Sustituida en el altar CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

«Hay lugares a los que no se va de visita. Se vuelve. Y la diferencia está en quién te abre la puerta.»

MARLENE KRAUS

Regensburg huele a Danubio y a malta, y ninguno de los dos pide permiso.

Me bajé del coche en el patio de la cervecería a las ocho de la mañana del miércoles, con unos vaqueros que Bastian había ido a buscar a casa de mi padre y unas botas que aún tenían barro de la última cosecha de lúpulo.

Cuatro días en Múnich y ya había olvidado cómo entra en el cuerpo el aire de aquí: húmedo, dulce, con ese fondo de cobre caliente que sale por la chimenea del Sudhaus desde las seis.

Casa.

No era la villa de mármol. No era el cuarto de invitados con el vestido en la funda de plástico.

Era aquello: un patio adoquinado, un portón de hierro de 1886 con las iniciales K.B.

oxidadas y, al otro lado de la calle, el Steinerne Brücke cruzando el río con sus dieciséis arcos de piedra, exactamente como lo cruzaba desde hacía novecientos años.

Me quedé un segundo mirando el puente. Había crecido debajo de él. Había aprendido a nadar en el brazo muerto del río, allí, a la sombra del cuarto arco. Nunca lo había visto caerse.

Nadie lo ha visto nunca. Por eso nos fiamos.

Empujé la puerta del Sudhaus.

El calor me recibió antes que la gente. Luego vino la gente: Jonas el primero, con el mono de trabajo, el pelo color paja pegado a la frente, bajando la escalera de la caldera de dos en dos peldaños.

—Has vuelto.

—Vivo aquí, Jonas. Más o menos.

Se rio —la risa de quien creció en la misma calle que yo, de quien me vio perder el primer diente y el primer novio y, ahora, el primer prometido—.

Me abrazó oliendo a mosto. Detrás de él, los demás fueron apareciendo, uno a uno, desde los rincones de la nave: el viejo Sepp, de la molienda; las gemelas, de la línea de embotellado; Ludwig, del almacén.

Doce. Los conté sin querer, como hacía todos los días, y los doce estaban allí, quietos, con la cara de quien espera un despido con la taza de café en la mano.

—No cerramos —dije.

Eso fue todo. No di explicaciones. No podía.

Fui hasta la cafetera del rincón, esa que hace más ruido que café, y llené la jarra, y empecé a servirles uno a uno, como todos los miércoles, y la nave, poco a poco, volvió a hacer ruido de nave.

Alguien encendió la radio. Sepp protestó por la radio.

La caldera de cobre —la de 1897, la que mi bisabuelo le compró a una abadía en quiebra y que todavía hoy calienta mejor que cualquier tanque de acero inoxidable— soltó el suspiro de siempre.

No tenía un plan. Tenía café. A veces es lo mismo.

—¿Sabe él que estás aquí? —preguntó Jonas en voz baja, mientras yo le llenaba la taza.

—Lo sabe todo. Es su pasatiempo.

—¿Y qué quiere de nosotros?

Miré la caldera.

—Todavía no lo sé —respondí—. Pero hoy lo averiguo.

***

Mi padre estaba en el despacho.

La habitación no había cambiado desde los tiempos de mi madre: la mesa de roble, la ventana al río, la estantería con los libros de contabilidad encuadernados por décadas. Y él, sentado detrás de la mesa, con el cuaderno abierto delante.

El cuaderno.

Lo reconocía de lejos: tapas de cuero marrón, el lomo gastado, las hojas amarillentas.

Las recetas de la Brauerei Kraus, desde la primera Helles de 1886 hasta hoy, cada una con la letra del maestro cervecero de cada época.

Las últimas treinta páginas tenían la letra de mi madre: menuda, inclinada, con las cantidades subrayadas dos veces.

Había sido la única mujer en firmar aquel cuaderno. Yo quería ser la segunda.

Cerró el cuaderno al verme.

—Papá.

—Marlene.

Me senté frente a él. Parecía más viejo que el sábado, algo que no creía posible. Pero tenía los ojos vivos, y me estudiaban.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Todo el mundo me pregunta eso.

—Porque nadie se cree la respuesta.

Me reí. Él casi se rio.

—La deuda está cubierta, papá. Él ha firmado. La fusión se ha cumplido. —Puse la mano sobre la mesa—. El banco ya no va a venir.

—El banco no. —Miró por la ventana—. Pero siempre viene alguien, hija. Siempre.

Cogió el cuaderno y lo giró hacia mí, cerrado. Dejó la mano encima.

—Aquí está la última receta de tu madre. La escribió la semana en que enfermó. —Su voz no cambió; lo que cambió fue el dedo, alisando el cuero—. Le puso nombre. No le dio tiempo a hacerla.

¿Qué nombre?

No lo pregunté. Lo sabía. Tenía catorce años, y aquella vez también había visto el título de la página antes de que ella cerrara el cuaderno. Solo que nunca lo había abierto.

—Cuando sepa qué clase de hombre es tu marido —dijo mi padre—, lo abro.

No era una amenaza. Era su forma de decir que seguía estando de mi lado, y que su lado no salía gratis.

Asentí.

Fui a la nave, a la mesa de acero de la sala de cocción, y abrí el portátil sobre un charco de mosto seco.

Le pedí a Jonas el coste por hectolitro de los últimos tres meses.

Le pedí a Sepp el precio de la cebada que no compraba desde abril por falta de dinero.

Les pedí a las gemelas la lista de las botellas que la línea ya no conseguía cerrar porque el compresor se había muerto en mayo.

Sumé.

La cifra era grande. Era menor que la tercera fila de una iglesia de Múnich.

Podía pedirlo. Podía mandar un correo de dos páginas explicando, justificando, agradeciendo, con una hoja de cálculo adjunta y cinco planes de contingencia, y esperar sentada la respuesta de un hombre que responde a las preguntas con preguntas.

O podía hacer lo que he hecho siempre.

Abrí el correo. Escribí dos líneas.

Voy a reorganizar la Brauerei Kraus con el capital que prometiste. No estoy pidiendo. Estoy avisando. M.

Lo envié antes de leerlo por segunda vez.

No pedí. Avisé. Era la diferencia entre casarse y que te casen.

Cerré el portátil. Jonas me miraba desde la escalera de la caldera, con cara de haber entendido la mitad y de no gustarle la otra mitad.

—¿Qué has mandado?

—La verdad.

—¿A él?

—¿A quién si no?

Iba a contestar. No contestó, porque el portón de hierro chirrió —el de 1886, que nadie engrasa desde hace diez años— y el ruido de neumáticos sobre los adoquines atravesó la nave entera.

Fui hasta la puerta.

Un coche negro entraba en el patio, largo, sin nada escrito, y se detuvo junto a la caldera vieja que usamos de macetero.

Una hora y cuarenta minutos de Múnich a Regensburg. Yo había mandado el correo hacía doce.

Ya estaba de camino antes de leerlo.

Había venido.