Suseia (Camino de Santiago 2) XXIII
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Una vez más, la tercera, la Trinidad rebosaba.

Pero esta vez no había un grupo de saltimbanquis. Tampoco una cabra. Ni vendedores de buñuelos.

Tampoco chicuelos buscando qué robar. Más bien, daba la sensación de que, de un momento a otro, una mitad iba a atacar a la otra.

Tras más de un siglo en obras, casi un siglo y medio, la catedral de Compostela iba a ser consagrada.

Pero no todos estaban allí para celebrarlo.

Alarcos había caído y, mientras Castilla se preparaba, en tanto Aragón se decidía, al tiempo que Navarra tomaba posiciones, cuando incluso caballeros de renombre habían cruzado el Pirineo para vengar a la cristiandad, el rey de Galicia y León se negaba a formar parte de la alianza.

El arzobispo Suero, sin grandes galas, limpio y aseado, esperaba bajo el pórtico, reluciente en azul y oro. Lo rodeaba, como siempre, una bandada de canónigos y, desde el coro, aupada en los ecos de la nave, sonaba una candorosa melodía que no cuadraba con los ánimos de la explanada.

Tampoco con los reojos entre nobles y comerciantes. Ni entre los notables de Compostela.

El que no desconfiaba ya, husmeaba el aire buscando razones para hacerlo.

El lugar zumbaba como un avispero.

Y sólo hacía falta un chiquillo travieso dispuesto a lanzar una pedrada.

Compostela ya había ardido una vez, casi cien años antes, y a punto habían estado de matar a su arzobispo y a la reina emperatriz.

Y podía arder de nuevo, había estado a punto de arder.

Un incendio se había contenido esa mañana.

Aún se buscaban los cuerpos del joven maese Mateo y de su esposa, entre las cenizas y los carbones humeantes.

Una triste noticia.

El vibrante murmullo de la explanada cesó cuando aparecieron los caballos de vanguardia.

Llegaba la comitiva real.

Y el rey, montado en un espléndido alazán, le susurró algo a su fiel capitán, justo tras él.

—¡Atentos!

Qué mejor momento que aquél para que la sabandija de su primo intentase algo.

Avanzaba entre espinos cerrados. Pisaba cristales rotos. Bastaba con que alguien se atreviese, que alguien fuera el primero, y no habría manera de pararlos.

Se suponía que aquel día de primavera del año del Señor de mil doscientos once se iba a celebrar una misa para consagrar la catedral, sin embargo, podía celebrarse un funeral.

Todo estaba preparado.

Hubo un abucheo. Alguien contestó con un viva para el rey. Pareció por un momento que la explanada se desbordaría, pero aguantó cuando se hizo el silencio, como un balde a punto de rebosar.

Saludos, reverencias. Mentiras. Falsedad.

Incluso el de Traba disimuló, y pena que ya no estaba el de Vimianzo para que el señor de Pambre, con su bastón y su gota, con el rostro lleno de arrugas, pudiera intercambiar algún chascarrillo.

Y los notables, los ricos, los mercaderes, los nobles atiborraron la catedral. Faltaba sólo una cosa por hacer antes de dirigirse al altar sobre los restos del mismo apóstol y comenzar la misa.

Y lo que faltaba, tras el azul y el oro del pórtico, aguardaba cubierto con un pañolón de terciopelo que enseguida rodearon tres canónigos.

El rey colocaría la última pieza, anunció un vocero del obispado, el mismo tipo cojitranco, bien lavado y rojo de frotarse con jabón, que daba los pregones por la ciudad cuando al Cuatrohostias le daba pereza encargarse.

El rey remataría por fin la catedral de Compostela.

Y los canónigos, aleteando, retiraron el terciopelo.

Se suponía que debía ser una pieza espléndida.

—Un precioso ángel alado —había anunciado el arzobispo al nuevo mayordomo real, que había heredado el incómodo puesto de aquel Armengol.

El terciopelo cayó al suelo.

Y la exclamación recorrió la catedral de punta a punta.

No había ángel. No había alas.