Sustituida en el altar CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

«La guerra de verdad no se declara. Ya estaba allí, esperando a que alguien la llamara por su nombre.»

KONSTANTIN VON HAGEN

Lunes.

El lunes en que iba a comprar una cervecería, a las nueve, con la propuesta de Lukas en la carpeta y Otto Kraus al otro lado de la mesa. En lugar de eso, estaba en la sala de reuniones de la planta catorce del Arabellapark, con la propuesta en un cajón, y era dueño de una esposa.

Dueño no. Responsable. Es otra cosa.

¿Seguro?

Lukas no se sentó. Nunca se sienta cuando está enfadado; camina, y el suelo de madera clara de la sala crujía en el mismo punto a cada vuelta.

Treinta y nueve años, el traje siempre un poco demasiado arrugado para el abogado de una cuenta como la mía, el único hombre de Múnich que me llamaba por mi nombre sin mirar antes la acreditación.

—Empecemos por el principio —dijo—. Porque necesito oírte decir que todavía tiene sentido.

—Lo tiene.

—Eso déjame decidirlo a mí.

Se detuvo ante la cristalera. Abajo, la Effnerstraße, el tráfico de un lunes por la mañana, la ciudad funcionando como si no se hubiera pasado el fin de semana hablando de mí.

—El terreno. —Empezó a contar con los dedos, una costumbre de los tribunales—.

La Brauerei Kraus está a orillas del Danubio, pegada a nuestra parcela de Regensburg.

La fábrica de baterías empieza las obras en enero.

La cervecería tiene derechos de agua registrados en 1886, anteriores a cualquier cosa nuestra, y quien tenga esos derechos puede paralizar la captación de la fábrica durante dos años, quizá tres, con solo presentar la solicitud.

—Lo sé.

—Ya sé que lo sabes. Me lo estoy diciendo a mí.

—Dobló otro dedo—. El Barón quería la cervecería a través de la fusión, Philipp se casaba con la hija, la familia Von Arnim entraba en el accionariado y, con los derechos de agua en la mano, se sentaba frente a ti a negociar la ampliación.

Era la cabeza de puente. Era el único activo que todavía estaba en condiciones de comprar, y lo iba a comprar con su hijo.

Con su hijo. Como siempre lo ha pagado todo.

—Y la semana pasada —continuó Lukas, más despacio— la Von Hagen Holding le compró al banco la deuda de la Brauerei Kraus. Lo que hizo que la fusión ya no le sirviera de nada. Lo que hizo que el hijo no apareciera. Lo que te puso en la tercera fila, y después en el altar, y ahora aquí.

Volvió a caminar.

—La cesión está firmada, pero todavía no está inscrita. Quiero llevarla hoy al registro. Con fecha de hoy. —Me miró—. Lunes, siete de septiembre. No miércoles.

Le sostuve la mirada.

Entendía lo que me estaba ofreciendo. No era ilegal: el registro es el registro; la fecha del contrato queda en el contrato. Era una segunda capa de papel entre el miércoles y cualquiera que fuera a buscar. Una tolerancia adicional en el proyecto.

—Regístrala —dije.

Asintió. No pareció aliviado.

Está hecho. No va a aparecer. El mensaje del miércoles por la noche seguía en mi móvil. No lo había borrado. No sabía por qué.

Sonó el teléfono de la sala. Lukas contestó, escuchó, y su mandíbula hizo algo que yo conocía de la mía.

—Está en el vestíbulo —dijo—. Pide cinco minutos.

No hizo falta que dijera quién.

***

Friedrich von Arnim entró en la sala como entra en todas partes: como si llegara tarde a una reunión que era suya. Traje gris, la corbata del color exacto de la que llevaba en la iglesia. Sesenta y tres años y ni una cana fuera de su sitio. No me tendió la mano. Yo tampoco.

—Von Hagen.

—Barón.

Nos quedamos de pie, los dos. Lukas se apoyó en la cristalera, de brazos cruzados, con la expresión de quien va a contar cada palabra para usarla después.

—Le ha quitado la novia a mi hijo.

—Su hijo la dejó plantada en el altar. —No levanté la voz. Nunca la levanto—. Yo solo estaba sentado cerca.

—En la tercera fila. En mi lado. —Dio un paso—. Y aceptó mi invitación para eso.

—Acepté su invitación para ver casarse a su hijo. No se casó. Me adapté.

Silencio. El Barón me midió de arriba abajo, como si buscara en mi traje algo a lo que agarrarse.

—Es una cervecera de Regensburg. Usted lleva seis años sin mirar a una mujer. Todo Múnich lo sabe. —La voz suave. Siempre la voz suave—. Usted no se levantó por ella.

No.

¿Entonces por qué?

—¿Cree usted —continuó, y ahora había algo casi amable en el tono, lo que era peor— que ella va a seguir riéndose de esa manera cuando sepa por qué se levantó? ¿Cuando sepa lo que compró el miércoles? ¿Lo que le ha hecho a mi familia en los últimos tres años?

Mandíbula trabada. Los puños cerrados junto al cuerpo, donde él no los veía.

—Lo que le he hecho a su familia —dije, despacio— es una fracción de lo que su familia merece. Usted lo sabe. Yo lo sé. Y un día, Barón, tendré el papel que lo demuestre.

No parpadeó. Pero la mano derecha, la que usa para abrocharse la chaqueta, se cerró levemente.

—Cuidado con lo que desentierra, Von Hagen. A veces el hoyo es más grande que el muerto.

Lo sé. Lo cavé yo.

—¿Es una amenaza?

—Es un consejo. —Se abrochó la chaqueta—. La amenaza es otra. Usted entró en mi iglesia, en mi lado, y salió con mi pieza. Yo voy a entrar en su casa. Hoy no. Pero entraré. Y ella me abrirá la puerta, porque usted no le habrá contado nada.

Se dio la vuelta. En la puerta, sin mirar atrás:

—Guerra, entonces.

Salió.

El suelo crujió en el punto de siempre. Lukas descruzó los brazos.

Él no sabía por qué me había levantado.

Yo tampoco.

Fui hasta la cristalera. Allá abajo, a catorce plantas de distancia, un hombre de gris salía del edificio y subía a un coche oscuro que ya lo estaba esperando. La ciudad no le prestó atención.

—Konstantin.

—¿Qué?

—¿Se lo vas a contar?

No me volví.

—¿Contarle qué?

Lukas tardó en contestar. El suelo no crujió; había dejado de caminar.

—Eso es lo que quiero saber —dijo.