Suseia (Camino de Santiago 2) XIX
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XIX

Félix se lanzó contra los dos, contra el padre y el hijo, abrazados. Se lanzó para ensartarlos a los dos juntos con la embestida.

Lo oyeron, los dos lo encararon.

Y el padre, al comprenderlo, reaccionó. Se echó contra aquel indeseable, dispuesto a clavarse la daga en las tripas. A ensartarse. Lo que fuese para detenerlo.

Lo cogió por sorpresa. No pudo reaccionar a tiempo. Ni siquiera pudo estirar la mano. No pudo cogerlo. Tirar de él.

El hijo no pudo.

El padre se ensartó en la hoja afilada. El hijo gritó.

Y Félix intentó arrancar la daga de las carnes, sacarla de la sangre, pero aquellas manos, fuertes, callosas, manos de cantero con cuarenta años de oficio, no le dejaron.

No podía moverse. El viejo maese lo retenía como un cepo. Lo había atrapado. El jaque no iría a ningún lado, no podría acabar el trabajo mientras el viejo maese tuviese aliento, aunque la daga saliese por la espalda con la vida del viejo prendida en el filo.

—Suelta, xebo.

Félix aún recordaba algunas palabras en la verba de los arxinas.

—¡Suelta! —Félix era desesperación—. ¡¡Suelta!!

La daga entraba y salía. Serraba las carnes, pero las manos del cantero no soltaban, ni siquiera cuando la sangre apareció en la comisura de los labios, bajo aquellos ojos, uno de cada color.

—¡¡¡Suelta!!!

El hijo recogió algo del suelo y se lanzó a por él.

Félix nunca llegó a ser cantero, pero murió con la herramienta de un cantero. La maceta trazó un arco en el aire, y no buscaba un cincel que mordiera piedra.