XVIII
Se emparejaron.
Sin saberlo, el padre se enfrentó a aquel esportillero al que no le había preguntado si era o no ladrón.
El hijo quedó atrapado entre los brazos del otro.
Duró un suspiro. No hubiera dado tiempo de terminar una avemaría y, sin embargo, se hizo eterno.
De pronto ya no veía a su padre, de pronto sólo sentía los golpes que daba la mano que no tenía el puñal, y ésa, la que tenía el puñal, la sujetaba el hijo con todas sus fuerzas, temblando de esfuerzo, con sudor corriendo por sus mejillas.
Y él mismo ya no tenía manos para hacer otra cosa.
Y no sabía qué más podía hacer. Apretaba con todas sus fuerzas, intentaba partirle la muñeca, domar aquel hierro que le buscaba las entrañas.
Y tampoco sabía si su padre estaba bien. Oía los gruñidos, los golpes, se alejaron, como si bailasen.
Cayeron. Unos y otros. Los cuatro. Forcejeando.
El hijo se derrumbó, se le cerraron los dedos en el aire. Se le escapó la mano, la mano y el hierro que le buscaba las entrañas.
Y el hijo quedó a merced del jaque, que olía a ajo y fritura, que olía a cerveza, que cayó sobre él como un alud, que le clavó un codo en el cuello y alzó el otro brazo, para encontrarle las entrañas, para arrancárselas. Iba a matarlo, el hijo iba a morir a los pies del pórtico.
Bajo un apóstol que padre e hijo habían tallado.
Pensó en Elo. Pensó en su hija. Pensó que iba a morir.
El hijo sería el precio que exigía la piedra.
La daga destelló en la limpia luz de la mañana, lista para arrebatarle la vida, y el hijo estaba en el suelo. Era imposible moverse, el jaque lo ahogaba, aquel codo se clavaba en su garganta. No podía hacer nada.
Allí estaba aquel ángel, a medio camino, huérfano, sin terminar.
Se le nubló la vista, le dolió el pecho al fallar, por enésima vez. No entraba aire en sus pulmones. Pensó en Elo. En su hija. Y en su madre. Y también pensó en su padre.
Y tras el puñal apareció su padre.
Su padre lo salvó, con aquella maceta, la del mango de nogal, la que llevaba cuarenta años usando.
Su padre golpeó. La daga cayó al suelo. Y su dueño cayó, encima del hijo, que lo apartó como si ardiese, mordiendo el aire con bocanadas ansiosas. Levantándose como si escapase de entre las llamas.
Todo era borroso. Padre e hijo se abrazaron.
Pero no bastó.
Había que pagar el precio. El pórtico lo exigía.
Sí que había robado. Había sido un ladrón, seguía siendo un ladrón. Había robado en los talleres, restos de cal, sogas. Y siguió robando. Incluso se había atrevido a robarle a Lamas, y al judío. Aquel Félix era un mal bicho.
Habían caído junto a aquel ángel de piedra y el maese, en lugar de pelear por su vida, había corrido a por la de su hijo.
Félix apoyó una mano en la cabeza de aquel ángel de piedra, y se levantó.