XII
Piedra contra piedra. El ángel se quejaba en agonía, chirriaba para acompañar la locura del hombre. Había descabalgado de los maderos engrasados.
Piedra contra piedra.
La mañana, aún tímida, se colaba por las arcadas de la tribuna y espantaba las sombras de la nave principal.
Y aquel sonido, que pelaba los labios y hacía asomar los dientes, aquel chirriar del ángel arrastrándose estallaba, se hacía eco, rebotaba una y otra vez en el coro, donde debería haber sonado la música.
Aquél tendría que haber sido su lugar. La música.
Sus dedos estaban hechos para cuerdas y teclas, no para cinceles y martillos.
El hijo se mentía.
El padre no podía callarse.
—Lo he visto yo. Vin, vin, soñei. Me lo mostraron. He de cumplir el pacto.
Otro tirón, otro chirrido.
—Xido cordar. He de cumplir. Dieron y pueden quitar.
El ángel se tambaleaba. Amenazaba con descarriarse. Con caer.
—Tengo que terminar. Yo. —El padre, rápido, balbuceando, entre resuellos—. Yo. No puedes hacerlo. Itoiz. Yo hice el pacto.
Y aquel ángel de piedra, del que tiraba el padre, el que había tallado el hijo, no sería el primero de los ángeles caídos.
—Fui yo. Yo. Eu! He de terminar.
Y miraba su mano, la que llevaba el precio de aquella noche de helada. Y las cicatrices de las astillas. Y miraba a todos lados, e inclinaba la cabeza como un chucho, y callaba, y escuchaba, como si lo llamasen y no supiera quién.
—¡Basta!
Gritó el hijo. El padre no escuchó. Siguió tirando de aquel ángel.
—¡¡Basta!!
Insistió el hijo. Le respondió otro de aquellos terribles arañazos que erizaban el vello, que encogían el escroto.
—¡¡¡Basta!!!
Se desgañitó el hijo. Pero, el padre no se detuvo. Siguió jalando bajo la maraña de pelo. Con el alma colgando a sus pies y la locura zumbando.
Dos palmadas.
—Vendrán. Si tú finas. Vendrán. No puedes terminar, itoiz, no puedes, vendrán, a por ti. A por Elo. A por el bebé. Virán. Os llevarán.
Escupía con cada palabra, continuaba tirando. Crujir de dientes. Piedra contra piedra. Discordia.
Oh. Discordia.
—Non entileges. He de terminar yo. Yo. Vendrán. Si no remato, vendrán.
El hijo, sorprendido.
—¿Cómo sabes que Elo...?, ¿quién...?
El padre no escuchaba.
—Yo terminaré. Marchaos. Ide. Marchaos.
Oír el nombre de su esposa. Su hija por nacer. Lo cambió todo.
El hijo perdió las fuerzas y se acercó. Arrastrando los pies como los arrastraba el ángel. En el barro del dolor. En las espinas de la amargura.
Tuvo que sujetarlo como a un gato furioso. Apartando el rostro. Vigilando las garras. Tuvo que sujetarlo para retenerlo.
—Padre, nadie va a venir. No tienes que terminar nada.
Lo vio en el fondo de aquellos ojos, uno de cada color, lo vio, un destello de esperanza, la ilusión de un niño que le enseña sus dibujos al padre. Lo vio, con claridad, al final de la luz de la mañana, que se colaba en la catedral y pintaba aquellos dos colores, oro y azul, uno claro y otro oscuro.
Su padre quería creer.
—Itoiz? ¿No vendrán?
Casi una súplica. Dolía. Arañaba el corazón.
—Dixeron... Pero ellos, la música...
El padre balbuceaba, miraba a todos lados, forcejeaba entre sus brazos.
—Cogí la maceta. O fierro. Acepté. Y los tres arcos... La música.
Miraba a todos lados. Y lo que más le dolió al hijo fue ver el destello de sonrisa que cruzó el rostro del padre cuando los ojos, uno de cada color, pasaron por encima de la espléndida Virgen que coronaba el coro. El hijo también la había reconocido.
—¿Vendrán?
Ya no forcejeaba.
—No, padre. No vendrán —con dulce firmeza—. No existen —ahogando un lamento—. No vendrán.
—¿La piedra? Ellos... Cabancas?
No tenía la concha. No había llegado. Pero aún tenía la llave y el cortaplumas. Si se merecía alguna condena, ya había caído en ella.
Ambos miraron en la mano del hijo. Que aún no tenía cicatrices.
El padre tembló.
El hijo lo sujetó.
—Fui yo. ¿Fui yo? Acepté. Cabanquei...
Y el hijo no supo responder. No supo siquiera si importaba la respuesta.
—Yo no... Yo... Quería... Procurei...
Aquel hombre, su padre, se deshacía, se convertía en locura.
—Arrio... Yo intenté, eu... Yo quería...
Ya no importaba. De qué iba a servir. Si lo había hecho, si los había matado, no había pagado ya un precio terrible.
Tenía en una mano a su padre. En la otra una llave y un cortaplumas.
Tenía en una mano a un hombre. En la otra su destino.
—Entileges? Yo quería borrar... ¡Diecinueve! Quería un mañana, ¡para tu madre!, ¡¡para ti!!
Un hombre. Su destino.
El hijo lanzó aquellas dos maldiciones, lejos. Tan lejos como pudo. Rebotaron por las piedras de la catedral, como piedras en una laguna. Se perdieron en las sombras que la mañana no había deshecho.
El padre no lo entendió. Una palmada. Dos. Discordia.
—¿Vendrán? Tengo que protegerte. Xido.
El hijo sacudió el mentón. Negó.
—Tengo. Xido. Mea culpa. Xido.
Un último arrebato, sujetando la túnica del hijo.
—He de terminar —ya sin fuerzas, lleno de dudas, quería creer—. He de terminar yo. Vendrán a por ti, a por ella, a por la pequeña. Vendrán. Virán.
Luchaba contra el miedo y perdía.
—Tengo. Yo. La maceta —una mano débil señaló el almacén—. Mea culpa. ¡Acepté el trato! Estoy maldito... Maledecido son!
El hijo miraba más allá del coro. En algún lugar quedaron perdidos la llave y el cortaplumas. Ya no importaba.
—No vendrán. Tranquilo.
El hijo fue hogar para el padre. Y el padre se refugió. Necesitaba resguardo de la tormenta. Y el padre creyó. Creyó. Y verlo partió el corazón del hijo. Lo partió y pisoteó los pedazos.
—No vendrán —repitió el hijo.
Habían pasado los años. El hijo tenía las respuestas. El padre las preguntas. Las tornas habían cambiado. Y dolía.
Oh. Discordia. Dolía.
—No vendrán.
Y se sacudió de pronto. Todo se perdió. Los ojos, uno de cada color, se espantaron como los de un caballo. Dos palmadas. Se ahogaba. Intentaba respirar. El pelo barrió su rostro. El miedo galopó. El terror.
La mano se alzó. El rostro se inclinó. Buscaba aquella música endiablada, dos melodías que se hacían una.
El padre gritó:
—Viñeron. ¡Están aquí!
El hijo no le creyó. Debería haberlo hecho, pero no le creyó. ¿Cómo podía creerlo?
—Chegaron. Viñeron por min. ¡¡Están aquí!!
El padre balbucía, lanzaba espumarajos.
El hijo iba a negar, pero tuvo que mirar, mirar hacia donde señalaba aquella mano.
—Acab y Acaz.