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Se toparon de bruces.
Aldonza le metía prisa a frade Gutierre, y frade Gutierre se recogía el ruedo del hábito, para hacer lo que no había hecho en treinta años, correr.
Y no chocaron para acabar todos en el suelo porque ella, incapaz de dar un paso más, se había detenido, doblada, entre jadeos laboriosos.
A Gutierre se le quedó cara de lagartija a la que se le escapaba una mosca.
Y Aldonza, con más templanza, tomó las decisiones que al frade se le escapaban.
Y tomó las correctas, sin saber que el hombre que debía estar en camino hacia el herbolario de Antealtares, el que los hubiera degollado a todos después de no encontrar a maese Mateo, estaba muerto en las cuadras de Nathanael, en un charco de mierda y sangre. Y sus propios sesos.
—Pide ayuda —ordenó Aldonza—. Que calienten agua.
El frade, estupefacto, no reaccionó.
Pero Aldonza ya le ofrecía una mano a Elo. Sería su bastón hasta los catres junto a la larga mesa de hierbas y ungüentos.
—Date prisa, muévete —instó al fraile—. Harán falta trapos limpios. Aceite...
Encogida por el dolor, con pasos que eran agonía de tan pequeños, Elo la miró como hubiera mirado a la misma Virgen aparecida en un milagro.
—Calla, tranquila —le susurró Aldonza, y volvió a gritarle al frade—, ¡aceite!, ¡O grasa clarificada!, ¡bien limpia!
Se la llevó, pero, mientras las dos mujeres avanzaban, Aldonza echaba el rostro atrás, hacia la puerta, hacia la calle, con los ojos bañados en lágrimas.
Tenía que estar allí, iba a ser abuela. Pero también tenía que estar con su esposo. Y su hijo. Algo terrible estaba a punto de suceder.
Y sólo podía hacer una de las dos cosas.
—¡Vamos! Agua a calentar, trapos, grasa. Y ordénale a algún novicio que busque a una partera, yo cubriré los gastos. ¡Vamos!
Encogida, a punto de caer cuando una contracción la sacudió, Elo miró hacia arriba, hacia su suegra.
—Algo va mal —gimió entre dientes apretados—, duele mucho.