Suseia (Camino de Santiago 2) Madre y padre
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Madre y padre

I

El Cuatrohostias se rascó el cogote.

—Lo juro por mi madre. ¡Me cago en las babuchas del profeta! Lo encontraré —prometió.

Y Mateo, demasiado ocupado, incluso con la ayuda de Juanchón, se limitó a mascullar algo que pareció una aprobación.

—Tuvo que ser él —insistió el Cuatrohostias con una mano en las costillas.

Y el frade Gutierre intervino:

—Apenas sé de hongos, pero es factible. Algunos son, como suele decirse, frutas del diablo. Se puede perder la cordura.

Regresó el capitán:

—No lo dudes, si ese hijo de puta fuera inocente, no habría huido.

Conciliador, volvió el frade:

—Hay otras causas posibles. Quizá no lo sabremos nunca...

Y el Cuatrohostias miró al frade. Y el muñón de su oreja había subido dos tonos de grana.

—¿Y por qué se ha largado ese malnacido aborto de coneja manca de Cirilo?

Entonces fue Elo la que se acercó a los dos hombres y puso una mano en cada hombro, invitándolos a callarse.

Tras ella, con una sonrisa triste, de barco entre dos olas, insegura, Aldonza sostenía a la pequeña que, tras haber comido, dormía plácidamente en los brazos de su abuela.

Las piedras encajaron con un último rasguño y tanto Mateo como Juanchón se apartaron para contemplar su trabajo.

Los peregrinos iban y venían, pasaban entre ellos, pero no prestaban atención, no sabían que aquella mañana de verano era un día señalado para la catedral de Compostela.

Estaba oficialmente terminada y esa tarde, en una ceremonia a la que asistiría el rey, y el nuevo arzobispo de Compostela, quedaría, por fin consagrada. Como le gustaba al rey, sin alharacas, cumpliendo lo prometido a su padre, pero sin dejar que se supiera lo que había sucedido.

—Tu padre estaría orgulloso —dijo Aldonza con lágrimas temblando en las mejillas.

Todos clavaban los ojos en el parteluz. Todos.

Por fin se había colocado la última de las piezas, en la base, mirando hacia el interior de la nave principal.

—Es la mejor de todas —declaró Juanchón—, mejor incluso que el profeta Daniel.

El Cuatrohostias asintió.

—Como dos gotas de agua. Es él —admitió el rijoso capitán, sin blasfemias.

Elo se acercó a su esposo y lo tomó de la mano. Mateo no podía hablar, tenía un nudo en la garganta.

Y Juanchón comprendió que había llegado el momento de dejar sola a la familia.

—Si no me necesitas —le dijo a maese Mateo—, iré a preparar las cosas. Y a hablar con ellos. Siguen preocupados por lo de Ourense.

El frade intervino:

—Sé de buena tinta que faltan años, tendréis trabajo por mucho tiempo, esa catedral aún tiene mucho por hacer.

El gigantón asintió y, dando un paso atrás, animó a los otros a retirarse también.

Hubo despedidas y adioses, sabían que volverían a verse, Ourense no quedaba lejos. Pero Mateo no dijo nada. No podía. Tenía los ojos atrapados por aquella última pieza al pie del parteluz.

Su madre y su esposa lo rodearon. Y Mateo, sin una sola palabra, tomó a su hija en los brazos y se arrodilló con ella frente a la escultura, que miraba con humildad hacia el centro de la nave principal, como si buscase el altar mayor bajo el revoltijo de sus greñas indomables.

Pero si uno se fijaba, si prestaba atención, descubría que no miraba hacia el altar, sino hacia aquella magnífica Virgen que presidía el coro.

Cada tarde, la luz se colaba por el rosetón que dominaba el piso más alto y, como la misma gracia divina, encendía el oro que decoraba el coro. Y encendía el rostro de aquella Virgen, con una mejilla enmarcada por un revoltoso mechón.

Era Aldonza.