando los zapatos.

¿Qué ha sido eso?

Un hombre que no sabe hacer una caricia poniendo en orden lo único mío que tenía a mano.

No pude dormir. Volví a bajar, en camisón, en busca de agua, y me encontré a Helga.

Estaba en la cocina, en bata, con una taza de té y la luz de la campana encendida, como quien sabía que yo iba a aparecer. No preguntó nada. Sirvió un vaso de agua y empujó una silla con el pie.

Me senté.

—Lo ha llamado por su nombre —dijo Helga.

—¿Lo has oído?

—Lo oigo todo, señora. Es mi trabajo. —Bebió un sorbo de té—. Ha estado bien.

Nos quedamos un rato en silencio. La cocina era el único lugar de la casa que parecía haberse usado en los últimos seis años: cacerolas gastadas, un mantel de lino, una radio vieja apagada.

—Helga —pregunté—. ¿Qué hay ahí arriba?

No fingió que no entendía. Alzó los ojos al techo, en dirección al ala oeste —la que quedaba al otro lado de la galería, tras una puerta doble que yo había visto cerrada desde el primer día—.

—Un piano —dijo.

—¿Quién lo toca?

—Nadie. —Dejó la taza en el platillo—. Por eso está cerrado.

Esperé. Se tomó su tiempo, y cuando habló, la voz ya no era la del ama de llaves. Era la de una mujer mayor que había visto detenerse una casa entera.

—Hace seis años que él no sube esa escalera, señora. Yo tampoco. Limpio hasta el quinto peldaño. De ahí para arriba, es suya.

Seis años. La taza. La escalera. El silencio.

Todo en aquella casa tenía la misma edad, y nadie me decía la edad de qué.

—¿Ella tocaba? —pregunté en voz baja.

Helga me miró por encima de la taza. No respondió. Se levantó, fregó su platillo, apagó la luz de la campana.

—Buenas noches, señora Von Hagen. —En la puerta, se detuvo—. Mañana el desayuno es a las seis y diez. Usted ya lo sabe.

Toda casa tiene un sótano. El suyo estaba en el piso de arriba.

Bajé a las seis y nueve.

Ya estaba sentado a la cabecera, en camisa blanca, con el periódico doblado junto al plato. No levantó la vista cuando entré. Pero en la mesa, junto a la taza desportillada, había una segunda taza. Azul oscuro. Llena.

Helga estaba de espaldas, en el fregadero.

Nadie dijo nada.

Me senté. Bebí.