II
Las dos mujeres se echaron un paso atrás. Comprendieron, y dejaron al cantero solo.
—¿Estarás bien?
Elo le preguntó a su suegra. Y como Aldonza no respondió, insistió.
—Ven con nosotros.
Negó. Había envejecido en los últimos meses, le faltaba algo que no podía recuperar. Y la emoción del momento la embargaba.
—No hay otro lugar en el que quisiera estar —dijo Aldonza—. ¿Y vosotros, estaréis bien?, ¿está seguro de que eso es lo que quiere hacer?
Elo asintió. Con convicción.
—Es un cantero. Es un arxina.
Se miraron. Cómplices, como sólo las mujeres saben hacerlo. Entendiendo sin necesidad de hablar de ello.
—Hará algo grandioso en Ourense —profetizó Aldonza.
Y Elo volvió a asentir.