VII
La mañana, recién nacida, como anunciaban los gallos que cacareaban por las huertas, se vestía de lujos, como si supiera que por fin iba a consagrarse la catedral de Compostela.
Era un día que se recordaría hasta el fin de los tiempos. Y la mañana, azul, brillante, chispeante incluso, quería estar a la altura.
Los dos pelirrojos se habían criado en Londres, en las cercanías de San Botolph y habían salido de la miseria de las calles a base de picardía.
Habían aceptado aquel trabajo en Compostela porque ambos sabían que, si volvían a pisar Inglaterra acabarían ajusticiados. Sin orejas, sin nariz, y ahorcados.
Pero estaban a gusto en aquel rincón del mundo. La mayoría de las veces el trabajo era fácil. Aunque hoy no lo sería.
Bastaba ver al jefe.
Con las piernas bien abiertas, estorbado por sus gorduras, García Rodríguez caminaba. Y rezaba. Desde que saliera de las cuadras de Nathanael no había dado un paso sin murmurar avemarías, paternóster o kirieleisón.
Su rostro poco tenía que ver con el tópico de los hombres a los que la comida ha regalado, en teoría, satisfacción y buen humor.
Era un ánima penando por las calles de Compostela.
Y lo fue hasta que dobló la última esquina.
Lo hizo y se le cayó el último amén al suelo.
Dobló la esquina y frenó en seco. Retemblaron sus gorduras. Entrecerró los ojos.
Y dio un tímido paso atrás, para mirar calle arriba y descubrir a sus hombres unos pasos más allá.
Su rostro se llenó de ansiedad.
Se volvió a asomar a la esquina, como un chicuelo espiando tras una puerta.
Y dejó escapar un susurro entre sus gordos labios.
—Corre, apresúrate, corre...
Repitiéndose, incapaz de ser breve.
El ceño fruncido y las prisas pintadas en las cejas juntas, todo el rostro engurruñado como masa entre los dedos del panadero.
Miraba más allá de la esquina, y miraba de nuevo a sus espaldas, contando cada paso de los pelirrojos, y volvía a mirar más allá de la esquina.
Sus dos hombres a punto estuvieron de estamparse contra sus gordas espaldas, García Rodríguez dio el siguiente paso justo a tiempo de evitar el choque y, cuando lo hizo, su rostro había cambiado por completo.
Ahora sí que irradiaba aquella imagen de gordo feliz.
—Apuraos, daos prisa, hay que hacerlo antes de que empiece a pasar gente de aquí para allá, ¿tenéis pedernal? Vamos, daos prisa. Come on! Hurry up!