Sustituida en el altar CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

«Hay una palabra que aparece en la cabeza de un hombre antes que cualquier justificación. Se pasa el resto de la vida fingiendo que la buscó.»

KONSTANTIN VON HAGEN

Lukas dijo que teníamos que dejarnos ver.

Yo dije que ya nos habíamos dejado ver demasiado.

Ganó él, porque Lukas gana cuando el argumento es de imagen y no de ingeniería: tres días después de la biblioteca, tres días sin que ella bajara a desayunar, tres días con la taza azul guardada en un armario que Helga no abría, yo estaba de esmoquin en el vestíbulo del Bayerischer Hof esperando a que mi mujer bajara de un coche.

—Sonríe —dijo Lukas a mi lado.

—No.

—Entonces, por lo menos, no pongas cara de estar esperando un informe pericial.

La puerta del coche se abrió.

Iba de azul oscuro. Un vestido sin brillo, sin nada que reclamara atención, y precisamente por eso la atención llegó entera.

El pelo suelto. La barbilla —esa barbilla— ya alzada antes de que el pie tocara la alfombra.

Frieda bajó detrás, de negro, con cara de que la habían arrastrado hasta allí y pensaba cobrárselo.

Marlene pasó a mi lado.

—Von Hagen.

—Señora.

Eso fue todo. Me puso la mano en el brazo porque el protocolo lo exigía, con la levedad exacta de quien toca un pasamanos, y entramos.

La gala de otoño del Bayerischer Hof es adonde va Múnich para no reírse.

Arañas de cristal, madera oscura, cuatrocientas personas que se conocen desde la cuna y llevan décadas sin saludarse.

Yo conocía cada mesa. Cada mesa me conocía.

Y cada mesa, cuando entramos, hizo lo mismo: dejó de hablar, miró y volvió a hablar más bajo.

La novia de las tres filas. El viudo que no sonríe. Múnich tiene pocos temas de conversación y no suelta ninguno.

Marlene no agachó la cabeza. Hizo lo contrario.

Cruzó el salón como quien cruza el patio de su cervecería, saludó a un conde que no le devolvió el saludo, aceptó una copa y, cuando la mujer de un banquero hizo un comentario sobre el vestido que en realidad era un comentario sobre Regensburg, se rio.

Fuerte.

La risa subió hasta las arañas y cayó sobre el salón entero, y el salón se quedó un segundo en silencio: el silencio de quien nunca había oído aquel sonido allí dentro.

Y luego, contra su voluntad, contra los siglos, contra la madera oscura, el salón se rio con ella.

No todos. Pero sí los suficientes. La mujer del banquero, primero, sin entender por qué. Un anciano de la mesa de la ópera. Las mesas más cercanas. Una risa baja, casi avergonzada, que se extendió como una grieta en una pieza de cristal.

Me quedé a tres metros, con una copa que no iba a beber, mirando.

Pieza fuera de especificación. Fuera de tolerancia, fuera de plano, fuera de cualquier cosa que yo hubiera diseñado. Y la máquina entera funcionaba mejor con ella dentro.

—Se le da bien —dijo Lukas.

—No está haciendo nada.

—Exacto.

Fue Frieda la primera en verlo. Yo vi a Frieda verlo: la hermana pequeña dejó de beber, los ojos se le fueron a la puerta, y su mano buscó el brazo de Marlene y no lo encontró.

Los Von Arnim.

El Barón, de gris. Philipp, de esmoquin, todavía bronceado. Y, del brazo de Philipp, Isabelle von Tessin, rubia y satisfecha, con la sonrisa de quien ha ganado algo que no sabía que estaba disputando.

El salón hizo la tercera cosa de la noche: volvió a detenerse.

Marlene no se volvió. Estaba de espaldas a la puerta, con la copa en la mano, y vio en la cara de su hermana todo lo que necesitaba ver. Le vi subir los hombros medio centímetro. Nada más. La barbilla ya estaba en su sitio.

Crucé los tres metros.

No corrí. No corro. Llegué a su lado en el instante exacto en que Philipp von Arnim soltaba el brazo de Isabelle y empezaba a cruzar el salón hacia nosotros, con las zancadas de quien se había armado de valor a base de tragos en el coche.

Le puse la mano en la espalda.

Abierta, en la base de la columna, sobre la tela azul. No se apartó. Lo notó, estoy seguro —vi cómo le cambiaba la respiración—, pero no se apartó.

Philipp se detuvo a un paso. Treinta y un años, la cara guapa de quien nunca había necesitado nada más, los ojos yendo de mí a ella y de vuelta.

—Marlene.

—Philipp —dijo ella. La voz tranquila. Peligrosamente tranquila.

—Quería… Necesito hablar contigo. Un minuto.

—Tiene marido —dije.

En voz baja. Sin alzarla. Me miró como si yo acabara de aparecer.

—No es contigo.

—Es conmigo. —Dejé la mano donde estaba—. Todo lo que tenga que ver con la señora Von Hagen es conmigo. Usted tuvo una iglesia entera para hablar con ella. Prefirió Sylt.

Le cambió el color de la cara. El bronceado no ayudó.

Me esquivó. Se inclinó hacia ella, y la voz le salió rápida, por encima de mi mano, en una ráfaga que el salón entero fingió no oír:

—¿Crees que se levantó por ti? ¿De verdad lo crees, Marlene? Pregúntale. Pregúntale qué hizo el miércoles.

Marlene no se movió.

Yo sí.

Retiré la mano de su espalda y la puse en el hombro de Philipp. No apreté. No hacía falta. Un hombre que se ha pasado la vida dejándose guiar reconoce una mano que guía.

—Va a salir conmigo —dije— y va a salir por su propio pie. Usted elige.

Lo hizo.

Cruzamos el salón los dos, uno al lado del otro, como dos conocidos que salen a fumar. Nadie nos detuvo. Nadie se habría atrevido. En la puerta doble, el Barón observaba con la expresión de un hombre que ya había calculado el coste de aquello y lo consideraba barato. Pasé por su lado sin mirarlo.

En el pasillo, le solté el hombro.

—Si vuelve a acercarse a menos de diez metros de mi mujer —dije, aún en voz baja, aún sin nada en el tono—, dejo de comprar la deuda de su padre. Paso a cobrarla. ¿Entiende la diferencia?

La entendió. Lo vi entenderla. Dio media vuelta y desapareció hacia el vestíbulo sin responder.

Volví.

El salón ya había recuperado el ruido, ese ruido que finge no haber visto nada. Marlene estaba donde la había dejado, con la copa intacta. Y a su lado, Frieda.

La hermana me miró. Era la primera vez, en doce días, que la hermana me miraba sin la cara de quien espera lo peor.

—Konstantin —dijo.

El nombre. No él, no tu marido. El nombre.

—Gracias.

Asentí. No sabía qué se responde a eso. Marlene no dijo nada, pero, cuando volví a ponerle la mano en la espalda, me dejó.

Mía.

La palabra apareció antes que la justificación. No la busqué. Estaba allí, en la mano, en el hombro del cobarde, en el pasillo, y no sabía desde cuándo.

El coche. Medianoche. Las luces de la Maximilianstraße pasando por el cristal.

Frieda se había ido con Lukas: él se ofreció y ella aceptó con cara de estar haciéndole un favor. Íbamos los dos solos en el asiento de atrás, con treinta centímetros de cuero entre nosotros.

Ella miraba por la ventanilla. No a mí.

—El miércoles —dijo.