IX
Una y otra vez.
Mierda y sangre.
A horcajadas, como una fulana haciéndole un trabajillo. Y aquel sonido como el de pisar las uvas en la barrica.
Las manos de Lamas jamás llegaron a destino. Nada pudo hacer.
Los ojos perdidos, aquella boca, rota, entreabierta, los brazos caídos. Ya estaba muerto, pero el Cuatrohostias siguió. Y siguió.
Esparciendo mierda y sangre en todas direcciones. Gritando, tan poseso, tan alto, como los rebuznos del borrico.
No fue heroico. No tuvo gracia. Y tampoco honor. Pero Lamas estaba muerto.
Aún golpeó aquella pulpa, astillas de hueso, sesos. Golpeó tres veces más y cayó derrotado en la paja, envuelto en relinchos. En barullo, en muerte.
Y el borrico, lastimero, en el patio más allá de las cuadras, coceaba y rebuznaba jurando que jamás volvería a dejar que le echasen encima un fardo como aquél.
El Cuatrohostias se hubiera quedado allí para siempre. O se hubiera ido a la mancebía de la Juana para sacar a Lambra de la cama y estamparle un beso en los morros.
Habría hecho cualquier otra cosa.
Y entonces morirían inocentes.
Sacó voluntad de donde no la había. Revolvió en el cadáver, sin ascos a la sangre, a los sesos, al único ojo que le quedaba, que ya era igual que el de una lubina del mercado de Mazarelos, cubierto de niebla.
Se hizo con aquella daga que valía una fortuna y que, tan bien como el modesto trabajo de cualquier herrero de Ouria, sirvió para cortar las ligaduras de manos y pies.
Tenía muñecas y tobillos en carne viva.
—Me cago en las putas palmeras de la puta Meca.