XXII
No era un hombre de tacto. Por eso llevaba el apodo que llevaba. Pero el Cuatrohostias supo que poco importaba. Había llegado tarde, y ya no importaba que siguiera haciéndose tarde.
Aún la mañana comenzaba. Aún estarían los frailes con sus misas de tercia. Los carros llegando a Compostela para vender en Mazarelos. Los primeros peregrinos atravesando las puertas de las murallas.
Ya no importaba que se hiciera un poco más tarde.
Esperó.
Y era un tipo bragado. Lo único que le había ablandado el corazón en toda su puta vida había sido la sonrisa de Lambra. Pero allí, bajo aquel pórtico de azul y oro, lloró.
Lloró cuando el hijo se puso en pie llevando el cadáver del padre.
Jamás había visto, tampoco había vivido más que en campos de batalla, putiferios y calabozos, jamás había visto tanta ternura.
Sólo cuando el único de los dos Mateos que podía caminar dio el primer paso, sólo entonces habló.
Pero, como le había pasado a Mateo, no acertó con las palabras.
—Arrio...
Dudó el Cuatrohostias.
—Tu padre...
Tenía tanto que contar, la verdad abultaba tanto que no sabía por dónde empezar y mucho menos cómo terminar.
—¡Me cago en el profeta! ¡Escucha, tu padre...!
Mateo no le dejó terminar.
—Lo sé.
Calmado. Sereno. Caminando, con el cuerpo en sus brazos, saliendo de la catedral bajo aquel Pórtico de la Trinidad.
—No, por la madre que te parió, tienes que escucharme, ¡hostia! ¿Cómo cojones vas a saber?
Se marchaba. Y, sin detenerse, el hijo miró una sola vez el rostro de su padre.
—No lo sé, pero lo sé... Yo.