XVI
Encogido, como si se hubiera puesto de parto. Incapaz de arrancar de la garganta uno de aquellos gargajos suyos, cada vez que lo intentaba el costillar roto le daba una seguidilla de puñaladas. El Cuatrohostias salió de casa del prestamista, cojeando.
El borrico seguía rebuznando a sus espaldas. Allá en el patio.
Tenía que tomar una decisión.
—Me cago en los putos huevos del puto profeta.
Le dolió hacerlo, las costillas, pero levantó la vista por encima de los tejados. Y descubrió el humo negro y espeso. Humo como el de un sacrificio bíblico. Humo que escapaba de los infiernos.
Supo de inmediato de dónde venía.
—Me cago en ese puto gordo cabrón de mierda, ¡me cago en su puta madre! ¡¡Y me cago en la puta leche que mamó!! ¡¡¡Hijo de la gran puta!!!
Seguía teniendo que tomar una decisión. Una de las respuestas ardía, para siempre.
—¡Nunca mujeres!, ¡nunca niños! Ni siquiera con los putos moros... ¡Me cago en la puta!
Ésas habían sido las palabras de uno de sus capitanes, tantos años atrás, cuando, bajo órdenes navarras, se había metido en aquel mierdero de Alcántara.
—¡Gordo cabrón!
Blasfemar no hacía más fácil la decisión. Y el tiempo, el Cuatrohostias lo sabía, corría en su contra.
Tenía que elegir.
El Cuatrohostias suponía que los jaques del prestamista se habían dividido. Uno para el padre. Otro para el hijo. No podía saber que el tuerto de los cojones se había quedado el trabajo fácil, el del loco.
Lo miró, entre la mierda y la sangre.
—Ahí te pudras, cabronazo.
Y miró a un lado. Y miró al otro. Tenía que elegir. O salvaba al hijo o salvaba al padre. No podría hacerlo con los dos.
Llegaría tarde, cuando ya sólo podía hacerse una cosa.
Y desnudar la verdad, contar lo descubierto, serviría de poco.
La verdad no podía echar el tiempo atrás.