Sustituida en el altar CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

«Un ingeniero sabe cuánto peso aguanta un puente. Lo que no sabe es cuánto peso aguanta quien lo cruza todos los días sin preguntar.»

KONSTANTIN VON HAGEN

Llevaba botas.

Fue lo primero que vi cuando Bastian abrió la puerta del coche: unas botas de cuero gastadas, con barro seco en la caña, quietas en el umbral de una nave de ladrillo.

Después, los vaqueros. Después, la camisa remangada hasta el codo, los antebrazos claros, una mancha oscura de algo a la altura de la muñeca. Después, la cara.

No estaba sorprendida. Estaba esperando.

Doce minutos. Mandó el correo hace doce minutos y sabe que yo ya estaba en la carretera.

¿Y qué? Tenías una reunión en Regensburg. Lo dices y se acabó.

Tenía una reunión en Regensburg. Con el ingeniero jefe de las obras de la fábrica, a las once.

Había adelantado la salida a las nueve por un motivo que no sabía nombrar, y a las diez y veintiocho había llegado su correo —dos líneas, una inicial, ninguna petición— y lo había leído en el asiento de atrás y le había dicho a Bastian que fuera directamente a la cervecería en lugar de a la obra.

No estoy pidiendo. Estoy avisando.

A mí nadie me avisa. La gente me pide cosas, o me informa cuando ya las ha hecho, o me miente. Avisar es otra categoría. Avisar es lo que se hace con un socio.

Me bajé. El patio olía a humo de cobre y a algo dulce que hervía dentro, y el olor a pan caliente que yo conocía de la iglesia no era suyo, después de todo. Era de aquel lugar. Ella solo lo sacaba de allí.

—Lo has leído —dijo.

—Lo he leído.

—Y has venido hasta aquí para decirme que no.

—He venido hasta aquí.

Esperó el resto. No llegó. Levantó una ceja, y después la barbilla, y se volvió hacia la nave.

—Pues entra. Aquí no se habla en el patio. Aquí se habla a la mesa.

La mesa estaba en una sala pequeña, junto a la caldera, con el suelo de piedra pulido por un siglo de suelas. Una mesa larga de madera oscura, con marcas de vasos que nadie había lijado, y una placa de latón en la pared: Stammtisch. Otto Kraus estaba sentado en la cabecera.

No se levantó. Yo no esperaba que lo hiciera.

—Señor Von Hagen.

—Señor Kraus.

—Siéntese.

Me senté. Tenía ante sí una Maß llena, el litro entero, la espuma ya asentada. Deslizó la jarra por la mesa hasta dejarla delante de mí.

—La de la casa —dijo—. Antes de cualquier conversación.

Marlene, apoyada en el marco de la puerta, de brazos cruzados, no dijo nada. Pero sus ojos iban de su padre a mí con algo que no era nerviosismo. Era atención. Como quien observa un ensayo de resistencia y ya sabe por dónde va a ceder la pieza.

Bebí.

Un trago largo, porque un trago corto habría sido peor que no beber. La cerveza era densa, más oscura de lo que esperaba, y el final llegó tarde y se quedó: un amargor seco al fondo de la lengua que no se iba.

Dejé la Maß sobre la mesa.

—Amarga.

Otto Kraus no se movió. Fue ella quien habló.

—Tiene que serlo. —Su voz llegó desde la puerta, tranquila—. El lúpulo es lo que impide que la cerveza sea demasiado dulce para durar.

La miré. Me sostuvo la mirada.

Y el viejo, en la cabecera, sonrió. Por primera vez desde que lo conocía. No a mí, a ella: una sonrisa breve, de medio lado, que le borró diez años de la cara y volvió a encenderse cuando bebió de su propia jarra.

Me lo acaba de explicar como quien se lo explica a un becario. Y a su padre le ha gustado.

A ti también te ha gustado.

Mandíbula trabada. Miré el reloj.

Me sacó de la sala antes de que su padre hiciera la segunda pregunta, y fui, porque no tenía una buena respuesta para la segunda pregunta. Cruzamos el patio, el portón oxidado, la calle. Caminaba deprisa, con las botas repicando en los adoquines, y no se detuvo hasta llegar a la entrada del puente.

El Steinerne Brücke.

Lo había cruzado en coche una docena de veces sin mirarlo. Ahora, de pie sobre el primer arco, con el Danubio pasando oscuro y rápido allá abajo, lo miré. Piedra caliza. Dieciséis arcos, cada uno con su pilar hundido en el lecho. Novecientos años de carga.

—¿Cuánto aguanta? —preguntó Marlene. Tenía las manos apoyadas en el pretil y el viento del río en el pelo.

—¿El qué?

—Eres ingeniero. Lo has mirado como quien hace cálculos. ¿Cuánto aguanta?

Volví a mirarlo. El vano, el grosor, la edad de la piedra, los refuerzos de 1990 que sabía que existían.

—Peso propio: decenas de miles de toneladas de sí mismo.

Carga móvil, hoy, solo peatones y bicicletas, porque nadie en su sano juicio pone un camión encima de un mortero medieval.

Pero, si alguien lo pone, aguanta. Ha aguantado carretas, tropas y novecientos años de crecidas.

—Hice una pausa—. El problema nunca es el peso.

Es la fatiga. Cada paso es un ciclo. Novecientos años de ciclos.

—Y aun así sigue en pie.

—Sigue en pie porque alguien lo mide. Todos los años. Cada pilar.

Volvió la cara hacia mí.

—Crecí debajo de él. Aprendí a nadar en aquel arco de ahí. —Señaló con la barbilla—. Nunca pregunté cuánto aguantaba.

—Debería.

—No. —Sonrió, y la sonrisa fue distinta de la risa de la iglesia: más lenta, más suya—. Yo solo lo cruzaba.

Miré el reloj.

No porque necesitara saber la hora. Porque, si no miraba el reloj, iba a mirarla a ella, y estaba demasiado cerca, con el viento apartándole el pelo de la cara y la mancha de mosto en la muñeca, y yo no tenía un número para aquello.

Las once y cuatro. El ingeniero jefe lleva cuatro minutos esperando en la obra.

—Sobre el correo —dije.

Se irguió.

—Sobre el correo.

—El capital está autorizado. —Giré la muñeca hacia abajo—. Sin límite.

No me dio las gracias. Yo no esperaba que me las diera.

—No te he pedido límites, Von Hagen. —La barbilla—. Te he pedido que no estorbes.

—Yo no estorbo, Marlene.

Solo después de decirlo me oí.

Marlene. No señora. No señora Von Hagen. Su nombre, el de pila, que había leído en un expediente y bajo el que había firmado en un libro parroquial, y que nunca —nunca— había dicho en voz alta.

Ella también lo oyó. Lo vi. Los ojos azules cambiaron de foco durante medio segundo, como quien recalcula, y luego los desvió hacia el río y no dijo nada.

No dijo nada. Pero se quedó.

Había comprado una cervecería. No había comprado a la mujer que se reía dentro de ella. Y aquella cerveza seguía amarga al fondo de mi lengua, como si supiera algo que yo no sabía.

Bastian me esperaba con la puerta abierta y el motor en marcha. Subí. El móvil vibró antes de que el coche saliera del patio.

Lukas: El Barón ha presentado una solicitud de paralización por los derechos de agua. Registrada esta mañana. Quiere el terreno.

Miré por la ventanilla. Ella seguía en la entrada del puente, de espaldas a mí, mirando el río.

No quiere el terreno, Lukas.

Quiere que ella le abra la puerta.