CAPÍTULO 17
«La cerveza verde sabe a promesa y a defecto a la vez. Quien abre el tanque demasiado pronto nunca sabe cuál de los dos ha probado.»
MARLENE KRAUS
A las seis y diez, la taza desportillada estaba en el escurridor.
Lavada. Boca abajo. Una gota resbalaba todavía desde el borde hasta el acero del fregadero, despacio, como quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte.
Había oído el coche a las seis menos dos. No había dormido, y la gravilla de la entrada crujió bajo los neumáticos con el ruido exacto de una decisión.
Ha desayunado antes para no desayunar conmigo.
Me senté. Helga llenó la taza azul sin decir palabra. En la cabecera vacía, el periódico doblado esperaba junto al plato, como un perro que espera a su dueño en la puerta.
Dos semanas antes, había oído una sola taza chocar contra un platillo, allá abajo, y el sonido había subido por la casa vacía y se había quedado conmigo.
Ahora la taza solitaria era la mía.
El viernes, lo mismo. Las seis menos dos, la gravilla. A las seis y diez, la desportillada en el escurridor.
El sábado bajé a las seis y diez sabiéndolo ya.
Helga no puso el periódico. Puso mi taza, sirvió y después —por primera vez desde que yo había llegado— apartó la silla de la cabecera y se sentó, con su té, en el sitio exacto donde debería haber estado un hombre de camisa blanca.
La miré. Ella miró hacia la ventana.
—Una mesa con una sola persona se enfría más deprisa, señora —dijo.
Se quedó allí hasta que terminé, como quien le guarda el sitio a alguien que quizá no vuelva.
Sabía lo que estaba pasando. Un hombre que besa de esa manera y después dice esto no puede volver a pasar con la voz rota no está huyendo de la mujer. Está huyendo de lo que ha hecho.
Saberlo no ayudaba.
Así que hice con aquel beso lo único que sé hacer con algo vivo que todavía no está listo: lo guardé a oscuras.
Una lager necesita semanas de frío. Quien abre el tanque antes de tiempo prueba una cerveza verde, con sabor a manzana cruda: no es defecto ni virtud, solo algo que todavía no sabe lo que va a ser. Todo cervecero de Regensburg lo aprende a los doce años. No se abre. No se prueba.
Tenía un tanque cerrado en el pecho y ninguna fecha de apertura.
***
Regensburg me recibió con el festivo y el patio de la cervecería vacío, porque hasta Sepp libra el Día de la Unidad.
Frieda estaba en la cocina de casa, encima del despacho de mi padre, comiendo pan con mermelada directamente del cuchillo. Levantó la vista cuando entré. Tardó dos segundos.
—Lo has besado.
Alcé la barbilla.
—No.
—Has alzado la barbilla. —Lamió la mermelada del cuchillo, sin ninguna prisa—. Solo alzas la barbilla cuando es verdad.
No contesté, lo cual, en nuestra familia, es una forma bastante completa de contestar.
Frieda soltó el cuchillo.
—¿Y?
—Y él lleva tres días seguidos huyendo de la mesa del desayuno.
—Cobarde.
—No. —La palabra me salió más deprisa de lo que yo quería—. No es eso.
Me miró con su cara de química, la que pone en el laboratorio cuando una reacción no sigue la ecuación. Después sacó el móvil del bolsillo de la sudadera.
—¿Quieres que lo busque?
—¿El qué?
—Lo de su mujer. El nombre, cómo fue, dónde fue. —Ya estaba desbloqueando la pantalla—. Sale en cualquier web, Marlene. Lo leo en dos minutos y te hago un resumen.
Dos minutos. Seis años de silencio de una casa entera, resueltos entre el pan y la mermelada.
—No.
—¿Por qué?
Porque él me dijo una frase. Una sola, en un semáforo en verde, con el coche parado. Ella tocaba el piano mal y fuerte, y en la casa había ruido.
—Porque él me contó una cosa —dije—. Una. Y si leo el resto en una web, lo que me contó se queda en una nota a pie de página.
Frieda se quedó un rato callada. Después guardó el móvil, despacio, como quien guarda un cuchillo que ha decidido no usar.
—Estás peor de lo que pensaba.
—Peor. Ni siquiera estoy intentando mejorar.
Volvió a coger el cuchillo, examinó la mermelada y dijo, sin mirarme, en un tono tan despreocupado que solo podía estar ensayado:
—El doctor Brandt me ha escrito.
—¿Lukas?
