Suseia (Camino de Santiago 2) VIII
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VIII

Llegó sin aliento. Corriendo. Y pasó bajo el pórtico sin echarle siquiera un vistazo, pero se detuvo en seco, como no mucho antes había hecho su tío en una esquina que estaba a apenas cien pasos.

Mateo, el hijo, tuvo que pensar para volver a respirar.

—¿Qué haces aquí?