Suseia (Camino de Santiago 2) III
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III

Las escuchaba tras él. Pero Mateo tenía demasiado que contener.

En sus brazos, su hijita abrió los ojos, de un intenso violeta. Y, pese al dolor que lo embargaba, el maese sonrió.

—Él lo construyó.

Señaló con el mentón a la última pieza, la que terminaba la catedral, la que había tallado con las herramientas de su padre, la que acababan de colocar él mismo y Juanchón.

—Él fue quien lo soñó.

Era piedra, aun así, en aquellos dos ojos bajo los cabellos revueltos, había un juego extraño. Uno era más oscuro que el otro.

—Es tu abuelo.

FIN