—El doctor Brandt. —Untó mermelada en un pan que ya tenía mermelada—. Por la foto del Oktoberfest. Quería saber si estabas bien.
—¿Y qué le has contestado?
—Que se lo preguntara a su amigo. —Una pausa—. Luego él me ha contestado otra cosa.
—¿El qué?
—Nada. Cosas de abogado.
Tenía las orejas rojas. Mi hermana, que había desmontado a un novio de la facultad con dos frases en mitad de una fiesta, con las orejas rojas por culpa de unas cosas de abogado.
Iba a comentarlo. No lo comenté. Porque mi padre subió la escalera del despacho con un sobre abierto en la mano, y tenía la cara del color del papel.
***
La carta había llegado el viernes. Mi padre deja que las malas cartas duerman una noche, como quien deja reposar el mosto antes de ver en qué se va a convertir.
Oberauer Gastronomie. Treinta Wirtshäuser en Múnich, con la cerveza Kraus en el grifo desde hacía veintidós años.
Les comunicamos que, debido a la reestructuración de nuestra política de proveedores, el contrato de suministro con la Brauerei Kraus no se renovará a partir del 1 de noviembre.
La leí dos veces. Hice la cuenta de cabeza. Casi un tercio de la facturación, saliendo por la puerta en tres líneas educadas.
—Reestructuración —leyó Frieda por encima de mi hombro—. Bonita palabra para decir cobardía.
Mi padre se sentó a la mesa de la cocina. Puso sobre el mantel sus dos manos grandes.
—Anton Oberauer juega al golf con Friedrich von Arnim los domingos —dijo—. Desde hace veinte años.
Nadie tuvo que decir nada más.
El capital de mi marido había pagado la deuda, el compresor, la cebada de Sepp. Lo que no podía pagar eran treinta tabernas que habían decidido, un domingo de golf, que nuestra cerveza sabía a escándalo.
—Llama a tu marido —dijo mi padre.
—No.
Me estudió como estudia una muestra a contraluz.
—Él te lo resuelve con una llamada, hija.
—Precisamente por eso.
Si lo llamo, lo resuelve. Compra a Oberauer, compra el golf, compra el domingo. Y yo vuelvo a ser la pieza que alguien saca del tablero de otro hombre.
No. Esta vez, no.
Fui hasta la ventana. Al otro lado de la calle, el puente, con sus dieciséis arcos, hacía lo que lleva novecientos años haciendo: aguantar.
—Voy a vender en Múnich —dije—. Puerta a puerta. Taberna por taberna. No todo el mundo en Múnich juega al golf.
—¿Y luego? —preguntó mi padre.
Me di la vuelta.
—Luego hacemos la fiesta.
Frunció el ceño. Frieda dejó de masticar.
—Los ciento cuarenta años, papá. En diciembre. El patio abierto, la ciudad entera aquí dentro, el Christkindlmarkt al otro lado del puente. Música. Cerveza nueva. —Alcé la barbilla—. El Barón quiere a la Brauerei Kraus callada. Pues va a hacer ruido.
—¿Con qué dinero? —preguntó mi padre.
—Con cerveza. Es lo que tenemos.
Frieda sonrió. Despacio. La sonrisa de cuando era pequeña y yo me inventaba un juego prohibido.
—Y ruido —dijo—. De eso tenemos de sobra.
Mi padre no contestó. Miró hacia la puerta del despacho, allá abajo, donde el cuaderno de mi madre seguía cerrado sobre la mesa. Y le cruzó por la cara algo que no era aprobación —todavía no—, pero era pariente cercana.
Cuatro ingredientes. Nada escondido. Si alguien en esta historia iba a jugar limpio, que fuera la cervecería.
El teléfono sonó a las siete de la tarde.
Un número que había guardado en la gala y nunca había usado. Contesté en el patio, con el frío del río subiendo por los adoquines.
—Señora Von Hagen. —La voz de Lukas, educada, con un cansancio que parecía antiguo—. Disculpe la hora, y el festivo. El Tribunal Administrativo ha fijado fecha para la inspección sobre el terreno. El viernes dieciséis, a las diez de la mañana. En la cervecería.
Cerré los ojos. Trece días.
—Gracias, Lukas.
—Él me ha pedido que la avise.
Abrí los ojos.
—¿Y él no puede llamarme?
Al otro lado, un silencio. No era el silencio de quien busca la respuesta. Era el de quien ya tiene la respuesta y está decidiendo si le está permitido decirla.
—Poder, puede —dijo Lukas por fin.
Una pausa.
—No es capaz.