Suseia (Camino de Santiago 2) XVII
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XVII

Se le heló el corazón. Comprendió, y cayó en el frío. La helada lo envolvió. Se le heló la sangre, y el corazón, y no hicieron falta cuñas de castaño para partirlo en mil pedazos.

Lo estaba protegiendo. A él. A Elo. A la pequeña. Su padre, el hombre al que no le había quedado otro remedio que odiar, iba a luchar contra el mismísimo diablo para protegerlo a él, a su familia.

No eran Acab y Acaz. Pero sí lo eran para él.

Aquel loco iba a dar la vida por él.

Y Mateo, el hijo, reaccionó.

Y sucedió lo inevitable. Ni el padre ni el hijo eran hombres de armas. Los otros dos llevaban toda una vida desfilando con acero en las manos.

Su padre se lanzó sobre aquellos dos, gritando como un poseso, mordiendo, golpeando, intentando atraparlos, queriendo llevárselos. Alejarlos de allí.

Una de las dagas le rajó la cara, la otra un brazo. Y no se detuvo. Se revolvió, gruñó, gritó una vez más. Nunca dejó de gritar. Hasta romperse la voz.

El hijo reaccionó.

Se enzarzaron. Fue rápido, fue sucio. Las manos de todos conocían el hierro, pero unas habían dado vida, otras la quitaban.

Además, ni el padre ni el hijo podían saber que uno de aquellos dos era el pequeño Félix, aquel rapazuelo, el único al que, en toda su vida en las obras, el maese Mateo había echado de los talleres, al único al que no pudo reconducir jamás por el buen camino.

Félix llevaba aquella espina clavada, tan honda que dolía respirar.

Y pensaba cobrarse la venganza. Aquí. Ahora. Esa mañana en la catedral.