Suseia (Camino de Santiago 2) XXIV
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Sólo había cascotes.

Una pila de grava. Los descartes de una cantera.

El rey se volvió de inmediato hacia el arzobispo. Más de uno de sus hombres llevó la mano al pomo de la espada. A los que estaban acostumbrados a la guerra no les gustaban las sorpresas, y su mejor respuesta era siempre el hierro.

Los canónigos empezaron a cacarear excusas mientras el arzobispo, en silencio, buscaba en la multitud.

Buscaba al gordo, pero el gordo García Rodríguez estaba camino del puerto de Xubia, donde pensaba embarcarse para cerrar negocios en Inglaterra, largos negocios.

Buscaba a Lamas, o a alguno de los jaques de Nathanael. Pero del prestamista judío se había encargado el Cuatrohostias. Lo había encontrado su sirvienta, en la cama en la que llevaba tanto tiempo preso. Muerto. Un cirio entre las sábanas.

—Un puto acto de misericordia cristiana —había contado el mismo Cuatrohostias.

Buscaba al conde de Traba, pero el conde de Traba, que se olía el percal, daba tímidos pasos atrás con los ojos gachos.

Hasta que cayó al suelo con estrépito, en medio de un revuelo en el que sólo hubo dos cosas que no se movieron, el bastón del viejo señor de Pambre y su sonrisa, cincelada en un rostro lleno de arrugas.

—Ya me puedo morir a gusto —le diría esa misma noche a su asistente cuando le ayudaba a desvestirse—. Zafó de la anterior, pero de ésta no lo libra ni el diablo en persona.

No encontraba a nadie el arzobispo Suero.

Buscaba y no encontraba.

Y a quien finalmente encontró, no lo buscaba.

Bajó desde la tribuna, por las escaleras que su padre había diseñado y construido.

—Es mentira.

Suero siempre había ido tres preguntas por delante. Y lo gritó en cuanto vio al joven maese.

—De no haber sido por mí —sentenció Suero—, por Compostela, no seríais rey, recordad las Cortes de León.

El rey, que tenía la retorcida sonrisa de quien conoce la traición, no se molestó en contestar al arzobispo. Y, para entonces, Mateo, el hijo, ya estaba a los pies del pórtico de azul y oro que su padre había construido.

Suero no se arredró. Se acercó, con aquel aspecto de leñador. No sabía los detalles, y no le hacían falta. Todo aquello sólo podía significar una cosa.

Así que la amenaza la susurró, para que sólo pudiera oírla el joven maese, para que el rey no supiera lo que decía.

—Acabé con Arrio. Acabé con tu padre. Y acabaré contigo.

El joven maese lo ignoró. Siguió caminando, y el rey Alfonso estuvo seguro de que le traían explicaciones.

Se equivocó. No fue el cantero el que se las dio. Tras él venía aquel capitán al que le faltaba una oreja, sujetándose las costillas.

—Déjalo —ordenó el rey a su propio capitán.

Y el Cuatrohostias, sin olvidarse de una reverencia, se quedó junto al rey y empezó a hablar.

El arzobispo Suero se volvió hacia ellos.

—No creáis ni una palabra —le ordenó al rey, que inclinaba el rostro hacia el discurso de Ruy Ansúrez.

Y se revolvió hacia el joven maese, hacia el hombre al que le había dado una responsabilidad enorme para verlo fallar.

—Me las pagarás —le espetó.

El cantero lo miró con aquellos ojos, ambos del azul profundo del mar. Los dos iguales.

—Dicen que sigue vivo, dándose cabezazos contra las paredes —repuso Mateo impávido—. Dicen que lo tiene preso en Altafría y que cada día, invierno o verano, cada día. Lo llevan hasta el río Cea y lo obligan a meterse dentro del agua de tercia a sexta.

El arzobispo no supo de qué le hablaban, y aquel hoyuelo suyo hizo un extraño.

—Podía haberte colgado, las grúas de rueda aún siguen allá —señaló Mateo allende la Puerta de la Trinidad.

El hoyuelo intentaba recomponerse.

—Podía haberte destripado como a un gorrino —continuó Mateo—. Tu capitán no te hubiera protegido, es más, tuve que convencerle para que no lo hiciera él mismo.

—No os creerá.

—Sí. Lo hará —rebatió Mateo inapelable.

El Cuatrohostias le entregaba al nuevo mayordomo real un tomo.

—Son las cuentas de mi tío. Un hombre meticuloso, una pena que haya decidido embarcarse.

El hoyuelo se quedó quieto.

—Dicen —continuó Mateo—, que por las noches se le oye aullar. Dicen que se ha vuelto loco.

—No sé de quién hablas...

La sonrisa de Mateo, tan radiante como la del mismo Daniel, allí a unos pasos, hecho en piedra.

—De Armengol, de quién va a ser. Y estoy seguro de que queda en Altafría alguna otra torre con una habitación vacía.

No se molestó en escuchar lo que tenía que responder. No había necesidad, dos de los hombres del rey ya se acercaban al arzobispo para apresarlo.

Y Mateo continuó hacia el borde mismo, bajo el pórtico que había levantado su padre.

Miró a la explanada de la Trinidad, hacia la multitud confusa.

El pórtico imponente, azul y dorado, iluminaba la Trinidad completa.

Y Mateo le habló a la multitud, como lo habían hecho dos reyes ya.

—Vendrán de todos los rincones del mundo. Hoy, mañana. Dentro de un año. De cien. De mil. Vendrán. Virán. Aquí hay esperanza.

Miró de un lado a otro, a sus espaldas los hombres del rey hacían su trabajo, el arzobispo desaparecía. Y el conde de Traba. Y el rey sonreía con una sonrisa que era la de su padre.

—¡Aquí hay fe! ¡Hay redención!

La multitud no apartaba los ojos.

—¡Pero hay algo que no hay y que no habrá!

Dio Mateo otro paso más.

—¡No hay puertas!

Y braceó. Sacudió las manos. Para invitar a todos a entrar, para consagrar la catedral sin misas o ceremonias. Así lo había querido un hombre bueno que se había perdido.

Y las gentes de la Trinidad dudaron. Pies inquietos, miradas nerviosas.

—No es del obispo. No es del rey. La catedral...

Fue un paso. Y luego otro. Mateo temblaba. Contenía las lágrimas. Intentaba mantenerse en pie. Y más pasos, de las gentes, de los niños. De los pobres, de los ricos. De los peregrinos.

—La catedral...

Fue como si la mañana se librase de la helada. Las palabras de Mateo derritieron el miedo de las gentes. Un paso más, otro más.

—¡Es vuestra!

Y la catedral de Compostela se llenó de gente. De su gente.