XIV
El hijo los vio.
El hijo se volvió, tenía que mirar. Estaba convencido. No encontraría a nadie, sólo una prueba más de la locura. Y, sin embargo, allí estaban, dos hombres. Armados. Con los hierros en la mano, con la muerte en la mirada.
—¡Son ellos!
No eran un joven y un anciano. No eran antiguos reyes de Israel. Pero sólo el hijo lo sabía.
—¡Llevadme a mí! ¡Fui yo! ¡Yo acepté! Eu!
No pudo hacer nada. El padre se lanzó. Se le escapó de las manos como agua.
El hijo no pudo evitarlo.