XV
El padre se escapó. Abrió los brazos, protegió a su hijo. El destino de su hijo. De su nuera. De su nieta. Y se lanzó contra todo aquel hierro.
—¡Padre!
Se le encogió el alma. Porque era un loco. Un loco regalándole verdad. La verdad más bella. La única que importaba. Era un loco. Pero un loco dispuesto a sacrificarse por él. Dispuesto a morir.
—¡¡Nooo!!
Y había dudado de él. Y había llegado a odiarlo y su padre estaba dispuesto a entregar lo único que le quedaba. Antes que sus piedras, antes que su catedral. Cualquier cosa. Lo único que le quedaba: su vida.
—¡¡¡Nooooo!!!
No sabía quiénes eran. Pero sí sabía qué hacían allí. Sin preguntas. Sin dudas. Saboteadores. Castellanos. Rebeldes. Lo que fueran. Con la muerte desenvainada y los rostros de quien trenzaba oficio con una daga en la mano.
Iban a matarlos.
No eran un joven y un anciano. Los dos calzaban cuarenta. No eran músicos, eran jaques hechos al cuchillo.
Se miraron, sonrieron, echaron los codos atrás, doblaron las rodillas, el loco se les echaba encima, iba a ensartarse él solo.
Iban a matarlos.
Primero al padre. Y luego al hijo.