XXI
Arrodillado, bajo el pórtico, sujetaba a su padre entre los brazos, y su padre miraba aquella Virgen tallada en el frontal del coro, con sus ojos, uno de cada color, apagándose, pero fijos en el rostro de María.
—Topei a máis bella de todas. La más bella.
El hijo asintió, con el corazón encogido, sin querer mirar el charco carmesí que crecía bajo el padre.
Cómo había estado tan ciego, cómo no había podido ver. Cómo se había dejado llevar.
Se consumía entre sus manos, como una vela. Se moría en sus brazos.
—Papá...
Reaccionó, dejó de mirar al coro y miró a su hijo. En su rostro había orgullo. En su rostro había amor. Sus ojos, uno de cada color, cobraron fuerza por un momento.
—Papá, lo siento.
Como el Cuatrohostias, la sonrisa llegó tarde, renqueando, sujetándose un costado. Pero llegó. Mirando el azul y el oro.
—¡Ábrelo! Para omnes. Que no lo cierren. Para todos.
Padre e hijo hablaban separados por un mundo, por una vida entera.
—No es del obispo. Non est do episcopo. Non est da ecclesia. Es de todos, ¡de todos!
El hijo no escuchaba. Tenía demasiado que arrancar de las entrañas. No escuchó aquel eco del viejo Remigio, de su abuelo Arrio. No escuchó a su padre regresar al pasado. A aquel trozo de cuero aceitado.
—Lo siento, no debí, yo...
Ahora era el hijo el que no sabía cómo explicarse. Qué explicar. No sabía.
Pero el padre sí sabía.
El padre apartó la mano de la herida, aquella mano que conservaba las cicatrices de dos noches de helada. La sangre escurría en esas cicatrices, trazos blancos perdidos en el rojo. Y la apoyó en el rostro de su hijo. Lo miró, con aquellos ojos, uno de cada color.
No había pórtico. No había catedral. Sólo un padre y un hijo. Frente a frente.
—Tus gorriones eran millores...
El rostro sonreía. Los ojos, uno de cada color, sonreían. La mano, ensangrentada, abarcó el pórtico, el coro, la catedral entera.
—Millores...
Y la mano cayó en la piedra.
La piedra había cobrado su precio.