XIII
El padre los vio.
Una vez más. Y venían a cobrar su precio. Lo supo. Una certeza que le apuñaló el pecho.
Sólo podía hacer una cosa.
—¡Son ellos!
Los vio. Eran Acab y Acaz. El joven y el anciano. Eran el mismo diablo. Había vendido su alma para domar la piedra y ahora tenía que pagar.
El precio.
Estaban allí. Caminaban hacia ellos, con aquel maldito organistro entre las manos, llenos de sonrisas de sierpe, impolutos, barbas limpias y peinadas, ropas sin un remiendo.
Estaban allí. Y no se irían con las manos vacías. Le habían regalado su maestría, le habían enseñado cómo levantar la más bella de las catedrales. Tenía que pagar. La piedra siempre exigía un precio. Y el diablo también.
Sólo podía hacer una cosa.
—¡Llevadme a mí! ¡Fui yo! ¡Yo acepté! Eu!
Sólo podía hacer una cosa.
Y el padre la hizo.