Suseia (Camino de Santiago 2) XI
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XI

—Tengo que acabar. Xido finar eu.

El hijo vio los ojos, uno de cada color, a punto de salirse de las órbitas. Y la frente trenzada de arrugas, los cabellos revueltos, las dos palmadas seguidas.

—Xido finar, xido finar. Yo tengo que acabarlo, ¡yo! No puedes hacerlo tú, ¿no lo entiendes?

Allí estaba el padre, junto al ángel, lo arrastraba por la catedral para colocarlo al pie del parteluz, él solo lo había sacado del almacén. Tiraba de unas sogas que le había atado, lo hacía rodar sobre maderos untados en grasa.

—¿Padre?

Podía palpar la angustia de su padre. Un hombre, lo que quedaba de un hombre. Desquiciado. Gruñía, protestaba, se descarnaba las manos tirando de aquel ángel de piedra.

Y le hablaba.

Sinsentidos. Estupideces. Pero no callaba.

Y persistía en aquel esfuerzo para el que hacían falta dos hombres fornidos. Él solo.

Y no era ya bastante locura.

Miró hacia el interior de la catedral, más allá del coro, con la esperanza de no descubrir a algún peregrino mirando. El hijo sentía vergüenza.

Acaso no había intentado destruirlo unos días antes. Acaso no había destrozado al apóstol Santiago. Acaso no había querido despedazar el pórtico. Echar abajo la catedral. Prohibir la entrada a los peregrinos, trancar las puertas.

Y ahora quería ser él quien colocase la última pieza, robarle el derecho al rey durante la consagración.

—¡¿Padre?!

—Vendrán, vendrán. Tengo que hacerlo yo. Xido finar. O vendrán. Vendrán a por ti, entileges?

Jamás lo había visto así, y hubiera querido no tener que hacerlo.

Pero no se acercó, no intentó detener a su padre, no quería saber nada de su padre. Más aún, ya no era su padre. Era un asesino, tenía el cortaplumas, la llave, podía probarlo.