CAPÍTULO 5
«La ley de la cerveza tiene cuatro ingredientes y ningún secreto. Tardé años en aprender que no todas las casas siguen la misma ley.»
MARLENE KRAUS
Olor a café.
Fue lo que me despertó, antes que la luz, antes de acordarme de dónde estaba. Un olor intenso, a grano bien tostado, que subía por una casa que, la noche anterior, no parecía tener cocina: solo pasillos, mármol y una puerta cerrada al final de cada uno.
Bajé con un camisón prestado y calcetines. El vestido de novia se había quedado colgado detrás de la puerta del cuarto de invitados, en la funda de plástico que Helga había traído sin que yo se la pidiera, como algo que una guarda porque todavía no sabe si tirarlo.
La sala del desayuno era pequeña para el tamaño de la casa. Una mesa de madera clara, seis sillas, ventana al jardín. Un cubierto puesto. Uno solo: plato, servilleta y una taza blanca con una mella casi invisible en el borde, en la cabecera. Helga estaba al lado, con la cafetera en la mano.
—Buenos días, señora. Siéntese.
Me senté. No en la cabecera. Miró la taza desportillada, me miró a mí y, sin decir nada, fue hasta el armario, lo abrió y escogió una segunda taza. Azul oscuro, más honda. La puso junto a la otra.
—Él lleva seis años usando la misma —dijo mientras servía—. Usted elige la suya.
Seis años. La misma taza.
¿Qué clase de hombre usa la misma taza durante seis años?
—Esta me sirve —dije.
—Ya pensaba yo que le serviría.
Deslizó hacia mí una tableta, la pantalla ya encendida, con la naturalidad de quien te pasa la mantequilla. Y lo vi.
PLANTADA EN EL ALTAR: el Abendzeitung, letras enormes, una foto mía en la escalinata de la iglesia, con la boca abierta en mitad de una carcajada.
LA NOVIA DE LAS TRES FILAS: la Bunte, que había contado los bancos.
Y, más abajo, más pequeña, una publicación de alguien en Sylt: Philipp en una tarima de madera, con el brazo sobre los hombros de una rubia a la que conocía de unas cuantas cenas. Isabelle von Tessin. Él sonreía. Estaba bronceado. Un día. Se había bronceado en un solo día.
Me reí. Fuerte, sin querer, y la carcajada rebotó en las paredes de aquella sala tan pequeña.
Luego dejé de reírme.
Helga no dijo nada. Sirvió el café en la taza azul, y su silencio era de los que no juzgan: solo esperan a que termines.
El timbre sonó a las seis menos diez.
Frieda entró en la sala del desayuno con una maleta de ruedas, el abrigo encima del pijama y la cara de quien había conducido desde Regensburg de noche ensayando frases. Soltó la maleta. Me miró de arriba abajo: camisón, calcetines, taza azul.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Mentira. —Se sentó frente a mí—. ¿Y él qué quiere?
A mí también me gustaría saberlo.
—Una solución —respondí—. Esa fue su palabra.
Frieda abrió la boca para decir algo sobre su palabra, y no lo dijo. Porque el reloj de pared marcó las seis y diez, y la puerta se abrió, y él entró.
Camisa blanca, sin chaqueta, las mangas aún abotonadas. Afeitado. El pelo oscuro, húmedo en las sienes canosas. Se detuvo nada más cruzar la puerta y miró la mesa —la taza desportillada, la taza azul, mi hermana en pijama— como se mira una línea de producción que amanece con una pieza de más.
—Buenos días —dijo, a nadie en particular.
Se sentó en la cabecera. Helga le sirvió. Bebió un sorbo, dejó la taza en el platillo sin hacer ruido y solo entonces depositó sobre la mesa la carpeta que traía bajo el brazo.
—El contrato de fusión. —La empujó hacia mí, junto a la tableta—. Usted firma como socia de la Brauerei Kraus. Después, la cláusula se cumple y la deuda queda cubierta.
Su voz no subía ni bajaba. Era la voz de alguien que lee un letrero.
Frieda me miró.
Yo miré la carpeta. Treinta páginas, quizá. Un pósit amarillo en la última, donde había que firmar. Él ya tenía la pluma en la mano —la misma de la sacristía— y me la tendía por encima de la mesa.
No la cogí.
—Yo no firmo sin leer.
No retiró la pluma. No pareció sorprendido; pareció, si es que parecía algo, atento.
—Son treinta y dos páginas.
—Entonces me llevará treinta y dos páginas.
Abrí la carpeta. Aparté la tableta —Philipp y su bronceado quedaron boca abajo sobre la madera— y empecé.
Él esperó.
No hizo nada más. No miró el reloj, no cogió el móvil, no le pidió a Helga que le trajera el periódico.
Se bebió el café despacio, sorbo a sorbo, y se quedó allí, en la cabecera, mientras yo pasaba las páginas una a una con el dedo húmedo de café.
Frieda tamborileaba con los dedos. Helga lavaba algo en la pila como quien no escucha.
Del jardín llegaba el escándalo de un pájaro que no sabía que era domingo para todo el mundo menos para mí.
Fermentación, aroma, cuerpo, final. Leí el contrato como se lee una cerveza nueva. Y el regusto que dejaba era el de algo hecho por gente que no se fiaba de nadie.
Página ocho. Las garantías. Página quince. El terreno, los derechos de agua del Danubio: ni siquiera sabía que aquello tenía nombre jurídico. Página veintidós.
Me detuve.
El presente acuerdo se perfecciona mediante el matrimonio, celebrado en esta fecha, de cualquier socio de la Brauerei Kraus.
Cualquier socio.
La leí otra vez. Se me enfriaron los dedos sobre el papel.
Aquella cláusula era la puerta por la que él había entrado.
No era generosidad, no era locura, no era una decisión tomada en diez segundos en el pasillo de una iglesia.
Alguien había escrito aquello, y alguien lo había leído, y el hombre de la cabecera sabía que existía cuando se levantó.
Levanté la vista.
Él ya me estaba mirando. Gris hielo, sin prisa.
—¿Esto ya lo sabías antes de lo de ayer?
El silencio de la salita se quedó en pie entre nosotros. Frieda dejó de tamborilear. Helga cerró el grifo.
—Yo leo contratos —dijo.
No era un no. No era un sí. Era una frase entera que no respondía nada y, precisamente por eso, lo respondía todo; y allí mismo entendí que aquel hombre no mentía. Solo elegía con cuidado lo que decía.
Cuatro ingredientes, nada escondido. Era la ley de la cerveza. No parecía ser la ley de aquella casa.
Respiré hondo. La taza azul se enfriaba junto a la taza desportillada. Doce personas en Regensburg iban a encender la caldera el lunes sin saber si aún tenían trabajo. Mi padre tenía una carpeta azul en la mesa.
Cogí su pluma.
Firmé. Marlene von Hagen, en la línea, por encima del pósit amarillo, con una letra demasiado firme para lo que sentía.
Cerré la carpeta y se la devolví.
—Firmado, Von Hagen.
Se guardó la pluma en el bolsillo de la camisa y se levantó. En la puerta, se detuvo.
—Gracias, señora Von Hagen.
Salió.
No tenía forma de saber que alguien había leído aquella cláusula antes que yo: ni cuándo, ni quién, ni qué había hecho aquel hombre el miércoles anterior a mi boda para estar tan seguro de que iba a necesitarla.